CREA, INVENTA, IMAGINA... ¡NO COPIES!

Protected by Copyscape DMCA Takedown Notice Violation Search

13 octubre 2026

LA PESTE NEUMÓNICA


Hace unos años descubrí una excelente novela del escritor francés Patrick Deville. “Peste & Colera” es la biografía novelada del eminente bacteriólogo Alexandre Yersin (1863-1943), que en 1894 descubrió el bacilo de la peste, una enfermedad que durante siglos aterrorizó a la humanidad, llegando a ser considerada una amenaza real de nuestra extinción en este planeta.

En honor de este sabio aventurero investigador suizo, la bacteria pasó a denominarse Yersinia pestis. Hoy traemos a colación este descubrimiento ante las recientes e inquietantes noticias procedentes de Siberia, donde la muerte de una investigadora en un laboratorio de alta seguridad de Irkust (Rusia) ha despertado los fantasmas de una plaga histórica.

De momento, las autoridades sanitarias recomiendan prudencia. En estas cuestiones no existen peores enemigos que la desinformación y el alarmismo. Ahora es el momento de la vigilancia epidemiológica.

Y es que indefectiblemente la peste pertenece al imaginario de las grandes catástrofes sanitarias, el de las epidemias que durante siglos diezmaron poblaciones enteras, cambiando incluso en curso de la historia.

Este enfermedad continúa presente en algunas regiones del mundo, y todos los años se registran casos localizados. En estas zonas endémicas la bacteria sobrevive en pequeñas poblaciones de mamíferos cuyas pulgas pueden picar a los seres humanos, como por ejemplo en Madagascar y la República Democrática del Congo, que entre ambos países concentraron el 98% de los casos declarados a nivel mundial entre 2019 y 2025; pero también en Perú, el Oeste de los EEUU y Asia central y oriental, en países como China y Mongolia.

En el caso concreto de la mujer rusa, su fallecimiento se produjo tras el padecimiento de una neumonía grave de origen desconocido y de evolución rápida, como ocurre con la peste neumónica.

Yersinia pestis es la causa de las dos formas mortales de la peste. Por una parte, la neumónica, que afecta a los pulmones y cursa con fiebre, escalofríos, tos, cefalea, dolor torácico y dificultad para respirar. Se transmite por a través del aire mediante el contacto con las personas infectadas. Sin el tratamiento antibiótico inmediato, afortunadamente efectivo, puede matar al enfermo en poco tiempo.

La otra presentación es la peste bubónica, que afecta principalmente a los ganglios linfáticos. Éstos se inflaman y se transforman en bultos dolorosos y supurantes denominados bubones. La transmisión se produce a través de la picadura de pulgas infectadas, y para propagarse entre personas debe evolucionar a la forma neumónica.

En nuestro interconectado mundo, la prevención depende de detectar rápidamente los casos sospechosos, garantizar la seguridad de los laboratorios y compartir información sanitaria fiable.

Afortunadamente, la peste neumónica no representa una amenaza comparable a las grandes epidemias del pasado, pero tampoco debemos subestimarla. La ciencia dispone de herramientas potentes y eficaces; la transparencia y la rapidez siguen siendo esenciales para neutralizarla a tiempo.



18 abril 2026

LA GRANJA DE CADÁVERES


Hace unos años me tocó viajar diariamente por carretera a Santiago de Compostela. En un punto indeterminado de la N-525, abandonado en la cuneta, permaneció demasiado tiempo el cadáver de un pequeño perro. Durante ese tiempo, por unos instantes de cada mañana, me convertí en fedatario de su progresiva descomposición. Hasta que finalmente no quedó ni rastro de él. 

Hace apenas unos días me han hecho llegar cierta información sobre un granja de cadáveres en las afueras de Lausana, apartada del ruido y de la curiosidad del público, en un pequeño terreno vallado que nada tiene que ver con un camposanto. En ese discreto espacio, un grupo de científicos del Swiss Institute of Forensic Taphnomy (SHIFT) estudia el proceso de descomposición de los cadáveres intentando aportar soluciones para los cementerios del siglo XXI. Y es que el crecimiento de las ciudades esta provocando escasez de espacio para los enterramientos. 

El impacto ambiental de algunas prácticas funerarias tradicionales nos está obligando a repensar que hacemos con nuestros muertos. Y aquí entra en liza la tafonomía, disciplina que estudia precisamente la descomposición de los cuerpos. En este peculiar laboratorio suizo al aire libre, los investigadores analizan la influencia de factores como el clima, el tipo de suelo, los insectos y la fauna en la putrefacción cadavérica. 

Estos datos, desprovistos de cualquier morbo, podrán también ayudar a jueces y forenses. Hasta aquí todo comprensible. Pero el proyecto helvético avanza un paso más allá al estudiar el llamado compostaje humano, proceso mediante el cuál un cuerpo sin vida se transforma en materia orgánica en aproximadamente 9 meses. Esta idea, tal vez un poco radical, enlaza con la creciente sensibilidad para reducir la huella ecológica humana, en este caso incluso después de la muerte. 

Frente a los entierros tradicionales, ocupantes de espacio durante varias décadas, frente a las cremaciones que necesitan altos consumos energéticos, el compostaje propone un retorno controlado a la naturaleza. En lugar de convertirnos en el polvo bíblico, lo haríamos literalmente en terrenos fértiles, cerrando el ciclo de la vida de una manera más sostenible. 

Pero ¿realmente estamos preparados para este tipo de propuestas? No debemos olvidar que nuestra sociedad está profundamente arraigada en tradiciones, ceremonias, creencias y rituales relacionados con la muerte. Todo lo que suponga modificarlas excederá los límites de la ciencia. En el pequeño bosque suizo están estudiando también nuestras costumbres y resistencias, nuestra forma de entender el final de la vida. 

Sostiene Aloysius que los cementerios del futuro no se parecerán a los de hoy, quizás extensas frondosas superficies boscosas abonadas con los que un día nos creímos ser los reyes del universo. 







31 enero 2026

BOBO, EL MUÑECO


Sostiene Aloysius que en 1961, el psicólogo estadounidense Albert Bandura realizó un experimento que cambiaría radicalmente la forma de entender el aprendizaje humano. Se conoce como el experimento del muñeco Bobo. 

Este investigador demostró cómo los niños podían aprender conductas agresivas simplemente observando a otros, sin necesidad de recibir castigos ni recompensas. 

Bandura trabajó con pequeños de entre tres y seis años, divididos en tres grupos. Unos contemplaron a un adulto agredir física y verbalmente a un muñeco inflable llamado Bobo. Otros observaron a otro adulto jugando de forma pacífica con el muñeco. Y el tercer grupo no fue expuesto a ningún modelo. Después, todos los niños fueron colocados en una sala con juguetes, incluyendo al propio muñeco Bobo, para evaluar su comportamiento. 

Los resultados fueron contundentes. Los niños que habían visto la agresión imitaron la conducta del adulto: golpearon, patearon y lanzaron al muñeco, incluso repitiendo algunas frases que habían escuchado. Por el contrario, los niños que no habían presenciado violencia mostraron muy poca agresividad. Bandura concluyó que la observación directa puede generar aprendizaje, especialmente si el modelo es una figura de autoridad o es recompensado por su conducta. 

Este hallazgo dio origen a la teoría del aprendizaje social, que sostiene que gran parte de la conducta humana se forma mediante la imitación y la observación. Lo que vemos puede influirnos, muchas veces incluso más que lo que nos dicen. 

Hoy en día, en un mundo saturado de imágenes, videojuegos y redes sociales, el experimento del muñeco Bobo sigue siendo relevante, puesto que los niños aprenden a partir de lo que ven, y reproducen patrones de comportamiento que observan en su entorno. 

El legado de Bandura va más allá del estudio de la violencia. Nos recuerda que los adultos somos modelos permanentes y que la socialización no depende solo de reglas o castigos, sino también de lo que demostramos con nuestro ejemplo. Y es que los mensajes no siempre se transmiten con palabras. A veces basta con observar para aprender. 

En una sociedad saturada de estímulos, recordemos que la observación moldea comportamientos. Desde su bobalicona candidez, el muñeco Bobo sigue recordándonos que los niños aprenden lo que ven y que los modelos que elegimos para ellos pueden tener un impacto profundo y duradero. 

Al fin y al cabo, continuamos siendo primates. Y ya saben: monkey see, monkey do.