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14 febrero 2016

EL BESO


Así se titula uno de mis cuadros favoritos, el pintado por Gustav Klimt entre 1907 y 1908, en un lienzo con óleo y laminillas de oro y estaño. Tuve la oportunidad de contemplarlo hace unos cuantos años en el Belvedere de Viena y verdaderamente impresiona. La sociedad de la época consideraba a este discutido artista un autor de obras pornográficas. Dice la copla española que un beso de amor no se le da a cualquiera. Efectivamente, en plena resaca del día de San Valentín (menos mal que todavía existe un día dedicado exclusivamente al amor), repasamos una curiosa colaboración del periodista griego Spyros Manouselis en la edición digital de efsyn.gr preguntándose qué es lo que nos lleva a besar, de forma tan distinta, a una madre, a un niño o a un amante. 

Un simple beso, ese leve aletear de los labios, tiene significados bien diversos, desde la famosa traición de Judas en el Huerto de los Olivos, hasta la más tierna prueba de amor de una madre hacia su pequeña cría. Leales ósculos de amigos, tórridos apasionados besos de amantes, castos sumisos besos en el dorso de la mano, besos húmedos o secos, un contacto oral agradable aporta información compleja del intercambio entre las personas. Y es que un primer beso frustrante es capaz de arruinar el comienzo de un gran amor.

En la génesis de esta conducta se entremezclan nuestras emociones, nuestra identidad personal y nuestra evolución como especie. Los defensores de la teoría del apego insisten en su importancia a la hora de enamorarnos. En el enamoramiento participan diferentes hormonas, un cóctel en el que destacan la adrenalina, la dopamina, la serotonina, la vasopresina y la oxitocina, que ponen en marcha las neuronas concentradas en tres regiones cerebrales bien concretas: el área ventral tegmental, el núcleo accumbens y el núcleo caudado. Así lo demuestran diferentes estudios realizados por solventes científicos internacionales, alguno de los cuales, a buen seguro, alguna vez habrá tallado a punta de navaja un corazón atravesado por una flecha sobre la corteza de un árbol. 

Además, los labios se encuentran recubiertos por una fina capa de tejido epitelial que contiene un asombroso número de receptores sensoriales neuronales. Para algo estarán ahí, digo yo. Estudios recientes, como el llevado a cabo en EEUU por la neuróloga Wendy Hill y su equipo, han desvelado que cada beso erótico dispara los niveles de oxitocina, lo que repercute tanto a nivel de las relaciones sociales como en la intensidad del orgasmo masculino y femenino.

Repasando a Manouselis, sostiene Aloysius que los besos no son un privilegio de los primates humanos, sino que este comportamiento resulta muy común en la mayoría de los mamíferos. Los que compartimos nuestra vida con perros, por ejemplo, podemos dar fe de esta realidad, y entre nuestros parientes más cercanos, los bonobos suelen besarse con lengua para expresar sus sentimientos. No olviden que el primer beso es mágico, el segundo íntimo, y el tercero rutinario (Raymond Chandler dixit)

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