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04 abril 2018

CÓDIGOS Y ALGORITMOS



El otro día en una entrevista, Antonio Damasio, el insigne neurólogo lisboeta que viene ejerciendo en la cátedra David Dornsife de Psicología, Neurociencia y Neurología en la Universidad Sur de California (Estados Unidos), nos alertaba sobre la deriva de la humanidad hacia una visión algorítmica donde todo funciona según códigos, ya sean genéticos o de sistemas de computación. Basta echar una ojeada a nuestro alrededor, en un supermercado, por ejemplo. Los códigos de las etiquetas de los productos son identificados por unos sistemas lectores que han venido a sustituir a las cajeras de toda la vida. Finalizada la compra, mediante el código de nuestra tarjeta de crédito podemos abonar directamente la factura y dedicarnos a embolsar lo adquirido, de la misma manera que nos han ido convirtiendo en los sujetos activos cuando llenamos el depósito de nuestro vehículo en una gasolinera con autoservicio.

Sostiene Aloysius que así como ya está ocurriendo actualmente en estos sectores, en un futuro no muy lejano los sistemas de inteligencia artificial (IA) irán poco a poco sustituyendo a muchos médicos en nuestros centros de salud y hospitales. Y no hablamos de máquinas y robots en el sentido estricto, sino de una nueva metodología de trabajo impulsada por el mismo avance de los códigos y los algoritmos. En el ámbito concreto del diagnóstico por imágenes, se está trabajando desde hace tiempo en el desarrollo de complejos programas capaces de interpretar una mamografía o una resonancia magnética con un nivel de exactitud superior al de los especialistas más expertos. La arquitectura de estos programas se sustenta en los algoritmos, conjuntos ordenados de operaciones matemáticas sistematizadas que permiten realizar cálculos y solucionar problemas. 

Y es que cualquier imagen digital en dos dimensiones puede descomponerse en píxeles. Un píxel es la menor unidad homogénea en color perteneciente a una imagen digital. Si nos referimos a imágenes tridimensionales, la unidad mínima equivalente se denomina vóxel. Para entendernos y andar por casa, un píxel sería un punto de color, mientras que un vóxel sería un pequeñísimo cubo. Pues bien, existen programas de inteligencia artificial capaces de asignar cada píxel y cada vóxel a una estructura anatómica determinada. Cientos de millones de vóxeles correspondientes a imágenes pertenecientes a cientos de pacientes conforman las bases de datos que capacitan a la máquina para la toma de decisiones diagnósticas exactas. Y los investigadores capaces de estos hitos no son médicos sino expertos en IA.

Desde el sur de California, las predicciones del profesor Damasio podrán resultar esperanzadoras o sombrías, según queramos interpretar. Quizás los pasos del médico del futuro se encaminen hacia la gestión e integración de todos estos innovadores conocimientos, para evitar que los pacientes puedan ser discriminados por sus códigos postales y genéticos. Ya los iremos viendo.



25 marzo 2018

DE SOMAS Y DROGAS CANÍBALES





"El grito". Lucas Cejas

Atesora Aloysius en su biblioteca un ejemplar en tres tomos de la “Historia General de las Drogas” del filósofo y ensayista Antonio Escohotado, un compendio irrepetible en el que el autor despliega toda su sabiduría recopilada tras una magistral aproximación científica a este tipo de sustancias. Allí descubrimos las primeras menciones a la droga ideal, el soma, garantía perfecta para la evasión de los dolores, las angustias y los sufrimientos de este mundo. En la procura de la ebriedad, siglos antes de Cristo los sacerdotes de la India empleaban el soma para conectar con las divinidades hasta el punto de llegar a identificarla con una deidad en sí misma. Todavía hoy en día los expertos farmacólogos son incapaces de identificarla con algún preparado vegetal, desde la marihuana hasta el ruibarbo, pasando por el loto azul, la harmalina y diversos tipos de hongos alucinógenos.

Sin proponer desde estas líneas el consumo de sustancias narcóticas o estupefacientes, precisamente por el perjuicio para la salud que suponen el desarrollo de dependencias y adicciones, en el más estricto plano teórico la droga perfecta sería aquella capaz de proporcionarnos placeres reversibles sin efectos secundarios, virtudes que la literatura atribuía precisamente al soma hindú. Si hasta aquí estamos de acuerdo, ¿cómo podríamos entonces entender el consumo de la droga caníbal?  Este estimulante, más potente que la cocaína y las anfetaminas, se ha puesto de actualidad tras los recientes destrozos provocados en un adolescente de Lugo que atacó a golpes y a mordiscos a sus acompañantes tras ingerir esta droga caníbal. Habrá que esperar el resultados de los análisis toxicológicos.

Técnicamente se trata de la metilendioxipirovalerona (MDPV), sintetizada a mediados del siglo XX sin finalidades lúdicas. Y es que ya no nos limitamos al descubrimiento de los efectos euforizantes, alucinógenos o adictivos de medicinas empleadas en el tratamiento habitual de las enfermedades, sino que los laboratorios investigan en la procura de la droga perfecta. Los efectos de la MDVP se producen a nivel cerebral, trastornando el comportamiento normal de las neuronas, lo que se traduce en una serie de síntomas físicos adversos: taquicardia, hipertensión arterial, insomnio, náuseas, mareos, bruxismo, escalofríos, sudoración, recalentamiento corporal, dolor de cabeza, zumbido de oídos, cólicos de riñón, agitación, dificultad para respirar y convulsiones, y dentro de la esfera psicológica delirios, confusión, paranoia, ansiedad, conductas violentas e ideas suicidas. 

Entonces, ¿por qué se consume la droga caníbal? ¿Merece la pena padecer sus tremendos efectos secundarios a cambio de cierta euforia, vencer al sueño, potenciar la estimulación sexual o incrementar la concentración mental, el aumento de energía y la motivación? Porque la MDVP no es el soma, ni se le parece. Retomando al profesor Escohotado, los humanos somos química, como las drogas, que son capaces de inducir la soledad, el silencio, la abstinencia, el dolor y el miedo.

24 marzo 2018

TERAPIA ASISTIDA CON PERROS


Si bien en 2009 el Hospital Materno-Infantil de Sant Joan de Déu de Barcelona fue el primero en emplear las técnicas de Terapia Asistida con Animales (TTA), en estos días los medios de comunicación se han hecho eco de una singular iniciativa del madrileño Hospital del Niño Jesús, fundado en 1887, cuna de la Pediatría y centro nacional de referencia en patologías infantiles, en colaboración con la universidad pública Rey Juan Carlos y Pruina ®, una popular marca de comida para animales, que financia el proyecto. De esta manera, los médicos podrán disponer del refuerzo de la terapia con perros en el abordaje específico de la bulimia y la anorexia nerviosa. En la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Niño Jesús, durante 18 sesiones semanales, y divididos en 3 grupos de 5 pacientes, 15 jóvenes de entre 13 y 17 años seguirán una TAA acompañados por el perro, el monitor asociado al animal y un psicólogo responsable del tratamiento. Los canes intentarán centrar la atención de estos jóvenes pacientes para ayudarles a superar los problemas causantes de sus patologías, y todo ello en un ambiente de confianza y bienestar. Esta experiencia no es única. La propia Oficina de Intervenciones Asistidas con Animales de la Universidad Rey Juan Carlos ha desarrollado ideas similares para tratar el Alzheimer y los trastornos del espectro autista en los ayuntamientos madrileños de Móstoles y Arroyomolinos, respectivamente. 

Diferentes estudios de investigación han demostrado los beneficios de la terapia asistida con perros. A nivel físico, disminuyen los niveles de cortisol, la hormona del estrés, así como la presión sanguínea en pacientes con niveles de ansiedad elevados; además del bienestar y la relajación, incentivan la actividad física y las relaciones sociales. A nivel psicológico, la reducción del estrés suele acompañarse de una notable mejora de la estabilidad emocional. Los especialistas suelen emplear perros de razas específicas, como los Golden o Labrador Retriever, por su carácter equilibrado y apacible, si bien cualquier perro con un temperamento dócil y comportamiento adecuado, con el adiestramiento apropiado, puede convertirse en un estupendo auxiliar terapéutico. En el proyecto del Hospital del Niño Jesús, los protagonistas se llaman Eo, un Collie mezclado, y Jacinta, una perrita de raza Chihuahua, ambos cariñosos, encantadores y muy sociables. 

En Galicia, en 2016, se puso en marcha una iniciativa de TAA en el Hospital Materno Infantil Teresa Herrera de A Coruña, pionera en Galicia y destinada a evaluar la influencia del contacto con perros adiestrados en niños menores de 6 años con autismo o daño cerebral. En este caso, los protagonistas fueron Fusco (Can de Palleiro), Marrón (Labrador Retriever) y Venus (Perro de Aguas). Se han desarrollado planes similares centrados en entornos educativos y lúdicos asistidos con animales, como el liderado por Dogtor Animal en Madrid, o por la Fundación Acavall en Valencia, donde humanos y animales trabajan juntos, especialmente aquellas personas con discapacidad, mayores o en riesgo de exclusión social, y en los que además de los perros participan otros pequeños animales como cobayas o periquitos. Que cunda el ejemplo.

11 marzo 2018

SIN SANGRE



La formación en bioética suele comenzar definiendo sus principios fundamentales: autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia. Una vez entrados en materia, uno de los ejemplos prácticos más utilizado se refiere a los Testigos de Jehová y las transfusiones de sangre. Hace unos años, el Dr. Alex Serra Guifarro me regaló un manual titulado “La Familia, su cuidado y protección. Tratamiento médico para los Testigos de Jehová”. Desde aquí le reitero una vez más mi agradecimiento, pues en Medicina no existen avances sin conocimiento, y aunque la obligación principal del médico es curar, ha de hacerlo respetando siempre los deseos del paciente. Así lo exige el principio de autonomía, pero también el de beneficencia, contradiciendo los prejuicios, el de no maleficencia, disuasivo para cualquier acto que pudiera perjudicar al prójimo, y por último, el de justicia, que obliga a prestar una atención sanitaria exenta de desigualdades ideológicas, sociales, culturales y económicas. 

Recupero aquel tratado de 1995 del Dr. Serra Guifarro, donde se recopilaban múltiples alternativas a la “Medicina con sangre”, a propósito de una reciente información que recurre a la “Medicina sin sangre” como ineludible en una praxis médica de calidad contemporánea y futura. Y no lo hace por cuestiones doctrinales, sino por una bien documentada efectividad científica. Existen varios factores primordiales. A corto plazo, una consecuencia objetivable del envejecimiento demográfico será la disminución del número de donantes. En realidad, los expertos ya están hablando de cierta amenaza de desabastecimiento en los bancos de sangre, teniendo en consideración que el límite de edad para donar sangre se sitúa en los 60 años, mientras que el 60% de las transfusiones deben realizarse en mayores de 70 años. 

Por otra parte, se han demostrado diversas complicaciones potencialmente relacionadas con las transfusiones, por ejemplo su asociación con las infecciones intrahospitalarias, además del denominado estupor inmunológico típico de los trasplantes, que puede afectar las defensas del receptor haciéndolo igualmente más susceptible a las infecciones. Llegado el momento, siempre y cuando no pueda garantizárseles una atención adecuada a su patología, los Testigos de Jehová reivindican su traslado a un centro que dispense tratamientos sin sangre. Cada vez son más en nuestro sistema sanitario. Sus técnicas específicas se emplean en aquellas cirugías donde se estima que el paciente pueda sangrar por encima de los 1000 ml, como por ejemplo prótesis de cadera o rodilla, cirugía cardíaca, intervenciones complejas en la columna vertebral, como amplias fijaciones vertebrales y escoliosis, o determinadas operaciones digestivas de duodeno y páncreas. 

Los expertos en la materia constatan menos complicaciones, estancias más cortas, mayor satisfacción de los pacientes y, cómo no, unos costes más reducidos. Sostiene Aloysius que desde la religión y la ciencia, dos posiciones frecuentemente antagónicas, pueden existir aproximaciones prácticas hasta hace unos años insospechadas y perfectamente encuadradas en esa rama de la ética promotora de las conductas más apropiadas para preservar nuestra propia existencia y la de los demás seres vivos.

04 marzo 2018

TRANSHUMANISMO



Encabezamos de esta manera unas breves reflexiones motivadas por la conjunción de tres hechos que a priori poco tienen en común. El primero se refiere a “Superinteligencia: caminos, peligros y estrategias” (2014), un libro de Nick Bostrom, el joven filósofo sueco de la Universidad de Oxford (Reino Unido), experto en ética del perfeccionamiento humano y en los peligros de la superinteligencia, entidad artificial y tremendamente superior a la de los humanos más geniales. Por cierto, podríamos traducir libremente el lema de la prestigiosa universidad británica como “El Señor es mi luz”. Veamos pues, con el devenir de los tiempos, quién se convertirá realmente en el faro de la humanidad. 

En líneas generales, respecto al desarrollo que tendrán máquinas, robots y ordenadores, Bostrom nos alerta de los peligros que podrán representar para el hombre sus propias creaciones. Para este filósofo, somos niños jugando con bombas. Tengo un ejemplar de su libro que de vez en cuando voy atacando, con cierto desasosiego. 

La segunda coyuntura deriva de un artículo firmado por el escritor Jordi Soler titulado “El imperio del placer”; opina este autor que ya hemos rebasado la etapa de la evolución natural de Darwin para adentrarnos en los vericuetos de la evolución artificial y el transhumanismo, una transformación de la propia especie humana propiciada por la ingeniería genética, la farmacología, la estimulación neurosensorial y la nanotecnología molecular, a la que nos referíamos brevemente el otro día desde este mismo rincón de La Región. 

La selección natural (tediosa, lenta, imperfecta), ha dado paso a la selección técnica (más diligente y veloz), un innovador mecanismo de la evolución del comportamiento humano, tal y como el antropólogo Eudald Carbonell nos prevenía en su libro “El nacimiento de una nueva conciencia”. En mi modesta biblioteca, uno de estos ejemplares ocupa una estantería vecina al libro de Bostrom. Uno de los mayores entusiastas del transhumanismo es el filósofo británico David Pearce. Encuadrado en la ética utilitarista, Pearce es un fiel devoto de los avances en ingeniería genética y nanotecnología, capaces de abolir las experiencias desagradables y el sufrimiento, no sólo en los primates humanos, sino en cualquier ser capaz de sentir. El ejército de críticos de las ideas de Pearce prospera cada día. Para nada comparten su proyecto de humanidad futura. 

Y así llegamos al tercer suceso que anunciábamos al principio. La otra tarde, los planteamientos de lo que a mi juicio será la medicina en el siglo XXI desataron una amable contrariedad en mis maestros y colegas del Servicio de Obstetricia y Ginecología del antiguo Hospital General de Galicia. Y me di cuenta del tremendo valor y la humanidad de aquellos médicos dueños de una formación clínica excepcional, para los que las máquinas diagnósticas significaban solamente una ayuda, pero al fin y al cabo los últimos supervivientes de una preciosa manera de entender la praxis médica que, por suerte o por desgracia, nuestros descendientes pronto estudiarán en los tratados de Historia de la Medicina.