CREA, INVENTA, IMAGINA... ¡NO COPIES!

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21 mayo 2019

INTELIGENCIA ARTIFICIAL



A pesar de ya llevar tiempo instalada entre nosotros, conceptos relacionados con la inteligencia artificial como el aprendizaje de las máquinas se han introducido de lleno en el debate preelectoral de las municipales en nuestra provincia. Y eso que el término no es novedoso, pues unos expertos se lo inventaron en 1956, quizás con la esperanza de que el futuro llegase más rápido que lo que la realidad ha venido a demostrar. 

Estos iluminados fueron John McCarthy, Claude Shannon y Marvin Minsky, fallecido en 2016, del que el generoso Aloysius tuvo a bien regalarme un ejemplar de su libro “La máquina de las emociones: sentido común, inteligencia artificial y el futuro de la mente humana”. Casi nada. Y es que todas estas cuestiones no solo se ciñen al mundo de los algoritmos científicos. Tienen también profundas implicaciones éticas, sociales, económicas y legales. 

De vez en cuando una palabra se pone de moda. Se repite hasta la saciedad en los medios de comunicación y las redes sociales. Ahora le ha tocado el turno al término “algoritmo”, algo tan sencillo como una serie de instrucciones sencillas destinadas a solventar un problema, pero a la vez complejo de entender. Cuando a los algoritmos le sumamos su procesamiento por las computadoras, obtenemos una revolucionaria fórmula que impregna nuestro presente y a buen seguro decidirá por dónde se encamina nuestro futuro. 

Nuestros teléfonos inteligentes y nuestros ordenadores funcionan mediante algoritmos. También nuestro coches automáticos y las redes sociales que utilizamos cotidianamente, como Facebook o Twitter. Si hacemos caso al profesor Ricardo Peña Marí, de la Facultad de Informática de la Universidad Complutense de Madrid, autor del libro “De Euclides a Java, la historia de los algoritmos y de los lenguajes de programación”, el trabajo de los programadores informáticos consiste en traducir los problemas del mundo a un lenguaje que una máquina pueda entender, en algoritmos que puedan manejar. De esta manera, un ordenador puede realizar miles de millones de operaciones matemáticas en un solo segundo. 

Una de las aplicaciones más recientes y curiosas de los algoritmos al campo de la Medicina permite que la inteligencia artificial sea capaz de detectar la depresión infantil con una precisión del 80%. Lo han desarrollado Ellen y Ryan McGinnis, psicóloga clínica e ingeniero biomédico de la Universidad de Vermont (Estados Unidos). Concretamente, su algoritmo de aprendizaje automático fue capaz de analizar las características de las grabaciones de audio de unas breves historias que relataron los niños de su estudio, relacionándolas con sus probable diagnóstico. Un trabajo muy interesante. Y como colofón, no olvidemos que los algoritmos también son capaces de pronosticar los resultados electorales. Pues eso.

13 mayo 2019

CAR-T



La inmunoterapia está triunfando en importantes batallas de la lucha contra el cáncer. Su fundamento es aparentemente sencillo: potenciar el sistema inmunitario del paciente para que sus propias defensas ataquen y destruyan las células tumorales, una estrategia similar a la empleada por la naturaleza para combatir las infecciones por bacterias y virus. 

Existen varios agentes defensivos, pero nosotros vamos a centrarnos en una especie determinada, los linfocitos T. La terapia CAR-T (de sus siglas inglesas Chimeric Antigen Receptor T- cell therapies) consiste en extraer de la sangre del paciente varios millones de linfocitos T, modificarlos genéticamente, multiplicarlos en el laboratorio y devolvérselos al paciente por vía intravenosa. Con este método innovador, un pequeño de 6 años se ha curado de la leucemia linfoblástica aguda (LLA) que le diagnosticaron cuando apenas tenía 23 meses. Antes de ser tratado con la terapia CAR-T había sufrido 2 recaídas, a pesar de haber recibido un trasplante de médula ósea. 

Estamos ante el primer paciente pediátrico así tratado a cargo de nuestro Sistema Nacional de Salud (SNS), un auténtico hito para la sanidad pública española, capaz de abrir un conflicto entre el Ministerio de Sanidad y las Comunidades Autónomas para designar qué centros de referencia se encargarán a partir de ahora de aplicar y controlar estos tratamientos. 

Mientras estos avances se están produciendo, en Florida (Estados Unidos) un juez acaba de ordenar que se trate a un niño de 3 años que también padece una LLA, en contra de la voluntad de sus padres, que preferían una terapia alternativa, a base de vitaminas, cannabis medicinal y una dieta específica. El tratamiento queda ahora bajo la supervisión judicial. Podrá durar hasta 3 años, siempre y cuando los médicos informen positivamente sobre la remisión de la enfermedad. Estos dos casos no son más que los ejemplos constatables de un debate generado por los avances técnicos de la medicina que vendrá, que ya se encuentra entre nosotros, y determinados movimientos sociales, por suerte minoritarios en nuestro entorno, empeñados en cuestionar precisamente los progresos de la ciencia. 

Los antivacunas, por ejemplo, que tanto daño están provocando en la salud pública de los Estados Unidos y en algunos países europeos, constituyen la punta de un peligroso iceberg que puede hacernos retroceder a los períodos más oscuros y terribles de la humanidad, diezmada por enfermedades que hasta el día de hoy se han controlado mediante medidas tan efectivas y valiosas como a buen seguro será también la terapia CAR-T.

29 abril 2019

MEDICINA E IMPRESIÓN 3D



Recuerdo con afecto y nostalgia una impresora de margarita que allá, a finales de los años 80 del pasado siglo, me sirvió de gran ayuda para escribir y publicar mi tesis doctoral. Nada que ver con las impresoras 3D contemporáneas, unas máquinas que todavía despiertan mi incredulidad, a pesar de llevar varios años en el mercado. 

Y es que en 2015 un fármaco llamado Levetiracetam®, empleado para el tratamiento de la epilepsia, tuvo el honor de ser el primer fármaco sintetizado mediante impresión tridimensional. Los expertos defienden esta metodología, pues permitiría a los médicos recetar dosis más precisas y personalizadas a sus pacientes, según sus particulares características. 

Comentaba a propósito la otra tarde el Dr. Pedro Martínez Seijas, cirujano oral y maxilofacial con dilatada experiencia en el manejo de esta tecnología, que las disciplinas que mayores beneficios están reportando son la industria del automóvil, la aeroespacial, la enseñanza y la medicina, donde se han producido ilusionantes avances en los campos de la fabricación de prótesis, la creación de tejidos que pudieran sustituir la piel de los quemados y grandes heridos, por ejemplo, e incluso en la obtención de órganos como el corazón o el riñón. 

Recientes experimentos han desvelado sus resultados, como los micro-riñones artificiales de la Universidad de Connecticut (Estados Unidos), una esperanzadora alternativa a la todavía compleja diálisis renal, o el diminuto corazón obtenido con impresión 3D a partir de tejido humano, dotado de todas sus cavidades y vasos, y que sus creadores en la Facultad de Ciencias George S. Wise de la Universidad de Tel Aviv (Israel) estiman que en 10 años seremos capaces de obtener órganos humanos completos, perfectamente funcionales y útiles para reemplazar los naturales que hayan sido deteriorados por las enfermedades y el envejecimiento. 

Pero no todo será un camino de rosas. Los elevados costes de la impresión 3D van a exigir ineludiblemente la colaboración público – privada para poder generalizar su uso. Aunque ciertamente innovadora y espectacular, no debemos olvidarnos que se trata de una herramienta transversal al servicio de los médicos para el tratamiento de diversas patologías. 

Resulta indispensable la colaboración de equipos formados por múltiples profesionales, desde ingenieros hasta médicos de diferentes especialidades, donde los especialistas en técnicas de imagen tienen y tendrán un papel esencial, tanto como la gestión por procesos y la selección de los casos que mayores beneficios podrán obtener con la aplicación práctica de la impresión 3D. Cirujanos de todas las especialidades, radiólogos, traumatólogos y cardiólogos, por poner unos ejemplos, poco a poco se irán familiarizando con una técnica que ya hoy es medicina del futuro.

06 abril 2019

EL VALOR DE LA SALUD



Albert de Sicília Llanas i Castells (1841 - 1915)
Retratado por Ramón Casas i Carbó
Museu Nacional D´Art de Catalunya

Se le atribuye al periodista y comediógrafo catalán Albert de Sicilia Llanas i Castells (1841 – 1915) una frase comercial sobre la salud que nos ha llamado la atención. Dice así: “la salud de nuestro cuerpo la gastamos al por mayor; más, una vez perdida, la compramos al por menor”. Inmediatamente acudió a mi memoria aquellas otras reflexiones del escritor francés Michel Tournier (1924 – 2016), publicadas en su libro “El espejo de las ideas” (Editorial Acantilado, Barcelona 2000) en alusión al filósofo y médico Georges Canguilhem (1904 – 1995), para el cual la salud representa un superávit de recursos que nos permite, como seres vivos, responder a las infidelidades del medio ambiente. Para el Dr. Canguilhem, gozar de buena salud sería poder abusar impunemente de nuestra propia salud. Por el contrario, la enfermedad y la muerte sobrevienen cuando ya no queda margen para el derroche y las exigencias del medio ambiente cambian o se incrementan. 

En esta misma línea de pensamiento, sostiene el ínclito Aloysius que nuestra salud se parece a una cuenta bancaria. Cuando gastamos más recursos de los que disponemos, a buen seguro acabaremos en números rojos. En algunas ocasiones, esta situación es reversible. La genética o el medio (incluyendo la atención sanitaria) nos inyectan recursos, y por eso se resuelven nuestras enfermedades. Pero en otras, cuando irremediablemente alcanzamos la ruina, nos encontraremos un poco más cerca del final de nuestros días. Este planteamiento, si bien simplista, puede resultar muy ilustrativo porque en el fondo coincide con las máximas propuestas por Albert Llanas, Michel Tournier y Georges Caguilhem, entre otros. 

En 1974, el político laborista canadiense Marc Lalonde (1924), por aquel entonces ministro de Sanidad, propuso su revolucionario informe sobre la Salud Pública, donde la salud y la enfermedad no se encuentran relacionados únicamente con factores biológicos (las enfermedades infecciosas, por ejemplo), sino que el peso determinante de todo el proceso recae sobre factores socio-económicos. 

Desarrollando sus postulados, el ministro Lalonde llegó a la conclusión de que tanto la salud individual como la comunitaria se encuentran menos influenciadas por las intervenciones sanitarias (servicios médicos, avances terapéuticos, complejidad hospitalaria…) y mucho más por las decisiones personales que adoptamos  sobre nuestro propio estilo de vida y nuestros condicionamientos culturales, sociales y económicos. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de publicar su último  informe anual sobre Estadísticas de la Salud en el Mundo, alertando que los ciudadanos disponen de 18 años menos de esperanza de vida en los países pobres que en los desarrollados. Entonces ¿cuál es el verdadero valor de nuestra salud?