Sostiene Aloysius que en 1961, el psicólogo estadounidense Albert Bandura realizó un experimento que cambiaría radicalmente la forma de entender el aprendizaje humano. Se conoce como el experimento del muñeco Bobo.
Este investigador demostró cómo los niños podían aprender conductas agresivas simplemente observando a otros, sin necesidad de recibir castigos ni recompensas.
Bandura trabajó con pequeños de entre tres y seis años, divididos en tres grupos. Unos contemplaron a un adulto agredir física y verbalmente a un muñeco inflable llamado Bobo. Otros observaron a otro adulto jugando de forma pacífica con el muñeco. Y el tercer grupo no fue expuesto a ningún modelo. Después, todos los niños fueron colocados en una sala con juguetes, incluyendo al propio muñeco Bobo, para evaluar su comportamiento.
Los resultados fueron contundentes. Los niños que habían visto la agresión imitaron la conducta del adulto: golpearon, patearon y lanzaron al muñeco, incluso repitiendo algunas frases que habían escuchado. Por el contrario, los niños que no habían presenciado violencia mostraron muy poca agresividad. Bandura concluyó que la observación directa puede generar aprendizaje, especialmente si el modelo es una figura de autoridad o es recompensado por su conducta.
Este hallazgo dio origen a la teoría del aprendizaje social, que sostiene que gran parte de la conducta humana se forma mediante la imitación y la observación. Lo que vemos puede influirnos, muchas veces incluso más que lo que nos dicen.
Hoy en día, en un mundo saturado de imágenes, videojuegos y redes sociales, el experimento del muñeco Bobo sigue siendo relevante, puesto que los niños aprenden a partir de lo que ven, y reproducen patrones de comportamiento que observan en su entorno.
El legado de Bandura va más allá del estudio de la violencia. Nos recuerda que los adultos somos modelos permanentes y que la socialización no depende solo de reglas o castigos, sino también de lo que demostramos con nuestro ejemplo. Y es que los mensajes no siempre se transmiten con palabras. A veces basta con observar para aprender.
En una sociedad saturada de estímulos, recordemos que la observación moldea comportamientos. Desde su bobalicona candidez, el muñeco Bobo sigue recordándonos que los niños aprenden lo que ven y que los modelos que elegimos para ellos pueden tener un impacto profundo y duradero.
Al fin y al cabo, continuamos siendo primates. Y ya saben: monkey see, monkey do.

