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Mientras algunos disfrutamos de una relajada existencia, medio ocultos hinchándonos los carrillos en una vasta y apetecible fábrica de caramelos, otros, más lúcidos y desesperados, se ven obligados a replegar sus sueños cada noche esparcidos por las esquinas que tienen los cartones y que indefectiblemente siempre empiezan a mojarse cuando llueve.
"Esta noche ocurrió por primera vez, en lo que va de verano: estaba durmiendo, como siempre, detrás de los edificios de la Policía Local, desde donde puede divisarse el viejo letrero de la fábrica de caramelos Varela, arropado entre los cartones y la manta de la Abuela; y la lluvia me despertó. Transcurrían unos minutos de las cinco de la mañana y un ruidillo fino, lleno y opaco, entre las tinieblas terminó por languidecer y hacerse todo en el todo. La manta tenía un extremo al margen del espacio que cubría la cornisa del edificio y se mojó, y dos cartones se habían extraviado a medio metro de mí. Ante la insistencia de la lluvia llegaron a quedar inservibles. Y a mi rostro le comenzaron a caer pequeñas gotas pestañas abajo. De repente, la lluvia convirtió todo en más soledad".
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