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19 abril 2013

CRÓNICAS MARCIANAS




Una vez más, ante mi exigua originalidad, solicito la indulgencia del lector. El título de la legendaria obra de Ray Bradbury nos sirve hoy para introducir unas cuestiones biológicas sobre la posible colonización humana del planeta rojo. 

Cabría atribuir al insaciable afán de conocimiento la aventura de habitar un mundo mucho más inhóspito que el nuestro, con temperaturas que oscilan entre los 87 y los 5 grados bajo cero y una superficie poblada por cráteres de impacto, volcanes y campos de lava, dunas de arena y cauces secos. En Marte no hay agua líquida, indispensable para la vida. Se especula que ésta pueda esconderse abundante en su subsuelo. Hace 2000 millones de años, múltiples cavernas marcianas habrían captado por filtración el agua procedente de la superficie, dejando las cicatrices de profundos canales en las rocas calizas. Marte disponía entonces de una atmósfera más densa que lo protegía del devastador efecto de las radiaciones cósmica y solar.

Mientras los ciclamores engalanan la primavera ourensana con su manto violáceo, Mars One, una empresa holandesa intenta reclutar voluntarios para la primera colonia humana en Marte. Se trata de una organización sin ánimo de lucro. Dispone de su propia página web (mars-one.com), por si alguien se anima a apuntarse, y esperan consolidar su presencia marciana en 2023. 

A falta del suficiente poderoso caballero don dinero, los beneficios aportados por el show televisivo que transmitiesen tamaña audacia podrían suponer una lucrativa fuente de financiación, desde el proceso de selección de los aspirantes, pasando por su necesario adiestramiento físico y psicológico, hasta el “amartizaje” y residencia posterior en Marte. Eso sí, los elegidos emprenderían un viaje sin retorno. 

Un periplo prolongado, de 7 a 8 meses, confinados en una nave de espacio limitado, con la consiguiente pérdida de masa muscular y ósea a pesar del indispensable ejercicio, provocaría efectos indeseables en la anatomía de los astronautas. Una vez instalados allá, la adaptación al campo gravitacional marciano, casi 3 veces inferior al terrestre, imposibilitaría la vuelta a casa. 

Los aspirantes a marciano deberían enfrentarse a varios problemas para su supervivencia: atmósfera rica en dióxido de carbono, sin apenas oxígeno, ausencia de agua líquida, por lo menos en la superficie del planeta, y una intensa radiación solar y cósmica capaz de provocar daños en su material genético, limitando la existencia de la vida en Marte a una profundidad superior a los 8 metros bajo su superficie. ¿Y cómo se reproducirían en esas condiciones? ¿Cómo ampliarían su descendencia? 

Para la terraformación marciana haría falta, en primer lugar, la importación de vida microbiana y vegetal capaz de generar el suficiente oxígeno capaz de dulcificar la atmósfera marciana. Sostiene el animoso Aloysius que por algo la bandera oficiosa de Marte tiene tres bandas verticales: roja, verde y azul. 

E intencionadamente, ha dejado sobre mi mesa un libro abierto por una página: “tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal, y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casa con puñados de un polvo magnético que recogía la suciedad y luego se dispersaba en el viento cálido”.


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