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12 febrero 2008

LA MUERTE INDOLORA


La primavera de este año dispuesta ha enviado sus heraldos a Auriavella: mediodías calurosos, azulados cielos despejados, parejitas en los parques y la Rua do Paseo en plena efervescencia de paseantes y parroquianos. Mientras Moncho Conde Corbal se sumerge absorto en la lectura de un libro, a su lado han volado dos patos silvestres para posar sus plumas en el frescor acuático de la fuente del Parque de San Lázaro.


Son dos ánades reales: un macho, más corpulento y con la típica cabeza verde azulada, y una hembra, más diminuta, con la pata izquierda magullada. A las cinco de la tarde, hora taurina, fugaz, poética, lorquiana, británicamente puntuales los chorros de la fuente comenzaron a vomitar agua. Los palmípedos enamorados partieron en la procura de mejores horizontes.

Como pájaros en busca de nido planean también las ideas sobre la vida y sobre la muerte, a veces adornadas con vistosos plumajes irisados, otras veces aventando con sus alas sombríos presagios. En los prósperos Estados Unidos de Norteamérica, mientras pugnan candidatos innovadores a la presidencia de la nación en el bando demócrata (¡por fin, una señora y un caballero de color!), en Nebraska las autoridades competentes han decidido jubilar la silla eléctrica como sistema administrador de la pena capital. Dicen que se trata de una manera cruel y dolorosa de aplicar la muerte. No cabe duda. Era el último estado que la mantenía en funcionamiento.
En 1982, Bruce Springsteen bautizó con su nombre su disco más intimista.


Haciendo un poco de historia, el primer ejecutado en la silla eléctrica fue William Kemmler, condenado a muerte por asesinar a su pareja con un hacha. Los abogados del reo apelaron ante el sadismo del castigo. Dicen que el desafortunado criminal tardó en morir más de un minuto, retorciéndose y gimiendo, pegando botes, y echando humo por la cabeza como una chimenea, todo ello en medio de una sala que atufaba a carne quemada. Corría el 6 de agosto de 1890. El 12 de septiembre de 2007, en el estado de Tennessee dejó de existir el último ajusticiado por este sistema. Se llamaba Daryl Holton, un veterano de la Guerra del Golfo que había asesinado a tiros a sus 4 hijos en un taller mecánico. Curiosamente, él mismo eligió el método, una vieja silla eléctrica que criaba telarañas desde 1960. Con dos bemoles.

Pero, ¿existen en realidad métodos indoloros para aniquilar a un convicto? Doloroso debe ser que te suspendan por el cuello, mientras se quiebran tus cervicales y la presión en la garganta te ahoga hasta que la lengua te queda colgando como un guiñapo. Lacerante debe resultar que un pelotón de fusilamiento te acribille a balazos. Y así podemos seguir haciendo volar nuestra imaginación con el garrote vil, la decapitación, la lapidación…; todavía se debate en los EEUU si la inyección de la mezcla letal de tiopental sódico, bromuro de pancuronio y cloruro potásico provoca o no sufrimiento al condenado, que pierde el conocimiento mientras se asfixia con el diafragma paralizado y el corazón progresivamente se le va parando. Ante la duda, mejor no ejecutar. Más sencillo. Menos doloroso.

1 comentario:

alberto dijo...

Una vez más me sorprendes grátamente Aloysius; para gente como tú imagino que el secreto está en la hora 25.