CREA, INVENTA, IMAGINA... ¡NO COPIES!

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11 febrero 2013

AMOR CEREBRAL




En estas últimas semanas nos hemos adentrado por los vericuetos de la ciencia amatoria. Publicamos los flujos hormonales que dominan las diferentes fases del amor, desde la  desbocada pasión inicial hasta ese mar calmo de satisfacción que representa el compromiso. Nos mostramos partidarios del corazón como la víscera ideal para albergar tan bellos e intensos sentimientos. Incluso tratamos de explicar por qué los desengaños amorosos duelen tanto como las quemaduras.

Hoy, continuando por esta senda, el vehemente Aloysius me ha consultado algunas cuestiones, quizás todavía tocado por algún dardo lanzado el pasado Día de San Valentín por el travieso Cupido en su entorno más cercano.

La primera de ellas vaticina el inminente cierre de los gabinetes regentados por pitonisas, adivinos, quiromantes, tarotistas, videntes y consejeros sentimentales. Un grupo de investigadores de la Universidad de Brown (Rhode Island), encabezado por la Dra. Xiaoming Xu, ha estudiado la actividad neuronal de un grupo de enamorados empleando escáneres cerebrales. Fueron capaces de cuantificar el nivel de sus reacciones neuronales y encontraron una relación de las mismas con la estabilidad y la intensidad de sus sentimientos, pronosticando incluso si la relación entre los enamorados iba a ser duradera o no. 

Para la Dra. Xu, la experiencia del amor en el cerebro es consistente para todas las culturas, contradiciendo a los clásicos de la literatura oriental y occidental, que describieron en sus obras diferentes patrones amatorios tradicionales. Las zonas cerebrales que presentaron una mayor actividad neuronal al contemplar los voluntarios la fotografía de su persona amada se situaron en el núcleo estriado ventral, en el sistema límbdico, para algunos considerado el centro universal de la motivación. 

Año y medio después de haber realizado las primeras pruebas de imágenes cerebrales, la Dra. Xu volvió a entrevistarse con los voluntarios de su estudio. Algunos habían roto con sus parejas, mientras otros todavía las conservaban. Los nuevos escáneres demostraron una menor actividad neuronal en los sujetos que habían puesto punto y final a su relación sentimental, y más concretamente en las áreas cerebrales vinculadas con el juicio crítico, el control emocional y el hambre, todas ellas conectadas con la mayor satisfacción y compromiso en sus relaciones.

Más allá de esta mera curiosidad científica, el Dr. Arthur Aron, un psicólogo social de la Universidad de Stony Brook (Nueva York) entiende que este tipo de investigaciones podrían tener una traducción práctica en el tratamiento de personas que presentan problemas para relacionarse con sus semejantes.

Sostiene Aloysius que los cerebros de Romeo y Julieta funcionaban exactamente igual que los de Liang Shanbo y Zhu Yingtai, amantes chinos cuya muerte trágica culminó con el vuelo de dos mariposas escapando de su tumba.

28 enero 2013

LA BIOQUÍMICA DEL AMOR



Tengo que comenzar pidiendo perdón dos veces. La primera, a los poetas, a los músicos, a los artistas, por atreverme a tratar al más puro de los sentimientos desde el aséptico punto de vista científico. La segunda, porque estas reflexiones no son en absoluto originales. Han sido inspiradas por “O par perfecto”, un artículo original firmado por Alexandre Versignassi y Nina Weingrill, y que el quimérico Aloysius me ha hecho llegar en su edición portuguesa.

Empecemos por el final. En toda relación amorosa, existen tres fases. Y si no me creen, pregúntele a Romeo y Julieta, o a Eloísa y Abelardo, los amantes medievales que descansan en el cementerio del Père-Lachaise de París. La primera consiste en la atracción, y la hormona fundamental en todo este proceso es la testosterona, más abundante en los varones, pero también presente en las féminas. De manera muy general, digamos que esta hormona sería la encargada de prender la mecha en una relación. Pero el tema no resulta tan sencillo. En las relaciones heterosexuales, resulta que el olor de un hombre es el rasgo más interesante para que una mujer se interese por él. Y no nos estamos refiriendo al camuflaje con perfumes, colonias o desodorantes, sino a la propia esencia del individuo, la expresión externa de los genes que conforman su sistema inmunitario. Esto lo asegura la Dra. Rachel Herz, investigadora de la Universidad de Brown (Providence – Rhode Island – EEUU). Al final del primer partido, el olfato vence a la vista.

En la segunda fase reina la pasión. El trono pasa a ser ocupado por la dopamina, mágica sustancia capaz de funcionar como hormona y neurotransmisor, presente incluso en los animales invertebrados. Posee efecto euforizante y además es capaz de concentrar toda nuestra atención en la persona amada. Sus principales efectos secundarios son la taquicardia, el insomnio y la pérdida de apetito. Cuanta más dopamina, más amor pasional, y en teoría, según el receptor celular que ocupe esta catecolamina, mejor priorización de nuestros deseos y mayor acierto en la toma de decisiones. Cuando el amor se acaba, seguramente ella tiene mucho que ver. No eres tú, querida, ni soy yo. Es la dopamina...

La tercera fase es la del compromiso. La oxitocina pasa a ser la hormona dominante en el sexo femenino y la vasopresina en el masculino. Como dicen los autores en el artículo original, “ambas son las responsables de la transformación de la turbación de éxtasis en un mar calmo de satisfacción”.

Versignassi y Weingrill concluyen que la reproducción sexual existe por un motivo, que no es precisamente proporcionar placer. Éste sería la droga con la que el cuerpo nos recompensa por el trabajo de combinar nuestros genes con los de otras personas, acto que si finaliza con éxito, engendra un nuevo ser, un hijo. Los autores se olvidaron, quizás intencionadamente, de todo lo que representa la sexualidad, la afectividad y el amor, que a buen seguro, también poseen su propia Bioquímica.


24 enero 2013

ET



Apenas tres días antes del ferragosto de 2012, fallecía Carlo Rambaldi en la ciudad calabresa de Lamezia Terme. En 1982, había recibido el encargo de diseñar el famoso personaje protagonista de la película de Steven Spielberg, el moderno Rey Midas de Hollywood. El artista italiano también tuvo en su haber la paternidad de los efectos especiales de la aterradora criatura de “Alien” (Ridley Scott, 1979), labor galardonada con un más que merecido Óscar.

Para el cuello alargado de ET se inspiró en una pintura propia, “Women of Delta”. El rostro del entrañable extraterrestre, supuestamente aglutina los rasgos de Albert Einstein, Ernest Hemingway y Carl Sandburg. Finalmente, los productores encargaron el diseño de los llamativos ojos azules al Jules Stein Eye Institute de Los Ángeles (California).


El 22 de diciembre de 2012 recuperé un viejo libro de mi biblioteca. Se titula “La literatura de Ciencia-Ficción”. Fue escrito en 1975 por Juan José Plans dentro de la colección de divulgación Biblioteca Cultural RTVE, coeditado por Editorial Prensa Española y Editorial Magisterio Español. Las ilustraciones pertenecen a los fondos de la Paramount, al Archivo Magisterio Español, Suevia Films, Regia Films y la UNESCO.

La página 17 está ocupada al completo con una reproducción en blanco y negro de un extraterrestre de largas extremidades inferiores y abultada cabeza. Su rostro rectangular cuenta con dos grandes ojos saltones, tres orificios nasales y una boca lineal. Carece de cabello, cejas, pestañas, orejas y mentón.


El parecido de este ser imaginario con el popular ET resulta muy llamativo, máxime cuando la ilustración del libro precede en 7 años al estreno de la película de Spielberg.

Sostiene Aloysius que la imaginación humana, a la hora de concebir a los habitantes de otros lejanos planetas del Universo, emplea como modelos seres que nos acompañan cotidianamente en nuestro propio mundo. Y es que a la hora de ponerle ojos, boca, nariz y orejas a un marciano inventado, es fácil que parezca que unos hemos copiado de los otros. Quizás. ¿O no?

Nosotros, de momento, nos quedamos con la fantástica banda sonora de John Williams...



14 enero 2013

DE FORMAS Y COLORES



Sostiene Aloysius que Hipócrates fue el primer médico combativo contra la superchería. Practicaba una medicina en cierto modo pasiva, valorando especialmente el poder curativo de la naturaleza. Por eso, si viviera en la actualidad, defendería la máxima de que los pacientes se curan a pesar de los médicos. El valor de su doctrina se centraba más en el cuidado del paciente y en su pronóstico que en el diagnóstico de la propia enfermedad, teoría defendida por la otra gran escuela médica griega clásica, la de Cnido.

A Hipócrates se atribuye la recomendación primum non nocere, lo primero es no hacer daño. Y si había que hacerlo, entonces el médico mejor se cruzaba de brazos y se quedaba quietecito... 

El Dr. Rafael Bravo, médico de atención primaria que trabaja en Getafe, ha elegido la famosa locución para titular su blog. Muchos médicos escriben en la red, algunos lo hacen francamente bien, como divertimento y como divulgación. Visito con frecuencia su excepcional bitácora. El otro día reflexionaba sobre un hecho aparentemente trivial: el color y la forma de los medicamentos influye en el cumplimiento terapéutico, una circunstancia con la que los médicos de familia toreamos cada día, varias veces, en las consultas. Algunos pacientes, cuando son interrogados sobre el tratamiento que siguen, suelen contestar que toman unas píldoras blancas, pequeñitas y redondas, que les van estupendamente, o que le sientan fatal en el estómago, según cuál sea su experiencia. En otras ocasiones, cuando no recuerdan el nombre de un medicamento, describen con todo lujo de detalles las características de la caja. Y unos comprimidos alcanzaron la fama entre los pacientes varones por su particular color azul y su forma ligeramente romboidal.

Retornando al blog del Dr. Bravo, allí se hace eco de un artículo publicado en la prestigiosa Annals of Internal Medicine sobre el incumplimiento del tratamiento antiepiléptico por parte de pacientes a los que se les cambió el color y la forma habituales de sus pastillas. Una lectura crítica del mismo nos indica que determinadas medidas tomadas por las autoridades sanitarias respecto a los medicamentos genéricos, más baratos y con el mismo principio activo que ciertas marcas comerciales, pudieran volverse en su contra, pues ante el buscado ahorro farmacéutico, y sin duda alguna constatado y verificado, se contrapone el indeseado incumplimiento terapéutico. ¿Qué hacer entonces? Los hipocráticos parecían tenerlo mucho más claro.

A finales del 2010, la revista International Journal of Biotechnology publicó un estudio realizado en la Universidad de Bombay revelando que el color de los medicamentos, per se, influye en el efecto percibido por los pacientes. Los preferidos fueron el rojo y el rosa, éste asociado además al sabor dulce, mientras que el color amarillo era rechazado por evocar sabores salados o amargos. Cuando alguien dice que una medicina le ha ido bien o mal, pienso en quién, cómo y dónde se la recetaron, en la confianza que tenía en el que se la recetó, en el dichoso efecto placebo, y ahora, además, en la forma y el color de las dichosas pastillas… Y, por supuesto, en el precio de las mismas. Al fin y al cabo, también son el color del dinero.

11 enero 2013

RETORNO A AGANIPE




Apremiado, por el barranco desando mis pasos,
Ni uno más ni uno menos,
como un perro abandonado entre los mil rayos del cielo.
Por tu aroma asfixiante, sin sabor ni consuelo,
alterando mi instinto he tentado al fuego,
en un remedo burlón de simulado revuelo.
Cuando faltas, una cortina de lluvia voraz
indolora carboniza el viento.
Entonces, urente señuelo,
Voy siguiendo el rastro que ocultas,
himno aciago de dolor, en tu fornido silencio.

30 diciembre 2012

FUTURAMA



Un par de veces al año me cito con mi viejo amigo Cirrus, físico de formación y profesión que vive en la capital de Galicia. Hablamos durante horas sobre la nanotecnología y la computación cuántica, sobre el grafeno y los ascensores espaciales, sobre otros fantásticos materiales y energías inagotables a punto de ser descubiertos, pero también sobre la inmortalidad, la reparación de los telómeros y la ilusión de vivir en otros planetas de nuestro sistema solar...

Lector incansable, crítico personaje inquieto, mientras paseábamos por las calles de Auriavella, me aseguró que el primer ourensano que viviría 1000 años había nacido ya.

Y añadió:

- Por supuesto, si los humanos evitamos nuestra autodestrucción durante este siglo XXI...

Entonces, como un ave del paraíso, se posó en las ramas de mi memoria este breve relato de Bernard Pechberty:

"Esta vez todo había terminado. Los hombres no realizaban ya ningún trabajo, las máquinas los sustituían por completo. Vivían retirados en sus refugios antirradioactivos y lentamente iban paralizándose, sin fuerzas siquiera para procrear. Pero esto no les importaba, puesto que los robots les proveían de todo lo que podían necesitar. Así, los últimos hombres terminaron muy pronto por atrofiarse completamente. Entonces los autómatas los eliminaron tranquilamente. Después de tantos siglos desde que el hombre los creara esperaban con ansia este momento. Después, pensaron que al fin podrían descansar. Pero muy pronto se dieron cuenta de que para ello necesitaban servidores. Así, inventaron a los hombres..."

29 diciembre 2012

¿COMEMOS? ¿BEBEMOS?



Sandro Botticelli (1483)
"La boda de Nastaglio degli Onesti"
Temple sobre tabla.
Palacio Pucci - Florencia

Sostiene Aloysius que todo lo que comemos y bebemos nos entra antes por los ojos que por la boca, en una especie de nutrición cerebral que comienza mucho antes que el propio proceso digestivo. Incluso nos entra por las narices, ya que los mortales preferimos todo aquello que huela a lima, naranja, pomelo, menta y melocotón. Pero, entonces, ¿comemos y bebemos realmente lo que queremos o ambos procesos pueden ser determinados? Hay alimentos que nos vuelven más pacíficos, como el pescado, porque los ácidos grasos omega 3 incrementan la serotonina, el neurotrasmisor de la paz y el bienestar cerebral. Lo mismo ocurre con las cardiosaludables nueces.

En el mundo de las bebidas, más que la sed es el color, el precio, el ambiente y la velocidad de la ingesta son determinantes de nuestra elección. En el color influye tanto el del continente como el del contenido. Los tonos fríos, azules y verdes, son tan satisfactorios como el sabor. Un potentado presumía de beber whisky no porque le gustara, sino porque era más caro. Y es que cuanto más elevado resulta el precio de una bebida, más altas son las expectativas que en ella depositamos. Ocurre con el champán, pero también con la ginebra. Ojo: aquí hay trampa. 

En la Universidad de Stanford y el Instituto de Tecnología de California han demostrado que apreciamos las bebidas más caras, independientemente de su precio real. Otra vez las apariencias nos engañan. ¿Y qué decir de la forma de los vasos? Los curvados, los cortos y los anchos nos confunden, pues percibimos peor su capacidad y así bebemos más de prisa. 

¿Y los locales? Está demostrado que triunfan los restaurantes y los bares de moda, independientemente de lo que en ellos se sirva. Incluso la música ambiental influye. Preferimos bocados o tragos menos sustanciosos en un pub o en una cervecería que otros mucho más apetecibles tomados directamente de la nevera de un supermercado. En 1957, el hábil James Vicary se inventó un supuesto proyecto de publicidad subliminal de Coca Cola en los cines. Aunque no fue cierto, las ventas del refresco se dispararon y todavía hoy hay muchas personas que se creen esta leyenda urbana.

Pero en nuestra apetencia por los alimentos no influye solamente su aspecto, sino también las circunstancias en las que los ingerimos. Un reciente estudio de la Universidad de Bristol ha revelado que comer delante de la pantalla de un ordenador o de un videojuego puede aumentar nuestro apetito a lo largo del día. Previamente, hallazgos similares se habían detectado en las personas que tienen por costumbre comer viendo la televisión. El trabajo dirigido por el Dr. Jeff Brunstrom, publicado en el American Journal of Clinical Nutrition, concluye que memoria y atención juegan un papel determinante en el apetito y en la cantidad de comida que ingerimos.

25 diciembre 2012

MADRID, DÍA DEL FIN DEL MUNDO


A mediodía, en la Plaza de Santa Ana, un hombre de mediana edad me ofrece 9 pares de calcetines a 10 euros. Son de algodón - intenta convencerme. Las terrazas están copadas por adolescentes. En la mesa de al lado unas jóvenes extranjeras escriben en sus agendas con bolígrafos de tinta morada. El hombre de los calcetines viste una parka nueva y tiene la barba bien arreglada. Por un instante, me recuerda a un psicólogo que trabajaba apartando personas del mal. 9 pares a 10 euros, la voz se va perdiendo en la lejanía buscando mejor clientela. En la terraza del Hotel Me Madrid, los gin tonics están a 15 euros, como en Oslo. Eso sí, llevan incorporada una panorámica del cielo de Madrid que te seduce  noche y día.

Dos ancianas han bajado a la plaza con sus pequeños pomeranias. El blanco le ladra a todo el que se acerca. El de miniatura corre veloz detrás de una pelota de goma amarilla. Fugazmente, un muchacho con un gorro de lana como el de los estibadores de "La ley del silencio", lleva por la cadena a un podenco inmaduro que brinca con una agilidad portentosa. Tres pequeños pícaros de tez aceitunada y corte de pelo con flequillo se reparten entre las mesas. Los camareros acuden rápido, para espantarlos. Le birlan a usted la cartera o el teléfono móvil en un abrir y cerrar de ojos - me han advertido, en un abrir y cerrar de manos, como un saludo - pienso yo. Como señuelo, me han mostrado unas hojas falsas recogiendo firmas de vete tú a saber para qué. Pero las pequeñas aves rapaces han de volar a otras ramas, en la procura de mejores incautos.

Las sirenas de emergencias aúllan como animales heridos. En una calle hay un atasco, SEUR contra SAMUR: una entrega urgente contra una recogida más urgente. Deambulando por la Carrera de San Jerónimo mis ojos me engañan con un espejismo: me ha parecido ver a Paco Umbral entrando en Lhardy para tomarse un caldo. El portero del local es un hombre llamado montaña. Gorra de plato y uniforme, corpulento y moreno, me ha mirado en tonos verdes claros como diciéndome: ya está bien de fisgar, coge y anda para tu casa. Clavado en el umbral del portal, apenas me ha dejado ver el final del pasillo y la entrada del restaurante. Ya se sabe, la Catedral de Santiago de Compostela, con sus conspiradores, es al botafumeiro lo que el Lhardy, con los suyos, es al samovar. Matemática pura. Los porteros del Joy Eslava también son fornidos y morenos. A Umbral hace tiempo que han dejado de invitarle a tomarse allí las copas. Y es que ya nada es lo que parece en la capital de este reino de quimeras.

En la Puerta del Sol ha desaparecido el cartel de Tío Pepe. Con sus gracias teatrales, un mimo muy inquieto concentra la atención del personal mientras policías musculosos patrullan en formación, como gladiadores dispuestos a entrar en liza. Proliferan las cámaras de vigilancia en cada esquina y han plantado una comisaría en plena Calle de la Montera. El comercio del sexo ha decaído, como en la Calle de la Ballesta, donde los antiguos puticlubs han mudado a restaurantes y tabernas pijas, a cafés - teatro y tiendas de ropa, incluso han abierto una tienda de máscaras y maquillaje. Señores, ha cerrado el ambigú. Muchas gracias por su visita.

El lumpen es ahora más moderno. Como un comando, en el Pans & Company entra una pareja de rumanos al ataque. Ella trata de esquivar a los empleados en la planta baja, mientras él sube a la de arriba, ágil como aquel podenco joven de la Plaza de Santa Ana. Todo el mundo ha dejado de masticar, mientras los chavales de la franquicia se han puesto en funcionamiento. Con la pareja devuelta al caudal de la Gran Vía, retorna el bullicio y todos sanos y salvos.

En la Plaza de Canalejas está el Café del Príncipe, en donde antaño brillaba en esplendor la Joyería Aleixandre. Ya no están Pepe ni Manolo, por un suponer, y ahora las camareras son todas colombianas. Un grupo de sesentonas, diplomadas en laísmo, añoran tiempos de salas de fiesta y discoteca, donde Pepes y Manolos les pedían de bailar, las baladas de Raphael y de Adamo. Por el timbre de sus voces podrían ser jubiladas de la Telefónica. Una luz ténue y desvaída se descuelga desde las lámparas de cristal y la araña de bronce, brotando de unas bombillas que imitan lamparitas titilantes.

En día del fin del mundo por la tarde ya sabemos que este mundo no se acaba. Son las 12 de la noche en Hong Kong y no ha ocurrido nada. Por lo menos, todavía hoy, todo lo que conocemos no se termina porque continúa mañana. La fábrica de nuestra imaginación seguirá trabajando, si cabe, hasta un nuevo fin del mundo.

18 diciembre 2012

BLANCO


Si el fin del mundo no lo impide, un año más están acercando las fiestas navideñas. Tal vez el horno no esté para bollos, por la crisis económica y social que nos ha tocado vivir. Pero, independientemente de su indudable significado religioso, y dejando también a parte su faceta despiadada, consumista y comercial, para los que contamos con pequeños en la casa éstos resultan momentos sin duda entrañables.

La cultura occidental se encuentra impregnada por el arte navideño: pictórico, escultórico, musical, incluso gastronómico...; además ahora triunfa  la solidaridad. Sostiene Aloysius que una celebración capaz de conseguir apenas unas horas de tregua en las más cruentas batallas merece tenerse en cuenta.

Pero, ¿cuál es el color de la Navidad? El rojo compite con el blanco; roja es la ropa interior con la que algunos y algunas acostumbran a despedir el año. Y a pesar de las tonalidades escarlata asignadas al traje de San Nicolás (Papá Noel o Santa Claus), el distribuidor de regalos y juguetes por antonomasia, el color inmaculado gana por goleada. Escribimos, para no dejar las páginas en blanco, cuentos donde las princesas de piel blanca como la leche nos regalan como sonrisas las perlas de su boca.

En Navidad se reúnen los coros de voces blancas, entonando villancicos rebosantes de buenos deseos, alegría y paz. Proliferan las intoxicaciones etílicas, por bebidas blancas, brebajes que jamás prueban los cosecheros de vino, de blanco o de tinto, líquidos inflamables y de riesgo para determinados bebedores, esos que por culpa de tanta euforia, terminan dirimiendo sus disputas con armas blancas.

Blanca es la nieve, meteoro asociado al invierno. En Tailandia, los elefantes, blancos, escasos y poco comunes, son respetados como seres sagrados. Son regalo de reyes. En Occidente, su simbolismo es al contrario, pues debido a su costosa manutención, un elefante se convierte en dura penitencia si al monarca se le ocurre regalárselo a un súbdito desafortunado. En España, un famoso paquidermo alcanzó la fama por su color espectral. Dicen que el golpista coronel Tejero estuvo maldiciendo su suerte por culpa de un elefante blanco que nunca apareció. Las sábanas que visten a los fantasmas son siempre blancas.

Otros animales blancos son también muy valorados: encontrarse un mirlo blanco es sinónimo de algo excepcional y extraordinario. Y qué decir del irrepetible Copito de Nieve, el gorila albino que durante décadas se convirtió en el símbolo del Zoo de Barcelona. Corderos y conejos blancos despiertan la ternura. La paloma de la paz es blanca.

Tras el brutal asesinato de Miguel Ángel Blanco, millones de manos blancas se alzaron en España pidiendo el fin de la terrorismo etarra. Por una vez en la vida, el acuerdo fue unánime rechazando tanta barbarie irracional. Como el tiempo es el mejor anestésico, y tratando que su recuerdo no se diluya en el olvido, cada día en Cuba las damas de blanco reivindican la liberación de sus familiares, presos de conciencia, presos políticos.

Para rematar, en tiempos de zozobra, no permitan que un ladrón de guante blanco les robe la esperanza. No dejemos que la dura realidad nos golpee, fiera e inmisericorde, dejándonos aturdidos y con los ojos en blanco, con la mente en blanco. En estos días que se aproximan, si el fin del mundo lo permite, muchos votarán a favor de la Navidad y quizás, muy pocos, voten en blanco.


01 diciembre 2012

PARKINSON Y PESTICIDAS




El 27 de septiembre de 1962, la bióloga norteamericana Rachel Carson publicó “Primavera silenciosa”, el primer libro que advertía sobre los efectos perjudiciales de los pesticidas sobre el medio ambiente. La Sra. Carson alegaba que el empleo del insecticida DDT (Dicloro Difenil Tricloroetano) podría provocar la extinción de todos los pájaros del mundo. 

A partir de entonces, se inició un enconado debate entre partidarios y opositores del famoso insecticida, descubierto durante el otoño 1939 por el químico suizo Paul Hermann Müller. Por este hallazgo, recibió el Premio Nobel de Medicina, siendo la primera vez en la historia que un “no médico” obtenía tan preciado galardón.

Los expertos atribuyen a los plaguicidas el incremento de un 30% en el rendimiento de las cosechas. Las desastrosas consecuencias económicas, sociales y demográficas de una gran plaga, como la de la patata, fueron patentes en Irlanda y Suecia durante el siglo XIX. Los insecticidas también han servido para la erradicación de la malaria de la mayor parte del planeta. Aun así, sus detractores responsabilizan a los plaguicidas de unos 200000 fallecimientos anuales. 

De nuevo el diletante Aloysius retoma la paradoja del cuchillo, útil tanto para cortar el pan como para matar a un prójimo... 

En estos días, los medios de comunicación patrios se han hecho eco de una noticia sobre la relación directa entre pesticidas y Parkinson. Indudablemente, el hecho de que el estudio que confirmaría supuestamente el nexo de unión entre producto químico y patología venga firmado por un investigador español, el gallego Francisco Pan-Montojo, ha podido incrementar su repercusión mediática en nuestro país.


Conservo una edición facsímil de “An Essay on The Shaking Palsy” escrito en 1817, considerado la gran aportación del polifacético Dr. James Parkinson (1755- 1824). Es la primera descripción clínica de los síntomas de una enfermedad neurodegenerativa caracterizada por temblor, rigidez muscular y lentitud en los movimientos (bradicinesia), y que pueden asociarse a ansiedad, depresión, trastornos del sueño, déficit cognitivo, alteraciones sensoriales y dolor.

Los estudios epidemiológicos revelan una incidencia anual de 18 casos por cada 100000 habitantes, con una patrón más prevalente en varones rurales y en el hemisferio norte. Antes de los 40 años, su incidencia es apenas de 1 de cada 100000 habitantes, pero a partir de los 50 años, comienza a aumentar hasta estabilizarse en la 8ª década de la vida. 

La sospecha de la relación entre el Parkinson con los pesticidas no es nueva, pero el trabajo de Pan-Montojo quizás haya despertado demasiadas expectativas. 

El insecticida estudiado es la rotenona, autorizado en Europa en agricultura ecológica. El modelo de investigación, una vez más, no es humano, sino que han empleado ratones durante la vivisección y cultivos de células murinas en las pruebas in vitro. Por último, recordar que el Parkinson es una enfermedad humana, que no afecta naturalmente a los roedores, y que fue descrita por lo menos 100 años antes del descubrimiento del primer insecticida de síntesis industrial. 

Como decía Epícteto de Frigia, la prudencia es el más excelso de todos los bienes.

26 noviembre 2012

AMOR, DOLOR Y CORAZÓN.



Cupid with a gun, de Alpo Honkapohja (Finlandia)

Hoy toca hablar de alguno de los males del corazón, pero desde una perspectiva ciertamente heterodoxa, y que me perdonen mis amigos cardiólogos, que son unos cuántos, amigos y cardiólogos, afortunadamente. 

Sostiene Aloysius que los poetas hicieron lo correcto cuando anidaron el amor en la víscera cardíaca. Resulta mucho más estético un corazón grabado a punta de navaja sobre una puerta de madera vieja, que una sesera esquemática, por poner un ejemplo, atravesada por una flecha de Cupido. 

Qué me dirían ustedes de un lóbulo frontal, nuestro director de orquesta cerebral, con un dardo clavado en medio y medio de su delicada estructura, aunque éste hubiera sido disparado con las mejores intenciones por el angelote pagano de rubios tirabuzones, armado de aljaba y arco, con sus alitas mansas de paloma o mariposa, y sus mofletes saludables, sonrosados.

Y es que los humanos tendemos a guardar en nuestro interior los sentimientos más profundos, las pasiones más secretas. Desde siempre, las entrañas han resultado un territorio demasiado genérico, y así, como órgano más velado, se me ocurre el páncreas, escondido tras el peritoneo, y que aunque desde el punto funcional es una glándula muy importante, no parece el lugar más adecuado para albergar nuestro frenesí. El corazón resulta mucho más accesible, se estudia muy bien con ecografía, porque no importa si el paciente tiene gases; además palpita, robusto motor de carne con sus válvulas, se insufla y se desinfla con cada latido, bombeando cada instante ese maravilloso líquido carmesí llamado sangre, tan necesario para su funcionamiento y para la propia vida.

Pues ahora resulta que los clásicos no andaban tan descaminados. Un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences ha revelado que las decepciones amorosas lastiman tanto como cualquier dolor físicamente perceptible. ¿Cómo es posible? Utilizando sofisticadas pruebas de resonancia magnética, rastreando cambios en el flujo sanguíneo cerebral, el Dr. Ethan Kross y su equipo de investigadores de la Universidad de Michigan han determinado que las mismas redes neurológicas activadas al sufrir una quemadura leve lo hacen también cuando padecemos un desengaño amoroso. Incluso se han atrevido a dar un paso más allá en sus conclusiones, relacionando los traumas emocionales y el sentimiento de rechazo con el dolor crónico que padecen determinados pacientes, como por ejemplo en la fibromialgia.

Así definía el amor D. Francisco de Quevedo en pleno Siglo de Oro, quién sabe si tocado por una tórrida pasión: “es hielo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente, es un soñado bien, un mal presente…” O el mismísimo Rubén Darío, cuando se atrevió a aseverar que “Eva y Cipris (Afrodita) concentran el misterio del corazón del mundo”.


24 noviembre 2012

CRÓNICA DE UNA ARTROSCOPIA ANUNCIADA




Amanece sobre Ourense a través de mi imagen reflejada en los cristales. Poco a poco, tonos rosáceos incendian el cielo y otros, ambarinos, se van reduciendo a diminutos puntos velados, apenas farolas de luz mortecina que todavía creen que es de noche en las calles.

He repasado de memoria, una a una, todas aquellas complicaciones que pudieran acarrear una artroscopia y la anestesia raquídea: dicen que los pesimistas miran a un lado y a otro antes de cruzar una calle de una sola dirección.

Hoy toca jugar a pacientes. Un pequeño ejército uniformado de verde quirófano se ha puesto en marcha, sincronizadamente. Un antiguo compañero de la escuela es hoy el barbero que rasura con delicadeza mi muslo y rodilla. Apaga la maquinilla eléctrica deseándome suerte y yo me quedo observando su labor. Mi pierna es ahora un exvoto de pálida cera, uno de los que cada 11 de julio ofrecen a San Benito sus fieles devotos en la ermita da Cova do Lobo, cerca de O Tangaraño.

Una amable enfermera solicita permiso para cogerme una vía. Ya no emplean agujas metálicas, sino unos modernos artilugios plásticos. Mi pellejo se resiste a ser traspasado. Acude a mi el recuerdo de aquella canción de Enrique Urquijo y Los Problemas, cuando una y otra vez Sor Ivonne le pinchaba el suero de la verdad... Mientras el sistema de punción encuentra por fin una vena, escucho un suspiro: esta piel es más de obrero metalúrgico que de médico…

Sonrío, por la pinta que tengo, con uno de esos camisones unisex de los hospitales, tan ridículos como prácticos, tocado con un gorro esmeralda y unas reducidas calzas de papel: ¿será posible que esta noche se me hayan agigantado tanto los pies?

Me acuesto sobre la mesa del quirófano, estrecha como la tabla que te salva de en un naufragio. La luz que baña la escena procede de una lámpara de led, una moderna Dräger alemana que evoca otros nombres, y consigo evadirme a un pueblecito pesquero, en verano, en el sur de la isla de Amager. Y así, por un breve instante, he dejado de ser el cadáver en la lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp.

La hueste disciplinada se ha puesto en marcha, unos hacia un brazo, otros hacia la pierna que va a ser operada. Un pinchazo certero en la espalda y mis piernas dejan de pertenecerme. Veo la punta de los dedos de mi pie derecho alcanzar alturas imposibles. Apenas siento la dulce ebriedad de la sedación y el tiempo discurre con inusitada rapidez. A lo lejos escucho el cuchicheo de los cirujanos. En la nuca, noto la tenue vibración del torno en miniatura que fresa los bordes del menisco y los cartílagos dañados.

Cuando la intervención ha finalizado, ya sobre mi cama de la sala de recuperación, intento mover las piernas y no puedo. Me concentro para tratar de hacerlo de nuevo, pero cualquier esfuerzo resulta inútil. En apenas una hora, un hormigueo es el heraldo de la desaparición de la anestesia. Durante todo ese tiempo, la empatía me abre las puertas de aquellos prójimos cuyos cuerpos están entumecidos a causa de un accidente o de una enfermedad. “Piernas enclenques tendré, pero está en flor el monte Yoshino”, escribió el maestro Matsuo Bashô en el siglo XVII. Lo malo es cuando la parálisis es para siempre…

Observando el lento destilar del suero del gotero, poco a poco me abandono al sueño, esperando que vuelva la cotidiana historia: “mi voz, mi rostro, mi temor, mi suerte”…