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06 diciembre 2014

TRATANDO EL ÉBOLA


El jueves pasado, gracias al Foro La Región y a la Cruz Roja ourensana, tuve la oportunidad de escuchar a Cristina Castillo, una cooperante de esta institución humanitaria que ha trabajado en situaciones de emergencia en Filipinas, Haití, los Balcanes y Sierra Leona. 

En este paupérrimo país africano, uno de los más desfavorecidos del mundo, con una mortalidad infantil intolerable y una esperanza de vida que ronda los 45 años, Cristina relató su experiencia personal en el remoto hospital de Kenema. Durante su exposición, destacó el importante papel que allí desempeñó el personal técnico, desde los obreros que desbrozaron y allanaron el terreno, pasando por los encargados de construir en el medio de la selva un hospital de características tan especiales, hasta los expertos en depuración de las aguas, desinfección de trajes y enseres, los responsables de logística y aquellos otros que quizás desempeñen la labor más peligrosa, los servicios funerarios. 

Y es que el virus del Ébola es especialmente peligroso en los últimos momentos de la vida. Su máxima virulencia se produce durante la agonía y el fallecimiento del enfermo. Mudar ancestrales costumbres relacionadas con la despedida definitiva de los seres queridos, en un entorno cultural tan diferente al nuestro, representa para los trabajadores sociales una labor de titanes. En Kenema, no todo se reduce al trabajo de los médicos y las enfermeras. 

En España, debemos en gran parte el conocimiento de esta enfermedad al contagio de la auxiliar Teresa Romero, cuya enfermedad fue seguida minuto a minuto por los medios de comunicación. En Sierra Leona, todo es diferente. No existen extraordinarias medidas de tratamiento, sino que la suerte de los pacientes depende de los cuidados paliativos, en especial hidratación y alimentación adecuadas, y la capacidad individual de desarrollar anticuerpos contra el virus. 

La prestigiosa revista médica “The Lancet” se hacía eco de la opinión de dos expertos, Ian Roberts (Escuela de Medicina Tropical de Londres) y Anders Perner (Universidad de Copenhague). Ambos destacaban que los centros de tratamiento del Ébola deberían ser algo más que meros recintos de cuarentena. 

En este aspecto, coincidían plenamente con Cristina Castillo, pues los enfermos debe entender que en el hospital les van a proporcionar un mejor cuidado que en sus propios domicilios. En Sierra Leona, Liberia, y Guinea Conakry, los pacientes se mueren por culpa de la deshidratación extrema y el déficit de los electrolitos causado por vómitos y diarreas. Los expertos defienden que la simple reposición por vía intravenosa de líquidos y otras sustancias vitales sería capaz de salvar a muchos de ellos. 

Siempre me ha llamado la atención el hecho de que alguien decida un buen día abandonar la comodidad que disfruta en el mundo occidental para embarcarse en estas peripecias de incierto futuro. ¿Cuál es el motivo? ¿Un espíritu aventurero e inconformista? ¿Un especial sentido de la solidaridad? ¿El amor al prójimo? ¿Una inquebrantable fe religiosa? ¿Un compendio de todas estas emociones? ¿Algo que todavía no alcanzamos a comprender? Cuando alguien le preguntó a Cristina por qué había escogido ese tipo de vida, ella contestó con una brillante sonrisa: “me siento útil aquí, pero me siento más útil allá”. Tal vez ahí se encuentre el ejemplar secreto.

30 noviembre 2014

LEY SECA


En una Cuba imaginada por Francis Ford Coppola, en las estancias de un gran hotel que en realidad son las habitaciones del Embajador, en Santo Domingo, el taimado Hyman Roth (Lee Strasberg) le recordaba Michael Corleone (Al Pacino) como él y el desaparecido Padrino Don Vito pasaban melaza de contrabando desde Canadá hasta los Estados Unidos, para contravenir las estrictas normas de la Ley Seca. 

En realidad, la Enmienda XVIII de la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica ha supuesto un generoso filón literario y cinematográfico, pero un auténtico fiasco desde el punto de vista político sanitario. Aunque no prohibía el consumo de bebidas alcohólicas, sí lo hacía con su producción, transporte y venta. Si bien recogía las inquietudes de gran parte de la sociedad ante la progresión de la enfermedad alcohólica como terrible plaga entre sus ciudadanos, en la práctica desencadenó más daños que los que pretendía atajar.

Hoy traemos a colación estas reflexiones ante la reciente publicación en Lancet de un análisis sobre el alcoholismo en Irán. En los países musulmanes, las restricciones fundamentadas en la aplicación estricta del Corán, varían notablemente entre unas naciones y otras, desde las que como Arabia Saudita castigan con severidad cualquier violación de esta norma religiosa, hasta aquellas otras más permisivas que toleran parcialmente el consumo de alcohol etílico, limitado a ciudadanos extranjeros, en determinados bares y restaurantes de algunos hoteles.

Al igual que ocurrió con los antiguos gánsteres norteamericanos de la gran pantalla, hoy en día el alcohol atraviesa las fronteras iraníes gracias a los contrabandistas para venderse en el mercado negro. Como en nuestras latitudes, la destilación casera y el uso de alcoholes adulterados resulta seriamente problemática para la salud pública; en no pocas ocasiones concluyen con graves intoxicaciones y muertes provocadas por el alcohol metílico. En Ourense, por desgracia, somos buenos conocedores de los estragos provocados por este tipo de envenenamiento. 

Aunque no abundan los trabajos científicos al respecto, se estima que en la República Islámica de Irán, la prevalencia de trastornos relacionados con el consumo etílico puede alcanzar al 10% de los varones jóvenes, según determinadas regiones. Sin embargo, la dependencia es notablemente inferior, alrededor del 0.2%.

Nos llama la atención que las autoridades sanitarias iraníes han de lidiar con otro tipo de dependencias, pues detentan en sus lares las tasas mundiales más elevadas respecto al consumo de opiáceos. Actuaciones específicas para la deshabituación con metadona y buprenorfina atienden a medio millón de prójimos, y los programas de reducción de daños, que promueven el libre acceso a jeringas desechables, han disminuido la incidencia de infecciones como VIH, hepatitis B y C. 

Terminamos como comenzamos. Don Vito Corleone, gánster a la antigua usanza, se lucraba con los negocios del juego, el alcohol y la prostitución. Sin embargo, el tráfico de drogas en sus áreas de influencia estaba totalmente vetado. Las normas son las normas.


24 noviembre 2014

ALGO FALLA



Un viejo amigo, de vuelta a casa tras una prolongada estancia en el extranjero, se ha sorprendido por la cantidad de personas presentes en los hospitales y en los centros de salud de Ourense. 

Durante la última semana, se ha fraguado esta particular opinión tras acompañar a su anciana madre por la consulta de diferentes médicos. Incluso ha sido capaz de reconocer, en tan poco tiempo, rostros familiares entre los que cada día aguardan su turno en las salas de espera. 

Hemos platicado de los pacientes denominados “hiperfrecuentadores”, los que acuden a la consulta de su médico de familia en más de 12 ocasiones al año, es decir, 10 veces más que el resto. Su porcentaje no es nada desdeñable, un 20 - 25% del total. Para obtener una visión más real de problema calculamos que en una consulta de atención primaria a la que diariamente acuden 40 pacientes (unos 200 a la semana, unos 800 al mes), entre 160 y 200 repiten visita, constantemente.

¿Cómo es esto posible?, se pregunta este paisano, acostumbrado a pagar por cualquier emanda sanitaria en su país de destino. ¿Será porque aquí todo es gratis?... 

Me lleva un tiempo explicarle que lo de gratis es relativo, y que el sistema de salud público español lo pagamos entre todos los contribuyentes, a partir de nuestros impuestos. La explicación más plausible para justificar este ansia de citas médicas podría esconderse tras lo que algunos expertos denominan somatizaciones, dolores físicos provocados por cuadros de ansiedad o depresión. 

Resulta que España, después de Portugal, es el país europeo que más ansiolíticos consume. Parece ser que el nivel de tolerancia a la frustración es muy bajo entre nuestros prójimos, y que cualquier situación adversa en la vida, desde una ruptura de pareja hasta la pérdida de un familiar, dispara el consumo de estos medicamentos.

Además de su desesperación personal, el gasto sanitario generado por los usuarios hiperfrecuentadores se dispara, pues se multiplican los análisis y las pruebas, casi siempre con resultados inespecíficos, destinadas a diagnosticar sus patologías. Tampoco resulta extraño que estos pacientes consuman más fármacos que la media. Estudios realizados en países anglosajones han llegado a responsabilizarles del 10% del gasto sanitario total de un país desarrollado. 

Los problemas sociosanitarios, especialmente en las personas más mayores, asimismo representan una causa frecuente y constante de consulta, contrariedades para las que en muchas ocasiones no existe un tratamiento médico específico.


Bien por haber emigrado a un país donde la mayoría de la población se concentra en las primeras décadas de la vida, bien porque en aquellos pagos la visita al médico cuesta demasiado dinero, mi amigo continúa sorprendido con la situación que vivimos en Ourense. 

Quizás la solución pase por dedicarles más tiempo a estos pacientes, en unas consultas masificadas, la pescadilla que se muerde la cola, porque 5 minutos apenas sirven para escuchar sus quejas y para confortarles, porque no todo en la vida son pastillas, intervenciones quirúrgicas, prótesis, marcapasos o resonancias magnéticas.

15 noviembre 2014

A ESMORGA



Hoy se inaugura la 19ª edición del OUFF, el Festival de Cine de Ourense. Se ha creado mucha expectación por el estreno de “A Esmorga” (Ignacio Vilar, 2014), una nueva versión de la novela de Eduardo Blanco Amor, descarnada crónica de una jornada vertiginosa de desenfreno y tragedia. 

Cada día, la mirada de metal fundido de Don Eduardo se recrea en el sol que se oculta tras el monte del Seminario, mirada clara, intemporal, como la del gordo “Buck” Mulligan, que desde la Torre Martello ofrecía al Universo un cuenco con espuma de jabón de afeitar, frente al mar verde moco irlandés, envuelto en una lustrosa bata amarilla. 

“A Esmorga” de Blanco Amor tiene en común con el “Ulyses” de James Joyce el relato minucioso de la vida de unos personajes durante 24 horas de su existencia. En Ourense, a modo de Bloomsday, existe un roteiro literario para conmemorar los pasos de aquellos tunantes de ficción, señalizado mediante 8 coloreadas placas de cerámica de Manolo Figueiras, desde la Avenida de Zamora hasta la Alameda, la última cercana al lugar donde precisamente hoy se erige la estatua de Blanco Amor. 

En 1977, el prestigioso cineasta Gonzalo Suárez se atrevió con esta misma obra. La película se tituló “Parranda” y contó con elenco de consagrados actores españoles, alguno de ellos ya desaparecido, como el inefable Antonio Ferrandis, que de “Mil Hombres” pasó a “Chanquete” gracias a la magia de la televisión. José Sacristán fue “Cibrán” y José Luis Gómez “El Bocas”. La actriz argentina Marilina Ross, catapultada a la fama como protagonista de “La Raulito” (Lautaro Murúa, 1975) encarnó a la desdichada “Socorrito”. Ahora, en 2014, Miguel de Lira, Karra Elejalde y Antonio Durán “Morris” se han metido en la piel de “Cibrán”, “O Bocas” y el taimado “Milhomes”, al que también dio vida en 1997 mi querido y admirado Sergio Pazos en la pequeña pantalla.

Considerando la cinta de Gonzalo Suárez y la novela original de Blanco Amor, en MEDYCINE nos permitimos un sencillo ejercicio médico matemático consistente en calcular la cantidad de alcohol que los esmorgantes fueron capaces de trasegar en su disparatada jornada. 

Comenzaron el día con albor en la taberna de la Tía Esquilacha con 2 ó 3 jarros de vino de 2 netos cada uno (un neto equivale a medio litro) y un cuartillo de aguardiente (más o menos también medio litro), “para curarse el catarro”, pasando por infinidad de botellas de vino, aguardiente, licor café, anís escarchado, litros de queimada en el pazo de O Castelo, donde las canadas (recipiente de latón capaz de albergar unos 4 litros) pasaban de mano en mano hasta completar una cantidad cercana a los 24 litros de alcohol repartidos entre aquellas gargantas sedientas, para finalizar con más botellas de licor y vino añejo dispuestas sobre las mesas de la Casa dos Andrada y que sirvieron para nublar el sentido de O Bocas, un alcohólico con un más que probable trastorno de la personalidad antisocial, le llevaron a cometer un crimen atroz que desencadenó el infortunio para él y sus borrachos camaradas. 

Y que, como en otras ocasiones parecidas, sostiene el obstinado Aloysius que la conciencia es soluble en alcohol.

09 noviembre 2014

CONGELADOS


Por fin ha llegado el otoño, convocando la lluvia sobre nuestros cristales. A partir de ahora, como la meteorología no va a ayudarnos demasiado, me temo que el contumaz Aloysius se dejará caer con mayor frecuencia por mi humilde morada. La otra tarde, sin ir más lejos, apareció con un curioso folleto de una empresa dedicada a la criogenización, encargada de exponer a personas o animales a condiciones de un frío tan intenso que permitan preservar su cuerpo para reanimarlo en un futuro.

Sensu stricto, estaríamos hablando de una especie de resurrección, pero en tiempos más propicios. Inicialmente, estas técnicas fueron proyectadas para criopreservar a determinadas personas, generalmente multimillonarias y desahuciadas por la medicina actual, a la espera de que los avances de la ciencia permitieran obtener un tratamiento eficaz para sus enfermedades incurables. Ciertamente, estaríamos ante un proceso de selección artificial de algunos que, no resignándose al final de sus días, buscaran en el futuro la inmortalidad.

Desde el punto de vista científico, este tema me resulta fascinante. En realidad, estos procedimientos se están realizando ya para preservar óvulos y embriones. Representan un paso de gigante en el desarrollo de las técnicas de reproducción asistida. El polifacético Carl Djerassi, más conocido como el padre de la píldora anticonceptiva, ha vaticinado para la primera mitad del siglo XXI un mundo más preocupado en mejorar sus tasas de fertilidad que en inhibirlas. Hace muy pocos días, la mecha de la controversia se encendía una vez más cuando Apple y Facebook propusieron a sus trabajadoras retrasar la maternidad haciéndose cargo las empresas de la costosa vitrificación de ovocitos, un proceso de criopreservación que impide la formación de cristales de hielo que puedan dañar tan valiosas células germinales femeninas.

Independientemente de cuestiones éticas y morales, que a buen seguro cambiarán a medida que ciencia y sociedad avancen, el deterioro molecular provocado por las bajísimas temperaturas y la falta del oxígeno necesario para los tejidos, representan en la actualidad serios hándicaps para la criogenización de órganos de mayor complejidad e incluso de prójimos enteros. Pero, en realidad, ¿quién sería criogenizado, un individuo moribundo pero todavía vivo o un verdadero cadáver? ¿quedaríamos a la espera de un futuro tratamiento eficaz para curar a un enfermo o en realidad, utilizaríamos esta hipotética habilidad para resucitar a los muertos?


El anhelo de inmortalidad ha acompañado a los seres humanos desde el mismo momento en que fuimos conscientes de nuestra propia caducidad como seres vivos. Por el momento, los que saben mucho de estas cuestiones se decantan más por conseguir una longevidad saludable, hecho que no parece tan lejano, más que por resucitarnos en un mundo y tiempo venideros para los que todavía no estamos preparados, ni siquiera regresando medio congelados del silencioso mundo de los muertos.

31 octubre 2014

ENFERMEDADES DEL ALMA


Por aquello de la inmediatez y la premura, sostiene Aloysius que el vertiginoso ritmo de la sociedad moderna sólo nos permite prestarle atención a las enfermedades del cuerpo. En lengua inglesa, la palabra physician designa a la par a médicos y doctores, distinguiendo esta profesión de contacto permanente con lo físico, con lo material, aunque esto solamente sea lo exterior del cuerpo humano, del otro vocablo surgeon, cirujano, el especialista en seccionar y suturar, capaz de hurgar entre vísceras y entrañas en la procura de una sanación, cruenta, pero incondicionalmente física.

Hace décadas, el cuerpo teórico de la medicina superó la famosa dicotomía cuerpo – alma. Con los descubrimientos y avances en neurociencias, existe un mapa cerebral cada vez más preciso que representa aquello que nuestros predecesores denominaron cualidades y virtudes del alma.

Decía Albert Camus, del que acabamos de releer “La peste”, que nunca es agradable estar enfermo, pero que hay ciudades y países que nos sostienen en la enfermedad, lugares en los que, en cierto modo, uno puede confiarse. Porque los enfermos necesitan a su alrededor blandura, apoyarse en algo. Y para el adalid de la Filosofía del absurdo, este requisito es algo natural.

Por suerte, me ha tocado trabajar en hospitales y en centros de salud, en pueblos y en ciudades. He escuchado las cuitas de pacientes jóvenes y ancianos, de mujeres y hombres, de afectados por patologías más o menos graves graves, desde prójimos prácticamente sanos hasta dolientes terminales. Pero, en todos los casos, para poder prestarles adecuada asistencia sanitaria, me resultó imprescindible la orientación holística de su enfermedad. 

¿Hasta dónde alcanza el amparo protector de la bata blanca de los médicos? ¿Cuándo esta albura de sus uniformes muda en una sobriedad más propia hábitos sacerdotales? ¿Cuántos acuden cada día a las consultas demandando palabras más eficaces que el más certero de los medicamentos?

Pronto nos habituaremos a manejar terapias genéticas y tratamientos individualizados que hasta hace muy poco tiempo solamente soñábamos. Quizás seamos capaces de vencer al cáncer, doblegando una por una sus fornidas patas y tenazas. Tal vez sinteticemos la vacuna perfecta, que nos permita combatir cualquier enfermedad infecciosa. O fabricar una píldora maravillosa que aleje de nosotros todo mal capaz de deteriorar nuestras arterias y venas, o erradicar el hambre y la malnutrición en el mundo.

Pero para conseguir cualquiera de estas utopías, debemos también rechazar la soledad, la más contemporánea de las enfermedades, la tristeza, la depresión, la insolidaridad, pues son éstas patologías del alma que provocan tanto sufrimiento como la más enconada de las heridas, como el dolor más recalcitrante y refractario. Dicen que decía Albert Camus que la enfermedad es el opresor más temible. Intentemos pues, borrar las huellas de tamaña tiranía.


17 octubre 2014

GUERRA BIOLÓGICA


Por definición, toda clasificación resulta tremendamente subjetiva. Existe un catálogo en particular que no ha conseguido eludir este axioma: las 15 películas más polémicas de la historia del cine. Para su elaboración, los autores escogieron una serie de características especiales: la exhibición de una excesiva e injustificable violencia, el sexo explícito y no artístico, o el abuso de un lenguaje soez e inadecuado. Encabezada por “Saló o los 120 días de Sodoma” (Pier Paolo Pasolini, 1976), un film difícilmente soportable por su desmesurada crudeza incluso hoy en día, por una humanidad que parece libre de espantos. 

En segundo lugar figura “Los hombres detrás del sol” (Tun Fei Mou, 1988), una cinta producida en Hong Kong, y que relata un cúmulo de indescriptibles torturas cometidas por los japoneses en un remoto campo de concentración chino durante la 2ª Guerra Mundial. Esta cinta tiene un fundamento real, pues muestra las felonías cometidas por el Escuadrón 731, un programa encubierto para la investigación y desarrollo de armas biológicas. Realizaron experimentos con civiles chinos, mongoles, coreanos y rusos, pero también con prisioneros de guerra estadounidenses y europeos. Intencionadamente, desataron epidemias de cólera, carbunco y peste bubónica, responsables de la muerte de unos 400000 ciudadanos chinos. 

La Unión Soviética tampoco se quedó atrás. De fundación más tardía (mediados de los 70), bajo la sutil denominación de Biopreparat, encubría el mayor aparato de guerra biológica en aquel país, una extensa red de funestos laboratorios secretos, cada cual especializado en un agente mortal distinto: peste bubónica, viruela, Ébola, y cómo no, carbunco.

Detengámonos por un instante en el Bacillus anthracis, el agente causal de esta última enfermedad. Las teorías conspirativas sobre la génesis artificial del virus Ébola deberían tener en mayor consideración a este bacilo capaz de reproducirse mediante esporas y de vivir en ausencia de oxígeno. A diferencia del dichoso virus, cuyo contagio exige el estrecho contacto con la sangre o las secreciones del enfermo, el Bacillus anthracis es capaz de vivir en el suelo, donde desarrolla sus esporas. 

Aunque su reservorio son los cadáveres de los animales infectados, también sobrevive en los terrenos contaminados por las heces o las secreciones de los animales afectados. De esta manera, puede infectar productos como la lana o el pienso. Además, tiene la capacidad de producir toxinas, capaces por sí mismas de provocar el envenenamiento del infectado. Sus cepas más virulentas son tan peligrosas porque son capaces de contagiar a los humanos mediante el contacto directo con los animales infectados o con sus productos (lana, pieles); pero también son vehiculados por insectos como los mosquitos, pueden penetrar por vía digestiva, al consumir carnes contaminadas, y sobre todo, por vía respiratoria tras la inhalación de sus esporas.

Mientras la humanidad entera se ha puesto en alerta para combatir la reciente epidemia de Ébola, tal vez en determinados laboratorios impenetrables alguien podría sentirse tentado en reavivar las perversidades del Escuadrón 731 o de Biopreparat. Quizás esa red de maldad todavía no tenga un nombre. Ahí siguen los cuchillos, no para matar, sino para cortar el pan.

11 octubre 2014

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL ÉBOLA



Cuando comenzamos a escribir estas líneas, el número de víctimas mortales causado por el virus Ébola en África supera ya los cuatro millares. Y no para de crecer. Mientras tanto, en España, la auxiliar Teresa Romero lucha por superar los síntomas causados por esta misma enfermedad, después de contagiarse por error o por accidente, prestando cuidados al médico misionero Manuel García Viejo. Teresa se ofreció voluntaria para ese trabajo. Admirable generosidad la suya. 

Antes de fallecer y ser incinerado, el hermano Manuel había dedicado la mayor parte de su vida a los más necesitados. A las puertas del humilde hospital de Mabesseneh, en Lunsar (Sierra Leona) los trabajadores celebran el fin de la cuarentena que durante tres semanas los mantuvo aislados, por culpa del Ébola. Desde aquellas sombrías estancias partió el religioso enfermo para nunca más volver. Siempre me han llamado la atención este tipo de historias. 

Está claro que el amor al prójimo es el motor que mueve a muchas personas de robustas creencias cuando toman una decisión de semejante calibre, partiendo hacia las tierras más lejanas para intentar auxiliar a los que nada tienen. Pero también admiro profundamente a esa otra legión de compañeros sanitarios, seglares miembros o no de organizaciones no gubernamentales, que quizás sin sentir el impulso de la devoción, un buen día envuelven en sus bártulos su sabiduría y toman exactamente la misma determinación.

El pasado 6 de octubre, navegando por Twitter, descubrí en la cuenta del polifacético Ian Bremmer, experto estadounidense en Ciencias Políticas, una viñeta harto significativa: varios ciudadanos de color padecen encamados la devastación del Ébola, rodeando un lecho en el que un enfermo de raza blanca es el único objeto de atención de los medios de comunicación. 

Sostiene Aloysius que, con esta epidemia, en Europa y Estados Unidos, estaríamos pagando el peaje por décadas de abandono y olvido de las necesidades más básicas, económicas, sociales y sanitarias, en muchos países del África Subsahariana. Pensar que, tal y como ocurrió en el pasado en Gabón, República Democrática del Congo (antiguo Zaire), Sudán y Uganda, la actual epidemia causada por el virus Ébola quedaría circunscrita a los cuatro puntos cardinales de Guinea, Liberia y Sierra Leona, ha demostrado ser una tremenda ingenuidad.


Es la hora de las conjeturas. Hemos leído todo tipo de hipótesis sobre esta enfermedad, desde las más increíbles a las más plausibles. La eutanasia practicada a Excalibur, el perro de Teresa y Javier, ha provocado encendidos debates en las redes sociales. Como en tantas ocasiones el cine, una vez más, superó la realidad.

La afamada “Pretty Woman” Julia Roberts, en un reciente papel más cercano a la realidad, el de la Dra. Brookner en la serie televisiva “The Normal Heart” (2014), que narra los albores del SIDA en la comunidad gay de Nueva York, anclada en su silla de ruedas por las secuelas de la polio, intenta consolar a uno de sus pacientes recordándole: “en el pasado, la poliomielitis mató a millares de personas; hoy en día, a nadie”.



Con la esperanza y el deseo de la recuperación de Teresa Romero, esperamos ese día, cuando el virus del Ébola ya no pueda exterminar a ninguna persona.

27 septiembre 2014

ALGO QUE VENDRÁ



Acabo de escuchar que en España, cada 5 minutos, un prójimo sufre un ictus. El desenlace no siempre es fatal. Algunos casos se recuperan completamente. Otros, la mayoría, sobrevivirán con secuelas. Los que saben de estas cosas, llevan décadas alertándonos sobre la influencia en la salud pública de las enfermedades cardiovasculares (infarto de miocardio, cardiopatía isquémica e ictus). 

El tipo 2 de la diabetes mellitus, que si no es tratado adecuadamente provoca también un deterioro inexorable de las arterias humanas, ha sido calificada como la peste del siglo XXI. Panorama sombrío, a pesar de los permanentes esfuerzos preventivos de este tipo de trastornos. 

La segunda causa general de mortalidad en los seres humanos continua siendo el cáncer, en todas sus variedades y extensiones. Pero, las enfermedades infecciosas, rivales supuestamente controlados durante el pasado siglo XX gracias a vacunas y antibióticos, resurgen, espectrales.

No vamos a incidir hoy en la magnitud de la epidemia de Ébola en África, tan remota y tan cercana a la vez, que si bien por el momento no mata a un semejante cada 5 minutos, podría alcanzar proporciones dantescas de no ser controlada. La tuberculosis, enfermedad contagiosa por antonomasia, todavía no ha sido todavía dominada. Ni mucho menos. Enfermedades bacterianas y víricas, supuestamente domadas desde hace décadas en el mundo, pueden reaparecer por el abandono de las vacunaciones, de manera consciente o no. Nos estamos refiriendo a poliomielitis, difteria, sarampión… Y qué decir de la gripe, patología nos visita anualmente, con la llegada del invierno, una bomba de relojería latente en el caso de que una mutación del virus inactive nuestras barreras sanitarias defensivas. Continuamos muriendo de SIDA, cada día más banalizado, pero también por enfermedades infecciosas de las vías respiratorias y del aparato digestivo, las temibles diarreas bacterianas y por rotavirus, que siegan la vida de millones de niños en los países del Tercer Mundo. En el África subsahariana, por ejemplo, la malaria campa a sus anchas: el 75% de su mortalidad ocurre en edades infantiles. Está causada por parásitos del género Plasmodium, transmitida por la picadura de ciertos mosquitos.

Por culpa de estos artrópodos, fundamentalmente del género Aedes, se produce la transmisión de otra enfermedad vírica incipiente, de exótico nombre: la chikungunya. Tras una fase inicial de 2 a 5 días, donde la fiebre se convierte en su síntoma principal, se desarrolla un doloroso período de afectación de las articulaciones que puede persistir semanas, meses e incluso años (12% de los casos). Desde hace unos meses se han notificado en España 162 casos de esta enfermedad (129 confirmados y 33 probables). En Galicia han sido 4 casos, 3 procedentes de República Dominicana y 1 de Angola. 

La globalización en el transporte de mercancías, el turismo de masas y la inmigración, controlada o no, harán que estas patologías cada vez nos parezcan menos lejanas. Sin lugar a dudas, la evolución de las especies, presente en los microorganismos más diminutos, hará el resto. Porque, no olvidemos, su supervivencia depende de nosotros, y la nuestra, de su extinción.

21 septiembre 2014

SACARINA Y MODAS MÉDICAS



Sostiene el censor Aloysius que el mundo de la medicina, como el de la indumentaria, está sujeto a las tendencias de la moda. Ante mi extrañeza, comenzó a bombardearme con una descarga de argumentos. Hace unas décadas, a los pacientes con colesterol elevado le estaban proscritos los pescados azules. Con el paso del tiempo, y después de la suficiente evidencia, tal tendencia experimentó un giro radical, hasta tal punto que la prestigiosa Harvard Medical School actualmente recomienda este tipo de alimento en las dietas elaboradas para disminuir los niveles de colesterol. Como escuderos de tan preciadas viandas se sitúan los frutos secos, en especial las nueces, la berenjena, la avena, una amplia variedad de frutas y la okra, una planta tropical comestible originaria de África. 

De esta sencilla manera, el olor peculiar de las sardinas fritas comenzó de nuevo a impregnar el ambiente de los patios de luces de la vecindad, y tan humilde producto de los mares recuperó su puesto de honra en nuestra escala alimentaria. El pan, la cerveza, las patatas o el chocolate, por nombrar algunos otros ejemplos de comestibles habituales, se vieron envueltos en controversias semejantes a la de los pescados azules. 

Según nuestro inefable camarada, ahora le ha tocado el turno a los edulcorantes artificiales, como la sacarina. Descubierta a finales del siglo XIX a partir del alquitrán de hulla, su uso como edulcorante no calórico se generalizó durante el pasado siglo XX. Y aunque parezca mentira, actualmente se sintetiza a partir de derivados del petróleo, como el tolueno. Desde siempre, la sacarina se ha asociado a dietas y productos bajos en calorías.

Investigadores israelíes pertenecientes al Instituto Weizmann de la Ciencia, acaban de publicar en la revista “Nature” los resultados de un trabajo en el que han relacionado el consumo de diversos edulcorantes artificiales no calóricos, aspartamo, sucralosa y la propia sacarina, con el desarrollo de intolerancia a la glucosa en ratones de laboratorio. Sin embargo, este hecho no ocurrió en aquellos animales a los que se les suministró sólo azúcar.


Como este tipo de sustancias químicas no se absorben en el intestino, la causa del trastorno pudiera explicarse por las alteraciones provocadas a nivel de la flora bacteriana local. No han tardado en surgir las voces discordantes con estos hallazgos.

Dejando a una lado las dudas que pudieran plantear la extrapolación de un estudio de investigación animal a los humanos, de cuyos ejemplos fallidos está repleta la literatura científica, el Dr. Stephen O´Rahilly, de la Universidad de Cambridge, publicó en “Diabetología” un estudio realizado con más de 300000 prójimos, sin hallar relación entre el consumo de bebidas edulcoradas artificiales y la diabetes. 

Indudablemente, un amplio y novedoso campo de investigación ha quedado abierto, pues el apasionante mundo las bacterias intestinales y su relación con nuestra salud o enfermedad apunta interesantes averiguaciones. 

Como información complementaria, el 14 de diciembre de 2010, la Agencia de Protección Ambiental de EEUU (EPA) eliminó la sacarina de su lista de sustancia peligrosas, al estimar que no representa un peligro para la salud.

12 septiembre 2014

BALAS MÁGICAS


En marzo de 2014, los trabajadores de un pequeño hospital meridional de Guinea, alertaron a las autoridades sanitarias del país y a Médicos Sin Fronteras de los primeros casos de enfermedad de Ébola. Así se desató la actual epidemia. Conocemos el principio de la historia pero veremos cuál es su desenlace final. De momento, cuando escribimos estas líneas, más de 2000 muertos en Guinea, Sierra Leona, Liberia y Nigeria. 

160 años más tarde, en marzo de 1854, en una pequeña localidad de Silesia (hoy en día Polonia), en el seno de una familia judía nació el Doctor Paul Ehrlich, eminente microbiólogo alemán galardonado con el Nobel de Medicina en 108 por sus magníficos descubrimientos e investigaciones clínicas.

Virus, bacterias, hongos, parásitos… Diminutas formas de vida que acompañan al ser humano en su tránsito por este planeta, causantes de muerte y enfermedad, pero también indispensables para la protección y conservación de nuestra salud. Para ilustrar tan especial relación, tengamos en consideración un ejemplo. Sobre un centímetro cuadrado de nuestra piel descansan alrededor de 10000 bacterias. Si penetramos en las capas más superficiales de nuestra epidermis, el número de bacterias alcanza las 50000 por centímetro cuadrado. Y si por fin alcanzamos la dermis más profunda, allí donde nacen los folículos pilosos, podríamos contar hasta 1 millón de bacterias por centímetro cuadrado.

Sin duda alguna, la flor y nata de la investigación actual trabaja contra el reloj en sus laboratorios en la procura de una vacuna o un tratamiento eficaz contra el virus de Ébola. Una de sus líneas más prometedoras intenta emplear, como balas mágicas, la propia inmunidad del paciente. Más concretamente, se están sintetizando anticuerpos capaces de bloquear la propagación del virus a partir de las células infectadas.

Sueros experimentales de este tipo han sido empleados, con suerte bien diversa, en casos muy limitados de humanos infectados por este virus letal. Así consiguieron sobrevivir los cooperantes norteamericanos Kent Brantly y Nancy Withebrol, pero no el religioso español Miguel Pajares, de edad más avanzada y con un deterioro general de su salud provocado por la concomitancia con otras patologías. El proceso de aprobación de una vacuna o un fármaco para uso en humanos debe pasar un proceso perfectamente definido, que consta de varias fases, y necesita un periodo de tiempo que se convierte en una pesada losa al tratarse de brotes epidémicos.

Viajemos en el tiempo, desde la actualidad al último cuarto del siglo XIX. Ciertas enfermedades infecciosas, como por ejemplo la difteria, aterrorizaban entonces a la humanidad tanto como el Ébola hoy en día. Humildes ratones y plantas de tabaco han servido para el desarrollo de los sueros de anticuerpos contra el Ébola. 

Ehrlich, Behring y otros pioneros emplearon esforzados garañones para elaborar los sueros antidiftéricos que tantas vidas salvaron hace décadas, cuando no existían aquellas balas mágicas que hoy llamamos antibióticos. Confiemos pues, en la fortaleza de nuestro arsenal.

06 septiembre 2014

ASHYA KING Y LA BIOÉTICA


"Un niño enfermo en el templo de Esculapio"
John William Waterhouse (1849 - 1917)
Oleo sobre lienzo. 208 x 170 cm.
Fine Art Society. Londres.

La vida evoluciona más deprisa que la ciencia y las leyes. Entonces, suele ocurrir que se desate algún conflicto, como acaba de ocurrir con el complicado caso del niño británico Ashya King, paciente temporal del Hospital Materno Infantil de Málaga. Sus padres, en total desacuerdo con la radioterapia que los médicos de Southampton pretendían aplicar a este pequeño con un tumor cerebral, decidieron llevárselo del centro hospitalario para buscar una solución alternativa. Así llegaron a España. 

Para dificultar todavía más el desenlace, Brett y Naghemeh King son testigos de Jehová, una confesión religiosa cristiana con unas particulares creencias que en algunas ocasiones colisionan con determinados tratamientos médicos, como las transfusiones de sangre, incluso con resultados dramáticos. 

Hace unos años, siendo conocedor de mi interés personal por todas aquellas cuestiones relacionadas con la Bioética, el Dr. Alex Serra Guifarro me obsequió con un ejemplar titulado “La Familia. Su Cuidado y Protección. Tratamiento médico para testigos de Jehová”. En el capítulo dedicado a las urgencias, se definen las pautas de actuación a seguir en el supuesto caso de que un médico estime necesaria una transfusión de sangre para un paciente de estas convicciones. A pesar de todo, en situaciones excepcionales, una vez agotada toda alternativa, si se considerase necesaria una intervención judicial, se debería notificar dicha intención cuanto antes al paciente, a los padres o al tutor, según la situación. 

En el caso que nos ocupa, un juzgado de Portsmouth detenta la tutela legal del pequeño Ashya, retirada a los padres por la justicia británica. De ahí la emisión de una Orden Europea de Detención y Entrega (OEDE) por parte del Reino Unido, considerando que el matrimonio King habría ejercido un delito de crueldad sobre un menor de 16 años. 

Nos planteamos una serie de cuestiones...

La primera, respecto al consentimiento informado. El Código Europeo de Ética Médica establece que, salvo en casos de urgencia, el médico debe informar al enfermo sobre los efectos posibles y las consecuencias del tratamiento, debiendo obtener el consentimiento del paciente, en especial si los actos propuestos representen un serio peligro para su integridad. En el caso de Ashya, los médicos proponían como única solución terapéutica la radiación del tumor cerebral del pequeño, mientras sus padres entendían que podrían existir otras alternativas exitosas en hospitales extranjeros. 

Al respecto, el Código Deontológico médico español, en su artículo 14, establece que en actuaciones con grave riesgo para la salud de un menor de 16 años, el médico tiene la obligación de informar siempre a los padres y obtener su consentimiento. Pero, si los representantes legales toman una decisión que, a criterio del médico, sea contraria a los intereses del representado (en este caso el niño enfermo), el médico solicitará la intervención judicial.

Un segundo interrogante se plantea sobre lo ocurrido con el derecho de rechazo al tratamiento, ejercido inicialmente por los padres tutores del menor, en base a sus creencias religiosas, cuestión ahora en manos de la justicia. 

¿La solución? En nuestra humilde opinión pasaría por respetar las creencias de la familia y permitir, si existe una razonable base científica y suficiente evidencia médica, otra opción terapéutica, que en este caso es ofertada por un centro especializado de Praga (República Checa).

22 agosto 2014

MUJERES, SEXO Y ALCOHOL


Sostiene el fatuo Aloysius que durante el disparatado reinado del emperador Calígula, un bravo tribuno en la reserva, de nombre Flacio Caio Fellatius, para recuperar su virilidad, harto de ingerir diariamente una dieta especial a base de criadillas de toro, decidió mejor dedicarse a organizar unas animadas bacanales en las que las copas de vino premiaban a las féminas más generosas en favores sexuales. 

Esta historia es tan falsa como que un buen día San Agustín sentenció “in necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas”. Pero visto lo ocurrido en algunas playas españolas, durante estas vacaciones estivales que lentamente se aproximan hacia su ocaso, la realidad una vez más supera a la ficción. 

Quizás los paisanos de Magaluf prefieran no ser recordados por sus campeonatos de felaciones o por los triples saltos mortales que algunos descerebrados realizan desde los balcones de sus hoteles a las piscinas. Es la cultura del descontrol, que desde hace tiempo ha venido para quedarse entre nosotros: prácticas sexuales de riesgo, alcohol a borbotones y turismo cutre que nos han hecho recordar la historia ficticia del tribuno Fellatius.

Y es que alguna arena de la playa de Patos también tiene mi ejemplar de “S=EX2”, el estupendo libro de Pere Estupinyá gracias al cual podemos zambullirnos en la ciencia del sexo. Sostiene este divulgador científico que el estudio de la sexualidad puede servir para aprender todavía mucho más sobre neurofisiología, anatomía, psicología, psiquiatría y sociología, por poner algunos ejemplos. Y a ello se dedican en serio muchos investigadores de prestigiosas universidades, mayormente norteamericanas. 

Menciona Estupinyá en su obra una profusa revisión bibliográfica científica publicada en 2011, en la que investigadores de la Universidad de Washington y del Instituto Kinsey concluyeron que después de tomar cantidades moderadas de alcohol, la lubricación y el flujo sanguíneo vaginal de las mujeres disminuyen. Sin embargo, fueron mayoritarios otros estudios revelando que la ingesta etílica incrementa la percepción subjetiva de la excitación sexual femenina. A pesar de todo, los escépticos siguen discrepando de estas asépticas investigaciones de laboratorio, pues la realidad es otra cosa bien distinta, según el caso, según la situación. 

Con anterioridad, varios investigadores de estos mismos equipos habían realizado estudios similares con varones jóvenes. Describieron que dosis etílicas moderadas no solían interferir el mecanismo de la erección, pero que grandes cantidades de alcohol representan un seguro garante para los problemas de la turgencia sexual.

A la moda del slimming, tampones mojados en alcohol preparados para emborracharse a mayor velocidad por vía vaginal o anal, y a la instilación de diferentes bebidas alcohólicas como si fueran colirios, hay que añadir ahora una nueva costumbre, el mamading, que tanto deleite provocaría al tribuno Flacio Caio Fellatius, e incluso, al mismísimo emperador Calígula. Y si no me creen, repasen la filmografía del cineasta milanés Tinto Brass.

15 agosto 2014

EL VIRUS PERFECTO


En el año 2000 se estrenó en la gran pantalla “La tormenta perfecta”, la adaptación cinematográfica de la novela homónima del escritor Sebastian Junger. El cineasta alemán Wolfgang Petersen eligió al carismático George Clooney para encarnar al capitán Billy Thyne, un esforzado patrón de pesca que no dudó en arriesgar su propia vida y la de su tripulación intentando retornar con su navío a puerto. A pesar de la dilatada y exitosa carrera del galán norteamericano, nadie niega el punto de inflexión que en la misma representó su interpretación del pediatra Dr. Doug Ross, en la galardonada serie televisiva “Urgencias”. 

Una vez más el cine, fuente de vocaciones médicas. Hoy, parafraseando el título de aquella película, el brote epidémico de enfermedad de Ébola que a estas alturas ya ha hecho sucumbir a un millar de prójimos en varios países africanos podría representar para la sanidad actual el problema perfecto, causado por el virus perfecto. Sostiene el sapiente Aloysius que las ciencias del siglo XXI solamente han identificado al 1% de todos los microorganismos existentes en nuestro planeta. Y eso porque la enorme mayoría de éstos resulta patógena para el ser humano o los animales domésticos.

¿Por qué el virus Ébola puede representar un tremendo problema sanitario? 

En primer lugar, aunque parezca una obviedad, por tratarse precisamente  de un virus. Poco a poco la medicina ha ido desarrollando diferentes antibióticos contra las bacterias y otros microorganismos patógenos. La irrupción de ciertos virus, como el asociado a la inmunodeficiencia humana (VIH) en la década de los años 80, puso de manifiesto las enormes dificultades de los sistemas sanitarios para encontrar vacunas y fármacos eficaces frente a los mismos. Otro tanto podríamos especular respecto a la limitada pandemia de gripe A (H1N1) entre 2009 y 2010. 

En segundo lugar, el período de incubación de la infección Ébola es variable, si bien existen casos en los que puede alcanzar las 3 semanas. Esto implica que muchas personas infectadas todavía no enfermas, pueden diseminar ampliamente el virus dentro de la comunidad. Si a esta particular circunstancia añadimos la globalización, la superpoblación de las grandes urbes y la celeridad de los medios de transporte, sobran casi las explicaciones. 

En tercer lugar, el virus se transmite por contacto directo con fluidos corporales: sangre, saliva, orina, sudor y vómitos. Las condiciones de hacinamiento y de escasa higiene multiplican el riesgo de esta infección, tal y como ocurrió durante aquellas grandes plagas que diezmaron la población europea en la Edad Media. La letalidad del Ébola es rápida y extensa. Durante el brote de 1976 fallecieron alrededor del 90% de los infectados. 

Por último, su comienzo abrupto, con cefalea, fiebre elevada, dolores musculares intensos y la aparición posterior de graves hemorragias obligan a un intenso despliegue de medios destinados al precoz tratamiento sintomático de los enfermos. 

El capitán Billy Thyne nunca consiguió arribar con el “Andrea Gale” al puerto de Gloucester. Nosotros aguardamos impacientes el remedio que despeje los fatídicos negros nubarrones esparcidos por el Ébola en la singladura del ser humano sobre este maravilloso planeta.