CREA, INVENTA, IMAGINA... ¡NO COPIES!

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21 septiembre 2014

SACARINA Y MODAS MÉDICAS



Sostiene el censor Aloysius que el mundo de la medicina, como el de la indumentaria, está sujeto a las tendencias de la moda. Ante mi extrañeza, comenzó a bombardearme con una descarga de argumentos. Hace unas décadas, a los pacientes con colesterol elevado le estaban proscritos los pescados azules. Con el paso del tiempo, y después de la suficiente evidencia, tal tendencia experimentó un giro radical, hasta tal punto que la prestigiosa Harvard Medical School actualmente recomienda este tipo de alimento en las dietas elaboradas para disminuir los niveles de colesterol. Como escuderos de tan preciadas viandas se sitúan los frutos secos, en especial las nueces, la berenjena, la avena, una amplia variedad de frutas y la okra, una planta tropical comestible originaria de África. 

De esta sencilla manera, el olor peculiar de las sardinas fritas comenzó de nuevo a impregnar el ambiente de los patios de luces de la vecindad, y tan humilde producto de los mares recuperó su puesto de honra en nuestra escala alimentaria. El pan, la cerveza, las patatas o el chocolate, por nombrar algunos otros ejemplos de comestibles habituales, se vieron envueltos en controversias semejantes a la de los pescados azules. 

Según nuestro inefable camarada, ahora le ha tocado el turno a los edulcorantes artificiales, como la sacarina. Descubierta a finales del siglo XIX a partir del alquitrán de hulla, su uso como edulcorante no calórico se generalizó durante el pasado siglo XX. Y aunque parezca mentira, actualmente se sintetiza a partir de derivados del petróleo, como el tolueno. Desde siempre, la sacarina se ha asociado a dietas y productos bajos en calorías.

Investigadores israelíes pertenecientes al Instituto Weizmann de la Ciencia, acaban de publicar en la revista “Nature” los resultados de un trabajo en el que han relacionado el consumo de diversos edulcorantes artificiales no calóricos, aspartamo, sucralosa y la propia sacarina, con el desarrollo de intolerancia a la glucosa en ratones de laboratorio. Sin embargo, este hecho no ocurrió en aquellos animales a los que se les suministró sólo azúcar.


Como este tipo de sustancias químicas no se absorben en el intestino, la causa del trastorno pudiera explicarse por las alteraciones provocadas a nivel de la flora bacteriana local. No han tardado en surgir las voces discordantes con estos hallazgos.

Dejando a una lado las dudas que pudieran plantear la extrapolación de un estudio de investigación animal a los humanos, de cuyos ejemplos fallidos está repleta la literatura científica, el Dr. Stephen O´Rahilly, de la Universidad de Cambridge, publicó en “Diabetología” un estudio realizado con más de 300000 prójimos, sin hallar relación entre el consumo de bebidas edulcoradas artificiales y la diabetes. 

Indudablemente, un amplio y novedoso campo de investigación ha quedado abierto, pues el apasionante mundo las bacterias intestinales y su relación con nuestra salud o enfermedad apunta interesantes averiguaciones. 

Como información complementaria, el 14 de diciembre de 2010, la Agencia de Protección Ambiental de EEUU (EPA) eliminó la sacarina de su lista de sustancia peligrosas, al estimar que no representa un peligro para la salud.

12 septiembre 2014

BALAS MÁGICAS


En marzo de 2014, los trabajadores de un pequeño hospital meridional de Guinea, alertaron a las autoridades sanitarias del país y a Médicos Sin Fronteras de los primeros casos de enfermedad de Ébola. Así se desató la actual epidemia. Conocemos el principio de la historia pero veremos cuál es su desenlace final. De momento, cuando escribimos estas líneas, más de 2000 muertos en Guinea, Sierra Leona, Liberia y Nigeria. 

160 años más tarde, en marzo de 1854, en una pequeña localidad de Silesia (hoy en día Polonia), en el seno de una familia judía nació el Doctor Paul Ehrlich, eminente microbiólogo alemán galardonado con el Nobel de Medicina en 108 por sus magníficos descubrimientos e investigaciones clínicas.

Virus, bacterias, hongos, parásitos… Diminutas formas de vida que acompañan al ser humano en su tránsito por este planeta, causantes de muerte y enfermedad, pero también indispensables para la protección y conservación de nuestra salud. Para ilustrar tan especial relación, tengamos en consideración un ejemplo. Sobre un centímetro cuadrado de nuestra piel descansan alrededor de 10000 bacterias. Si penetramos en las capas más superficiales de nuestra epidermis, el número de bacterias alcanza las 50000 por centímetro cuadrado. Y si por fin alcanzamos la dermis más profunda, allí donde nacen los folículos pilosos, podríamos contar hasta 1 millón de bacterias por centímetro cuadrado.

Sin duda alguna, la flor y nata de la investigación actual trabaja contra el reloj en sus laboratorios en la procura de una vacuna o un tratamiento eficaz contra el virus de Ébola. Una de sus líneas más prometedoras intenta emplear, como balas mágicas, la propia inmunidad del paciente. Más concretamente, se están sintetizando anticuerpos capaces de bloquear la propagación del virus a partir de las células infectadas.

Sueros experimentales de este tipo han sido empleados, con suerte bien diversa, en casos muy limitados de humanos infectados por este virus letal. Así consiguieron sobrevivir los cooperantes norteamericanos Kent Brantly y Nancy Withebrol, pero no el religioso español Miguel Pajares, de edad más avanzada y con un deterioro general de su salud provocado por la concomitancia con otras patologías. El proceso de aprobación de una vacuna o un fármaco para uso en humanos debe pasar un proceso perfectamente definido, que consta de varias fases, y necesita un periodo de tiempo que se convierte en una pesada losa al tratarse de brotes epidémicos.

Viajemos en el tiempo, desde la actualidad al último cuarto del siglo XIX. Ciertas enfermedades infecciosas, como por ejemplo la difteria, aterrorizaban entonces a la humanidad tanto como el Ébola hoy en día. Humildes ratones y plantas de tabaco han servido para el desarrollo de los sueros de anticuerpos contra el Ébola. 

Ehrlich, Behring y otros pioneros emplearon esforzados garañones para elaborar los sueros antidiftéricos que tantas vidas salvaron hace décadas, cuando no existían aquellas balas mágicas que hoy llamamos antibióticos. Confiemos pues, en la fortaleza de nuestro arsenal.

06 septiembre 2014

ASHYA KING Y LA BIOÉTICA


"Un niño enfermo en el templo de Esculapio"
John William Waterhouse (1849 - 1917)
Oleo sobre lienzo. 208 x 170 cm.
Fine Art Society. Londres.

La vida evoluciona más deprisa que la ciencia y las leyes. Entonces, suele ocurrir que se desate algún conflicto, como acaba de ocurrir con el complicado caso del niño británico Ashya King, paciente temporal del Hospital Materno Infantil de Málaga. Sus padres, en total desacuerdo con la radioterapia que los médicos de Southampton pretendían aplicar a este pequeño con un tumor cerebral, decidieron llevárselo del centro hospitalario para buscar una solución alternativa. Así llegaron a España. 

Para dificultar todavía más el desenlace, Brett y Naghemeh King son testigos de Jehová, una confesión religiosa cristiana con unas particulares creencias que en algunas ocasiones colisionan con determinados tratamientos médicos, como las transfusiones de sangre, incluso con resultados dramáticos. 

Hace unos años, siendo conocedor de mi interés personal por todas aquellas cuestiones relacionadas con la Bioética, el Dr. Alex Serra Guifarro me obsequió con un ejemplar titulado “La Familia. Su Cuidado y Protección. Tratamiento médico para testigos de Jehová”. En el capítulo dedicado a las urgencias, se definen las pautas de actuación a seguir en el supuesto caso de que un médico estime necesaria una transfusión de sangre para un paciente de estas convicciones. A pesar de todo, en situaciones excepcionales, una vez agotada toda alternativa, si se considerase necesaria una intervención judicial, se debería notificar dicha intención cuanto antes al paciente, a los padres o al tutor, según la situación. 

En el caso que nos ocupa, un juzgado de Portsmouth detenta la tutela legal del pequeño Ashya, retirada a los padres por la justicia británica. De ahí la emisión de una Orden Europea de Detención y Entrega (OEDE) por parte del Reino Unido, considerando que el matrimonio King habría ejercido un delito de crueldad sobre un menor de 16 años. 

Nos planteamos una serie de cuestiones...

La primera, respecto al consentimiento informado. El Código Europeo de Ética Médica establece que, salvo en casos de urgencia, el médico debe informar al enfermo sobre los efectos posibles y las consecuencias del tratamiento, debiendo obtener el consentimiento del paciente, en especial si los actos propuestos representen un serio peligro para su integridad. En el caso de Ashya, los médicos proponían como única solución terapéutica la radiación del tumor cerebral del pequeño, mientras sus padres entendían que podrían existir otras alternativas exitosas en hospitales extranjeros. 

Al respecto, el Código Deontológico médico español, en su artículo 14, establece que en actuaciones con grave riesgo para la salud de un menor de 16 años, el médico tiene la obligación de informar siempre a los padres y obtener su consentimiento. Pero, si los representantes legales toman una decisión que, a criterio del médico, sea contraria a los intereses del representado (en este caso el niño enfermo), el médico solicitará la intervención judicial.

Un segundo interrogante se plantea sobre lo ocurrido con el derecho de rechazo al tratamiento, ejercido inicialmente por los padres tutores del menor, en base a sus creencias religiosas, cuestión ahora en manos de la justicia. 

¿La solución? En nuestra humilde opinión pasaría por respetar las creencias de la familia y permitir, si existe una razonable base científica y suficiente evidencia médica, otra opción terapéutica, que en este caso es ofertada por un centro especializado de Praga (República Checa).

22 agosto 2014

MUJERES, SEXO Y ALCOHOL


Sostiene el fatuo Aloysius que durante el disparatado reinado del emperador Calígula, un bravo tribuno en la reserva, de nombre Flacio Caio Fellatius, para recuperar su virilidad, harto de ingerir diariamente una dieta especial a base de criadillas de toro, decidió mejor dedicarse a organizar unas animadas bacanales en las que las copas de vino premiaban a las féminas más generosas en favores sexuales. 

Esta historia es tan falsa como que un buen día San Agustín sentenció “in necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas”. Pero visto lo ocurrido en algunas playas españolas, durante estas vacaciones estivales que lentamente se aproximan hacia su ocaso, la realidad una vez más supera a la ficción. 

Quizás los paisanos de Magaluf prefieran no ser recordados por sus campeonatos de felaciones o por los triples saltos mortales que algunos descerebrados realizan desde los balcones de sus hoteles a las piscinas. Es la cultura del descontrol, que desde hace tiempo ha venido para quedarse entre nosotros: prácticas sexuales de riesgo, alcohol a borbotones y turismo cutre que nos han hecho recordar la historia ficticia del tribuno Fellatius.

Y es que alguna arena de la playa de Patos también tiene mi ejemplar de “S=EX2”, el estupendo libro de Pere Estupinyá gracias al cual podemos zambullirnos en la ciencia del sexo. Sostiene este divulgador científico que el estudio de la sexualidad puede servir para aprender todavía mucho más sobre neurofisiología, anatomía, psicología, psiquiatría y sociología, por poner algunos ejemplos. Y a ello se dedican en serio muchos investigadores de prestigiosas universidades, mayormente norteamericanas. 

Menciona Estupinyá en su obra una profusa revisión bibliográfica científica publicada en 2011, en la que investigadores de la Universidad de Washington y del Instituto Kinsey concluyeron que después de tomar cantidades moderadas de alcohol, la lubricación y el flujo sanguíneo vaginal de las mujeres disminuyen. Sin embargo, fueron mayoritarios otros estudios revelando que la ingesta etílica incrementa la percepción subjetiva de la excitación sexual femenina. A pesar de todo, los escépticos siguen discrepando de estas asépticas investigaciones de laboratorio, pues la realidad es otra cosa bien distinta, según el caso, según la situación. 

Con anterioridad, varios investigadores de estos mismos equipos habían realizado estudios similares con varones jóvenes. Describieron que dosis etílicas moderadas no solían interferir el mecanismo de la erección, pero que grandes cantidades de alcohol representan un seguro garante para los problemas de la turgencia sexual.

A la moda del slimming, tampones mojados en alcohol preparados para emborracharse a mayor velocidad por vía vaginal o anal, y a la instilación de diferentes bebidas alcohólicas como si fueran colirios, hay que añadir ahora una nueva costumbre, el mamading, que tanto deleite provocaría al tribuno Flacio Caio Fellatius, e incluso, al mismísimo emperador Calígula. Y si no me creen, repasen la filmografía del cineasta milanés Tinto Brass.

15 agosto 2014

EL VIRUS PERFECTO


En el año 2000 se estrenó en la gran pantalla “La tormenta perfecta”, la adaptación cinematográfica de la novela homónima del escritor Sebastian Junger. El cineasta alemán Wolfgang Petersen eligió al carismático George Clooney para encarnar al capitán Billy Thyne, un esforzado patrón de pesca que no dudó en arriesgar su propia vida y la de su tripulación intentando retornar con su navío a puerto. A pesar de la dilatada y exitosa carrera del galán norteamericano, nadie niega el punto de inflexión que en la misma representó su interpretación del pediatra Dr. Doug Ross, en la galardonada serie televisiva “Urgencias”. 

Una vez más el cine, fuente de vocaciones médicas. Hoy, parafraseando el título de aquella película, el brote epidémico de enfermedad de Ébola que a estas alturas ya ha hecho sucumbir a un millar de prójimos en varios países africanos podría representar para la sanidad actual el problema perfecto, causado por el virus perfecto. Sostiene el sapiente Aloysius que las ciencias del siglo XXI solamente han identificado al 1% de todos los microorganismos existentes en nuestro planeta. Y eso porque la enorme mayoría de éstos resulta patógena para el ser humano o los animales domésticos.

¿Por qué el virus Ébola puede representar un tremendo problema sanitario? 

En primer lugar, aunque parezca una obviedad, por tratarse precisamente  de un virus. Poco a poco la medicina ha ido desarrollando diferentes antibióticos contra las bacterias y otros microorganismos patógenos. La irrupción de ciertos virus, como el asociado a la inmunodeficiencia humana (VIH) en la década de los años 80, puso de manifiesto las enormes dificultades de los sistemas sanitarios para encontrar vacunas y fármacos eficaces frente a los mismos. Otro tanto podríamos especular respecto a la limitada pandemia de gripe A (H1N1) entre 2009 y 2010. 

En segundo lugar, el período de incubación de la infección Ébola es variable, si bien existen casos en los que puede alcanzar las 3 semanas. Esto implica que muchas personas infectadas todavía no enfermas, pueden diseminar ampliamente el virus dentro de la comunidad. Si a esta particular circunstancia añadimos la globalización, la superpoblación de las grandes urbes y la celeridad de los medios de transporte, sobran casi las explicaciones. 

En tercer lugar, el virus se transmite por contacto directo con fluidos corporales: sangre, saliva, orina, sudor y vómitos. Las condiciones de hacinamiento y de escasa higiene multiplican el riesgo de esta infección, tal y como ocurrió durante aquellas grandes plagas que diezmaron la población europea en la Edad Media. La letalidad del Ébola es rápida y extensa. Durante el brote de 1976 fallecieron alrededor del 90% de los infectados. 

Por último, su comienzo abrupto, con cefalea, fiebre elevada, dolores musculares intensos y la aparición posterior de graves hemorragias obligan a un intenso despliegue de medios destinados al precoz tratamiento sintomático de los enfermos. 

El capitán Billy Thyne nunca consiguió arribar con el “Andrea Gale” al puerto de Gloucester. Nosotros aguardamos impacientes el remedio que despeje los fatídicos negros nubarrones esparcidos por el Ébola en la singladura del ser humano sobre este maravilloso planeta.

25 julio 2014

UN ARMA LLAMADA DOLOR



Sostiene Aloysius que nacemos preparados para el dolor. En el desarrollo de nuestro sistema neurológico se sintetizan sustancias (hormonas y neurotransmisores) y estructuras (neuronas y receptores celulares) sin los cuales sería imposible vivir (o padecer) esa experiencia sensorial y emocional desagradable asociada a una lesión real o potencial.

Empleando un reduccionismo quizás simplista, podíamos aventurar que la evolución humana surge pareja a la capacidad de infringir dolor a nuestros semejantes. El que promueve el dolor domina, pero el que lo amansa también. Sin embargo, los depredadores mata a sus víctimas para poder alimentarse y sobrevivir, así es la cadena de la vida, pero procura hacerlo de manera rápida, provocando el menor sufrimiento posible. Su instinto le lleva a atacar preferentemente las zonas vitales de su presa. De esta manera, la extinción acude presta y ligera. No existe el ensañamiento con los más débiles. La rendición del adversario es aceptada y la vida del derrotado suele ser respetada. El motor de la acción nunca se alimenta de la mera crueldad. 

Algunas de estas cuestiones han sido abordadas por diferentes investigaciones científicas. En 2009, la filósofa y teóloga Jessica Pierce junto al biólogo Marc Bekoff escribieron al alimón “Justicia salvaje. La vida moral de los animales”, un texto muy recomendable para todos aquellos interesados en conocer cómo los animales pueden demostrar compasión y empatía.

Traigo a colación estas reflexiones sobre el dolor en unas jornadas especialmente tristes, cubiertas por la sombra del recuerdo del aciago accidente ferroviario que hace un año provocó tanto daño en nuestra ciudad y en nuestro entorno más cercano. Pero también al ser testigo de las masacres cotidianas en territorios tan lejanos pero tan próximos a la vez como Siria, Irak, Sudán del Sur, Ucrania, Israel y Palestina. 

En este último conflicto, de tan desiguales resultados, confluyen el terror y el dolor empleados como armas letales por tantas mentes radicales incapaces del más mínimo consenso. En la franja de Gaza no entran agua, alimentos ni medicamentos. Pero las baterías de cohetes siempre están dispuestas para vomitar su carga contra personas, propiedades e intereses del otro bando; en la parte contraria, con un despliegue totalmente desproporcionado, en aplicación desorbitada de la terrible venganza del ojo por ojo y el diente por diente, los que manejan el cotarro no se conforman con herir al contrario, sino que se empeñan en la desaparición de personas y casas. Ni siquiera el dolor infantil consigue la piedad de propios y extraños. 

Mientras tanto, seguimos empeñados en llamarnos humanos y en considerar animales a todos los otros seres condenados a compartir con nosotros este bendito planeta.

El dolor provoca miedo, y el miedo dolor. Lo saben bien los verdugos y los torturadores. Pero también los médicos. Un prójimo atrapado por un intenso dolor es capar de pagar cualquier precio por unos instantes de alivio. Mientras media humanidad intenta averiguar las formas más refinadas y sádicas para lastimar y amedrentar a sus semejantes, otros se esfuerzan en sofocar un incendio que no se extingue.

18 julio 2014

EL COLOR DEL TABACO


Mira que me gusta Paul Newman, una estrella de Hollywood de lo más versátil en la gran pantalla. Después de una trayectoria ejemplar repleta de geniales interpretaciones, casi en el ocaso de su carrera recibió un preciado galardón de la Academia cinematográfica norteamericana, el Óscar al mejor actor por su intervención en una película flojita, en mi modesta opinión, “El color del dinero” (Martin Scorsese, 1986), donde encarnaba a Eddie Felson, un veterano campeón de billar encargado de promocionar a un prometedor novato, Vincent Lauria, alias Tom Cruise. Sin lugar a dudas, me quedo con el mismo protagonista y el mismo actor principal de “El buscavidas” (Robert Rossen, 1961), aunque el Gordo de Minnessota todavía no hubiera pasado a mejor vida.

Reclama Aloysius mi atención para que no me extravíe entre los meandros que conforman el cine y la medicina, para que me centre en las reflexiones de hoy. Para la industria tabaquera, un gigante de la economía mundial, el color del tabaco es semejante al color del dinero. Mientras los costes globales originados por la atención sanitaria de los problemas derivados del consumo de cigarrillos no supere a sus beneficios económicos industriales, tendremos humo de tabaco para rato. No lo duden. 

En estos días he repasado los resultados de un interesante estudio que también relaciona color con tabaco. Me estoy refiriendo a un trabajo publicado en agosto de 2013, hace casi un año, por el equipo de investigadores encabezado por el profesor Freddy Sitas, sobre las diferencias encontradas en la mortalidad atribuida al tabaco entre la población de Sudáfrica. Las causas de 481640 defunciones fueron evaluadas en un estudio caso-control, con prójimos comprendidos entre los 35 y los 74 años, considerando el color de su piel: mulatos, blancos y negros sudafricanos.

En reiteradas ocasiones, diversas y prestigiosas voces se han alzado en las últimas décadas respecto a la interpretación de ciertos estudios médicos epidemiológicos, preferentemente centrados en el mundo occidental, con poblaciones donde predominaba el sexo masculino, mientras las mismas patologías analizadas, como por ejemplo cáncer, diabetes o hipertensión arterial, dejaban a un lado países emergentes o poco desarrollados, así como el porcentaje de mujeres. Podría parecer que se investigan determinadas enfermedades en aquellos lugares en donde los paciente pueden costearse sus tratamientos. De ahí el interés del estudio de Sitas y colaboradores.


En la República Sudafricana, el 80% de la población se considera así misma de raza negra. El 9% son blancos, otro 9% mulatos y el 2% es de origen asiático, con antecesores procedentes principalmente del subcontinente indio. Las tasas de mortalidad nacionales fueron especialmente más altas entre los ciudadanos de color que en la población blanca, de origen europeo. Consecuentemente, los peligros de fumar en la población de color fue más del doble que entre los blancos. 

Y aunque el Capitán América parece ser que ahora dejará de ser rubio para ser afroamericano, todavía nadie ha contestado a aquella crucial pregunta sobre el color de la piel de Dios.

12 julio 2014

TDAH


Estas siglas esconden tras de sí un problema. Según progresa la sociedad y los conocimientos médicos avanzan, nuevas patologías van conformando su existencia. 

El título sirve para definir el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), una alteración del comportamiento que según algunas estimaciones podría afectar al 10% de los niños en edad escolar. Por razones todavía desconocidas, afecta tres veces más a los varones que a las hembras. 

Resulta difícil escapar a la controversia siempre que tratamos este tema. Una aclaración previa: no es nuestra intención cuestionar la existencia del TDAH. Me explico. El Dr. Leon Eisenberg, un médico que dedicó gran parte de su vida intentando demostrar que el TDAH constituía una patología real, sorprendentemente, poco antes de fallecer declaró que estábamos ante un ejemplo más de una enfermedad ficticia. Los que aportan combustible para que el debate continúe candente se basan en ciertos apuntes epidemiológicos y sociales. 

En Estados Unidos, los expertos estiman que uno de cada diez niños padece un TDAH. Sin embargo, en Francia, el número de niños diagnosticados de esta patología se reduce al 0.5%

Estas profundas diferencias se deben a dos enfoques completamente diferentes a la hora de abordar la enfermedad. Mientras en Estados Unidos los psiquiatras sostienen que el TDAH tiene una fase biológica, y por lo tanto sugestiva de tratamiento con fármacos, en Francia los expertos defienden las causas psicosociales en la génesis del trastorno, y para tratarlo y corregirlo hacen énfasis en el entorno social del niño, valorando la psicoterapia o la terapia familiar mucho más que los medicamentos. 

En el Reino Unido, el flamante nuevo Presidente del Real Colegio de Psiquiatras, el Dr. Simon Wessely, ha mostrado su preocupación por lo que él considera medicalización de los niños, destacando la presiones familiares, sociales y económicas a las que se ven sometidos los médicos a la hora de tratar el TDAH.

Los fármacos estimulantes representan el tratamiento más conocido y empleado en estos casos. Aunque no existen por el momento pruebas de efectos secundarios indeseables a largo plazo, el manejo de estos medicamentos produce incomodidades a sus consumidores, de tipo digestivo, pero también irritabilidad e insomnio. Pero también es cierto que los fármacos destinados a tratar el comportamiento impulsivo y las dificultades de atención presentes en estos niños resultan tanto más eficaces cuando se utilizan combinados con terapias de tipo conductual.

Recientemente, la Academia Americana de Pediatría ha publicado un informe clínico que recoge las estrategias necesarias para reducir el riesgo de desarrollar un futuro trastorno en el uso de sustancias (alcohol, marihuana y otras drogas) en niños y adolescentes con TDAH, así como las recomendaciones para prescribir, de forma segura, los medicamentos de tipo estimulante.

Aunque el Mundial de Fútbol ha llegado a su fin, en el caso del TDAH la pelota continúa estando en el alero.

06 julio 2014

DE IURE IURANDO



Manos al volante, conducía contemplando la carretera. También las piernas de ella. Recorría con miradas furtivas el trayecto azulado de sus venas, evocadas bajo aquel fino recubrimiento de piel tersa y dorada. Mientras tanto, el zarco asfalto plomizo se prolongaba hasta horadar el parabrisas en un punto tan lejano del horizonte, allá, donde remotamente les esperaban un hogar, apenas una casa, la dirección de un domicilio escrita en un sobre, una pequeña placa metálica sobre la frialdad de un buzón. Apartar la vista para concentrarse en el pilotaje, devorando el camino con la misma dilación con la que ella plegaba una y otra vez el reborde de su vestido, allí, justamente donde la tela de la ropa se empeñaba en desvelar el umbral de la lujuria. Cuatro ruedas y un tanque de gasolina mediado, con dos tremendos embusteros a bordo, jurando no mentirse jamás.

04 julio 2014

UNA DE COMUNICACIONES



Cuando un ser humano desea comunicarse con otro, todas las barreras lingüísticas saltan por los aires. Y si aun así todavía no conseguimos nuestro objetivo, el lenguaje no verbal acude presto para echarnos una mano. Los primates humanos necesitamos hacer partícipes de nuestros pensamientos y sentimientos a los prójimos que nos rodean; entre otras cosas, somos animales sociales. Recuerdo aquellas entrañables escenas de “Naúfrago” (Robert Zemeckis, 2000) en las que el protagonista interpretado por Tom Hanks establecía una amistad incondicional con un balón llamado Wilson, al que podía contarle sus cuitas abandonado en aquella isla solitaria.

Hoy traemos a colación estas reflexiones a consecuencia de un recorte de prensa que mi querido Aloysius me ha hecho llegar por un amigo en común. Y es que parece ser que 4 de cada 5 pacientes consiguen entender las indicaciones de su médico. Me alegro. Y mucho. En este aspecto, en algunas ocasiones he sentido la tentación de tirar la toalla. Pero la adecuada comunicación es un pilar fundamental en la relación médico – paciente, máxime cuando hay días que apenas dispones de tiempo en la consulta. Cruel paradoja. Alguien acude demandando tu atención profesional y sólo dispones de unos breves minutos para escucharle.

Mi satisfacción es doble, porque en palabras de Pilar Farjas, Secretaria General de Sanidad y Consumo y antigua Conselleira de Sanidade de la Xunta de Galicia, “es justo reconocer el trabajo, preparación y buen hacer de los profesionales sanitarios de nuestro país”...

Los médicos, en general, seguimos siendo bien valorados por los ciudadanos. A pesar de nuestros defectos y limitaciones. Y si encima la mayoría de nuestros pacientes nos entienden, pues mucho mejor. Parece ser que cada día vamos adquiriendo mayores habilidades en el aspecto comunicativo. Todo ello a pesar de la irrupción de Internet en nuestras vidas, como elefante en cacharrería, pues cada vez son más los que acuden a nuestros consultorios habiéndose asesorado  previamente con el gran oráculo signos, síntomas, temores y preocupaciones. Evaluación de la competencia profesional permanente y por duplicado. Y eso que en la red de redes puede escribir cualquiera, así es nuestra valiosa libertad de expresión. 

Diferenciar el grano de la paja ya es harina de otro costal.

28 junio 2014

ESTUDIAR MEDICINA


"Lección de anatomía" de Ramiro Martínez Plasencia

Comienza el verano, y como cada año, los futuros estudiantes universitarios contemplan su futuro con ilusión. Aunque ahora transformados en desvaídos recuerdos lejanos, vivimos sensaciones parecidas hace ya unos cuantos años. Dicen que estudiar Medicina nos es fácil. No lo era en 1980, pero 34 años después es mucho más complicado. Bachilleres impecables y exitosos exámenes de selectividad. Luego vendrán 6 años de carrera, un examen MIR y entre 4 y 5 años de especialidad. Con mucha suerte, comenzarán a competir en el mercado laboral rozando la treintena. Como para pensárselo mucho. Y aunque se mantenga el trasfondo esencial de una carrera vocacional, es obvio que el reto formativo en una facultad de Medicina española exige ciertas consideraciones adicionales, algunas de abordaje ciertamente complicado para una chica o un chico de apenas 18 años.

En España existe el Consejo Estatal de Estudiantes de Medicina (CEEM). Me llaman la atención las conclusiones de su último congreso. Sus objetivos prioritarios se han centrado en la reivindicación de mejoras en el ámbito educativo, en el compromiso ético y en el humanismo. Llevo años acudiendo a diversos foros médicos profesionales y sindicales, y las mismas inquietudes de los futuros galenos todavía son las reivindicaciones de los médicos en activo. Sostiene Enrique Lázaro, presidente del CEEM: “somos el futuro de la medicina, una generación que anhela ser mejor médico, mejor profesional y eso nos compromete a seguir formándonos para ofrecer la mejor atención a nuestros pacientes”.

Comencemos por el final, si me lo permiten, es decir, por implementar la visión humanística de la medicina. Parece ser que el rigor académico sigue exigiendo un profundo conocimiento de lo que el iconoclasta Aloysius denomina catálogo de enfermedades, cuando en realidad, los médicos trabajamos con enfermos, prójimos que pierden su salud, temporal o definitivamente, por culpa de ciertas patologías denominadas enfermedades. La diferencia parece obvia, pero llevar una idea tan simple a la práctica parece seguir siendo harto complicado.

Impregnado en el sesgo profesional de la Atención Primaria, entiendo que los estudiantes de Medicina continúan reclamando una formación integral e integrada, holística, pues aunque los profesores sabiamente nos hayan instruido en el conocimiento de la tuberculosis, por poner un ejemplo, la realidad nos enseña que la tuberculosis de la Señora Pérez es diferente de la del Señor López, porque en la vivencia personal de cada patología influyen múltiples factores. Ya hay quien habla de la Medicina Basada en el Humanismo, parafraseando la necesaria praxis de la Medicina basada en la Evidencia.

Respecto a la ética, el compromiso profesional del médico no es solamente con el paciente, sino también con la sociedad y con el Sistema Nacional de Salud. Para que podamos seguir presumiendo de una de las mejores sanidades del mundo, en la gestión de sus recursos debemos implicarnos todos: políticos, gestores, médicos, personal sanitario y, por supuesto, los propios ciudadanos, sanos o no.

En los años 80, aunque ya estaba en marcha el filtro del numerus clausus para cursar estudios en la facultad de Medicina de Santiago, las aulas estaban masificadas, la anatomía se estudiaba básicamente en atlas, en dibujos, y el aula 8 era tomada con demasiada frecuencia por las reivindicaciones de las asambleas universitarias, no existía Internet, con todo su maravilloso potencial intelectual y científico, y las redes sociales eran una utopía únicamente presentes en libros y películas de ciencia-ficción.


Pero a pesar de todo, ellas y ellos seguirán jurando, año tras año, por Apolo, médico, por Esculapio, Higía y Panacea, tributar a sus maestros en Medicina el mismo respeto que a los autores de sus días.

22 junio 2014

REFUGIADOS



¿Podrían imaginarse por un instante que, en su ciudad o en su país, se desencadene un conflicto que le obligue a abandonar a sus seres queridos, su hogar, sus amigos, su trabajo, su vida cotidiana? Pues esta terrible circunstancia es la que le toca vivir cada día a millones de prójimos en este planeta, que intentan huir desesperadamente de una violencia tan salvaje que les amenaza con el exterminio. Según las noticias más recientes, se estima que unas 300000 personas han tenido que abandonar la ciudad iraquí de Mosul por el enfrentamiento fratricida entre chiitas y sunitas, una división irreconciliable entre dos comunidades musulmanas que se remonta prácticamente a los albores de dicha religión.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y otros organismos internacionales, como ACNUR, la Agencia de la ONU para los refugiados, la Cruz Roja, la Media Luna Roja, y varias ONGs especializadas deben afrontar ahora las demandas sanitarias de todas estas personas que carecen de lo más elemental para sobrevivir: agua, alimentos, refugio y cuidados médicos.

En la Siria que se desangra lentamente, se estima que más de 2 millones y medio de personas han escapado del país o se han visto desplazadas dentro de sus propias fronteras. La lista de naciones afectadas por dramas similares es extensa. Eritrea, Sudan del Sur o la República Centroafricana son otros ejemplos candentes. 

Ya son más de 50 millones los afectados por desplazamientos forzados en el mundo. Y aunque parezca que esto sólo puede ocurrir en regiones lejanas donde la violencia se ceba en la pobreza y la desesperación, piensen por un momento en su propio entorno, en lo que ocurrió en España durante los desgraciados años de la guerra incivil, o en el terror habitual de los campos de concentración en la antigua Yugoslavia, donde miles de personas perdieron la vida hace unas décadas, como si hubieran reaparecido los fantasmas de la solución final del nazismo o las más atroces purgas del estalinismo, o lo que todavía puede llegar a ocurrir en las frágiles fronteras que separan Rusia de Ucrania. El pasado 20 de junio se celebró el Día Mundial del Refugiado. Quizás para algunos pasó desapercibido, pues ya parece que nos estamos acostumbrando a recordar demasiados días especiales en el calendario.

Los que más sufren por estas calamidades, como siempre, los más débiles y desfavorecidos: madres con sus niños, personas mayores y enfermas. ¿Qué les puede estar ocurriendo en aquellos páramos a las mujeres embarazadas, a los niños recién nacidos, a los heridos, a los enfermos de diabetes, a los que padecen cáncer o enfermedades cardiovasculares, a los enfermos mentales? 

No ignoremos que habitamos un mundo globalizado, sin confines. Tampoco descuidemos las enfermedades infecciosas que un día azotaron nuestra humanidad y que pueden encontrar un nuevo caldo de cultivo entre tantos y tantos prójimos desamparados. Decía Gabriel García Márquez que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido. 

No olvidemos pues.

08 junio 2014

LA MANITA



Disculpen por emplear hoy términos futbolísticos, pero es que nos encontramos a las puertas de iniciar un nuevo campeonato mundial este vez cubierto por demasiadas sombras. Aquello del pan y circo de la antigua Roma, pongamos ahora que pan y fútbol, no surte efecto cuando la gente tiene hambre, y no de balón precisamente.

El título de hoy trae a nuestra memoria un gesto considerado como de cierto desdén, empleado para tomarle el pelo a los rivales futbolísticos. Lo lució, por ejemplo, el barcelonista Gerard Piqué para rubricar una paliza histórica al Real Madrid de Mourinho el Único. También hay manitas fantasma, como la que algunos creyeron ver en el Estádio da Luz de Lisboa, indicándole al árbitro que prorrogase 5 minutos el tiempo reglamentario en la Décima del Madrid. 

Hay manitos menos populares y famosas, pero mucho más interesantes. No es la primera vez, ni será la última, que destaco en estas líneas al Dr. Rafa Bravo y su blog, “Primun non nocere”. También allí tienen su particular manita, para comunicar a los pacientes con diabetes tipo 2 los 5 objetivos de su tratamiento. 

Alguna otra vez destacamos que el foco principal en el tratamiento de esta enfermedad ya no se centra tanto su luz sobre el control de la glucosa en sangre. 

Un enfoque actualizado para los diabéticos tipo 2 adultos está basado en intervenciones que verdaderamente mejoran su calidad de vida y alargan su duración. Si disponen de un minuto, detengan su mirada sobre la palma de una de sus manos y extiendan los dedos. 

Esta manita tan cautivadora comienza por el dedo pulgar, en orden decreciente de beneficio. Este dedo, el más corto y grueso, representaría el abandono del hábito tabáquico, indispensable para que la salud del diabético tipo 2 sea lo más óptima posible. Dejar de fumar disminuye la mortalidad en general, pero especialmente en este grupo de pacientes. La Asociación Americana de Diabetes ha establecido que fumar siendo diabético implica 14 veces más posibilidades de tener problemas cardíacos, en comparación con aquellos prójimos no diabéticos que no fuman. Fumar cigarrillos también incrementa el riesgo de padecer una neuropatía diabética.

El segundo dedo de la mano, el índice, hace referencia al adecuado control de la presión arterial. Tampoco bastará con que el paciente diabético reciba tratamiento antihipertensivo, sino que además éste debe ser eficaz, controlando sus cifras tensionales en los niveles recomendables. Recordemos que la hipertensión arterial empeora y acelera el daño que la diabetes provoca en las arterias, aumentando el riesgo de padecer infarto de miocardio, trombosis cerebral, enfermedad vascular periférica e insuficiencia renal. 

El tercer dedo, el corazón, hace referencia al tratamiento con metformina, siempre que el paciente lo tolere adecuadamente. 

El cuarto dedo, el anular, insiste en la recomendación de disminuir los lípidos en sangre, en este caso el conocido como “colesterol malo” o LDL-colesterol. Y dicen los expertos que mucho mejor cuanto mayor sea esta reducción. 

Por último, el dedo meñique viene a completar la manita, porque el estricto control de la glucosa en sangre no ha demostrado efectos sobre la mortalidad ni en las complicaciones relevantes de esta enfermedad. Nos despedimos hasta otra, con la manito abierta.

27 mayo 2014

EL ODIO COMO ENFERMEDAD


De las múltiples virtudes y defectos consustanciales a los primates humanos, hoy vamos a centrarnos en el odio, sentimiento prácticamente específico de nuestra especie humana. Los animales no aborrecen, aunque algunos expertos opinen que sí, como por ejemplo el magistral Miguel Delibes. En “El camino” (1950) relata un episodio de ojeriza entre ciertas aves rapaces diurnas, como el milano, y  otras nocturnas, como el buho real. En la campiña inglesa, se han descrito batallas aéreas similares entre córvidos, cernícalos y lechuzas comunes. 

Quizás a los humanos nos sobren justificaciones, que no razones, para odiar. El odio, como el amor, caras opuestas de la misma moneda, han originado actos heroicos y tremendas vilezas. Decía Fénelon que el que ama con pasión aborrece con furor. Ambas sensaciones comparten similares estructuras neuronales cerebrales. No obstante, mientras el circuito del amor desactiva determinadas áreas de la corteza cerebral frontal relacionadas con el juicio crítico y el razonamiento, este hecho no se produce cuando se desencadena una emoción rencorosa.

Sostiene Aloysius que amor y odio son distintas llamas en las que nuestra pasión se consume irremediablemente. Se puede dar o quitarla vida a un semejante por amor y por odio. Solemos amar lo que también odiamos. Odiamos según nuestros credos, y así se gestaron los baños de sangre que empaparon Europa en los siglos XVI y XVII, letales guerras religiosas que enfrentaron entre sí a las naciones cristianas de la época. Actualmente, talibanes y demás grupos radicales musulmanes de diferentes países africanos continúan empeñados en imponer su particular fe a base del terror,  de la sangre y el fuego. 

Odiamos por motivos raciales, desde la solución final de Hitler y el Holocausto judío, hasta la indiscriminada matanza de inocentes en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, en Beirut Oeste. El Ku Klux Klan en Estados Unidos o el apartheid en Sudáfrica, segregaron y atacaron a infinidad de prójimos por el mero color de su piel. 

Odiamos por motivos políticos. En España todavía recordamos tantas vidas segadas en ambos bandos durante aquella Guerra Incivil, decía Don Miguel de Unamuno, un conflicto fraticida con miles de cautivos, ejecutados, represaliados y desaparecidos en campos y cunetas. En la Unión Soviética, para consolidar el poder dictatorial de Stalin, millares de comunistas, socialistas, anarquistas y opositores al régimen fueron eliminados o confinados en terribles campos de concentración. Y qué decir del genocida camboyano Pol Pot y sus sanguinarios jemeres rojos.

Tenemos cerebro para amar, y por lo tanto también para odiar. Tenemos cuchillos para cortar el pan, pero también para herir y matar a nuestros semejantes. Sin embargo, mientras el amor suele siempre ser justificado, el desprecio, el rencor y la venganza no tienen cabida en la razón humana. Las diferencias siempre generan odios, pero las diferencias son subjetivas, nunca indispensables.