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12 abril 2015

MALARIA


La existencia del Capitán Hércules Vinagre se desarrolló bajo signo mordaz. No es de extrañar que, con una vida tan peculiar, Henry Fielding (1707 - 1754) publicara en 1749 la novela “La historia de Tom Jones, expósito”, convirtiéndose en un autor capaz de poner de manifestar esa amalgama de virtudes y defectos que constituyen el alma humana. 

A Fielding y Hércules Vinagre, dos nombres para una misma persona, se le atribuye la máxima de que casi todos los médicos tienen una enfermedad favorita, a la que atribuyen todas las victorias obtenidas sobre la naturaleza humana. Fielding falleció en Lisboa, no de la malaria, sino como consecuencia de una fatal disentería. Siguiendo su axioma, confieso que la malaria (o paludismo) es una de mis enfermedades favoritas. Y lo es, entre otras razones, por su tremenda complejidad. Como en “Los Tres Mosqueteros”, su protagonismo se reparte entre varios sujetos.

En el desarrollo de una enfermedad que los clásicos atribuían al mal aire que enviciaba la atmósfera de las regiones palustres, en primer lugar interviene un parásito, un protozoo de la especie Plasmodium, capaz de infectar a mosquitos y a humanos. El segundo mosquetero se llama Anopheles. El parásito se reproduce sexualmente en las hembras de este intervertebrado. Entonces, utilizando el insecto como vector de trasmisión, el Plasmodium se hospeda en un anfitrión vertebrado, en este caso el ser humano, el tercer mosquetero de tal aventura. 

Las hembras del Anopheles cuando pican, mediante su saliva inoculan el parásito en el sistema linfático del huesped. Desde aquí, ya convertidos en esporozoitos, son capaces de infectar el hígado y transformarse en merozoitos. Tras esta fase inicial de reproducción asexuada, los merozoitos pueden reinfectar más células hepáticas o penetrar en los glóbulos rojos. Dentro de estas células sanguíneas, utilizan las proteínas de la hemoglobina como alimento para transformarse en trofozoitos. Tras su multiplicación, revientan los glóbulos rojos liberando nuevos merozoitos, que a su vez podrán infectar más células sanguíneas o transformarse en gametocitos, masculinos o femeninos. 

Finalmente, si el individuo infectado es picado de nuevo por un mosquito, los gametocitos pasan al insecto. Ahora, tras una fase de reproducción celular, los nuevos plasmodium se alojan de nuevo en las glándulas salivares de los Anopheles, completando el ciclo. Y vuelta a empezar.

Pero en nuestra historia inversa de los Tres Mosqueteros faltan D´Artagnan y el Cardenal Richelieu. Y es que la única forma posible de contagio entre humanos es a través de la placenta, cuando una madre infectada transmite la enfermedad al feto, o a través de transfusiones.  

Cada año, la malaria causa entre 500 y 700 millones de casos, con alrededor de 1.6 millones de muertes. Más del 90% de los casos ocurren en África. Contra esta enfermedad no existe todavía una vacuna efectiva y su lucha se centra fundamentalmente en las medidas preventivas del contagio. Diversos y novedosos fármacos contra la malaria continúan todavía en fase de experimentación. Deseamos que muy pronto comiencen a recolectar provechosos frutos.


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