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18 julio 2007

EN BÚSQUEDA DE LA LONGEVIDAD


SAINTS AND SINNERS (SISTERS). Oil on canvas. ULYANA GUMENIUK

Tal y como se mueve este vertiginoso mundo, me pregunto Aloysius si me gustaría vivir muchos años. Antes de responderme, medito un instante. Depende de la calidad de vida que vaya a llevar: calidad, en lugar de cantidad. Respuesta correcta. Cuanto más nos cuidemos, más posibilidades tenemos de alcanzar una ancianidad saludable.

Este hito puede conseguirse combatiendo la hipertensión arterial, el sobrepeso y la hipercolesterolemia, y abandonando hábitos de vida perniciosos, como el tabaquismo, el sedentarismo y la dieta inadecuada. Sin embargo, estamos ante una paradoja, pues sostienen los expertos que cuanto más vivamos, más posibilidades tendremos de padecer determinadas enfermedades como el cáncer o la demencia. Es decir, que si llegamos a viejo, malo, y si no llegamos, peor. Así es la vida, así es la muerte y, de momento, así es el ser humano finito.

Acabo de encontrarme con un libro del profesor David Snowdon, publicado en nuestro país por Planeta en el año 2001. Se titula “678 monjas y un científico”. En esta obra, el neurólogo norteamericano narra sus investigaciones sobre el Alzheimer en el seno de una congregación de monjas católicas (las Hermanas de Notre Dame, en EEUU). Desde el punto de vista epidemiológico, el diseño de este tipo de estudios resulta ideal, pues trabaja con grupos homogéneos de población: alimentación idéntica, actividad física análoga, educación común, similar entorno familiar de procedencia y asistencia sanitaria uniforme.

En las etapas iniciales del estudio, el grupo de Snowdon ratificó una realidad descubierta con anterioridad: las monjas poseedoras de un mayor nivel educativo tenían una esperanza de vida mayor. Y alcanzaban la ancianidad de una forma más autónoma e independiente. Aquí influyen la plasticidad cerebral (ligada al aprendizaje) y la llamada reserva cerebral (capacidad del cerebro humano para establecer nuevas conexiones).

Destacamos una anécdota especialmente llamativa en el libro de Snowdon: en el momento de ingresar en el convento, las novicias debían elaborar una autobiografía de sus vivencias anteriores. En aquellas páginas quedaron reflejadas muchas emociones positivas (alegría, anhelos, felicidad) y negativas (traumas infantiles en entornos familiares hostiles). El 90% de las religiosas más optimistas llegaba a sobrepasar los 85 años.

Pero, ¿por qué 678 monjas? Porque de un total inicial de 1027, 678 aceptaron donar sus cerebros para estudios de autopsia. De esta manera se pudieron relacionar la presencia de alteraciones anatomopatológicas (depósitos de placas seniles y presencia de ovillos neurofibrilares) con los ensayos genéticos, los exámenes cognitivos y las pruebas psicológicas a las que las religiosas habían sido sometidas en vida. Una existencia pacífica, una dieta rica en vegetales y frutas y la franca autoestima basada en la solidaridad con el prójimo se convierten en un pasaporte con destino al envejecimiento satisfactorio.

¡Qué coincidencia! Estos días ando enfrascado en la lectura de “Elogio de la Lentitud”, de Carl Honoré (corriente filosófica Slow, Slow Food versus Fast Food…) En resumen, un elogio de la vida armónica y equilibrada. ¿Alguien se acuerda de la famosa “Oda a la Vida Retirada” de Fray Luis de León? Pues eso.



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