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06 julio 2012

LA DECISIÓN DE SOPHIE



Alan J. Pakula dirigió en 1982 a Meryl Streep, Kevin Kline y Peter MacNicol en la taquillera película inspirada en la novela homónima del escritor William Styron. Es la historia de una mujer torturada por una terrible decisión tomada en su pasado, transformada en un doloroso estigma, un cruel tormento para el resto de sus días. Elegir entre el matrimonio con un amante o con otro; elegir entre salvar la vida de un hijo u otro. 

Esta semana, la lectura de un artículo que me ha remitido el indeciso Aloysius ha evocado mi recuerdo de aquel film en el que Meryl Streep fue galardonada con el Óscar a la mejor actriz protagonista. Y es que, a pesar que pensemos lo contrario, los procesos neurológicos que intervienen en nuestra toma de decisiones son de tipo irracional en la mayoría de las ocasiones, enormemente influenciados por la competencia entre determinadas áreas de nuestro cerebro.

Al parecer, decidir es un proceso altamente complicado en el que intervienen zonas cerebrales incluso contrapuestas. Vayamos por partes. Para algunos investigadores, la evolución humana se debe precisamente al singular desarrollo de la corteza frontal, el centro de control del pensamiento analítico, de nuestra razón. Platón comparaba las pasiones y emociones humanas con caballos desbocados que el auriga (la razón) debía domesticar y mantener a raya. Si embargo, al gran Pascal se le atribuye el dicho de que el corazón atiende a razones que la razón desconoce. ¿Quién tiene entonces la razón, ambos, ninguno?

Este complejo mecanismo neurológico es el mismo que empleamos al elegir un postre de una carta como a la hora de decantarnos por un candidato en unas elecciones. La corteza frontal está implicada en el control de las emociones; es el cerebro ejecutivo de Golberg, el director de orquesta. Los síntomas provocados por las lesiones de este áraa cerebral se conocen desde la antigüedad: apatía e indiferencia, retardo mental y motriz, pérdida de la iniciativa, déficit emocional, pérdida de la autocrítica y conductas descontroladas socialmente inadecuadas. Pero, para complicarlo todo, resulta que solamente prestamos atención a lo que nos interesa, transformando en ruido de fondo todo lo demás. Sostiene Johan Leher que silenciamos nuestra “disonancia cognitiva mediante la ignorancia autoimpuesta”, y esto vale tanto para los forofos de un equipo de fútbol como para los fanáticos de cualquier religión o corriente política.

Pero el profesor Philip Tetlock, de la Universidad de Berkeley (California), insiste en que este mecanismo de defensa que salvaguarda nuestras cogniciones también es empleado por los especialistas en evaluar la evidencia. Los verdaderos expertos no rechazan los datos disonantes, sino que los incorporan a su proceso cognitivo, aceptando y aprendiendo de sus errores en tiempo real.

Apliquen ahora este cuento a las agencias de calificación crediticias, a los amamantadores de la prima de riesgo, a los augures apocalípticos de la economía mundial y se asombrarán tanto como lo hizo el profesor Tetlock con sus experimentos: un chimpancé, apretando un botón al azar, superaba las predicciones políticas y financieras de un selecto grupo de 284 expertos. Entonces, será mejor que decida Sophie… o la Mona Chita.


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