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18 marzo 2017

PRIMUN NON NOCERE


Pero también en sentido recíproco. La máxima que rige el comportamiento de los profesionales sanitarios podría estarse convirtiendo en una señal de alerta,  una potente baliza que centellea en la penumbra de ese proceloso océano que es la vida cotidiana. 

Lo primero es no hacer daño al paciente, pero tampoco al médico. Y es que durante el año 2015 los ataques a los facultativos se incrementaron un 5%. En el 2016 estas cifras alcanzaron un 37%, casi 500, más de una cada día. Son datos de la Organización Médico Colegial (OMC), que el pasado 16 de marzo solemnizaba una particular jornada contra esta lacra social. 

¿Por qué es habitual un comportamiento tan deleznable? Cuando comencé a ejercer la medicina recuerdo este tipo de incidentes como algo anecdótico, noticias más bien propias de un diario de sucesos protagonizadas por alguien que había perdido el juicio o por algún criminal. Hasta en las guerras se identificaba a los sanitarios con distintivos especiales para ser respetados por los contendientes. Hoy en día, por desgracia, los hospitales de campaña son objetivos prioritarios. La mayoría de estas agresiones se producen en centros públicos. Los agresores no suelen ser pacientes, sino sus familiares y acompañantes. Los lugares más conflictivos son los centros de salud (más de la mitad de los casos) y los servicios de urgencias. Y una vez más, como en tantas otras ocasiones, las mujeres son las víctimas más frecuentes de este tipo de embestidas. Y cuando hablamos de agresión no solo nos estamos refiriendo a los golpes y a las heridas, sino también a los insultos y a las amenazas.

Los expertos apuntan a la saturación de las consultas como un peligroso caldo de cultivo para este tipo de comportamientos. Porque la paciencia y la educación no se recetan, ni en cápsulas ni en inyectables. Si presumimos con razón de gozar de uno de los mejores sistemas sanitarios públicos del mundo, resulta fácil de atender que la mayoría de los ciudadanos acudan a sus puertas demandando atención. Y cuando los solicitantes son demasiados, deberán entender por qué hacen cola mientras los profesionales intentan priorizar quién debe ser atendido en primer lugar, según la emergencia y la gravedad. Aquí la cultura de la inmediatez es neutralizada por la adecuación de la praxis profesional. 

Pero ¿nos encontramos ante un fenómeno específico? Algunos entendemos que aunque tiene características concretas y especiales, podríamos estar ante un episodio más de la violencia generalizada enraizada en nuestra sociedad: violencia machista, acoso escolar, agresiones racistas, xenófobas y homófobas, violencia radical política (de un color y del contrario), pederastia, rebelión contra la autoridad, legitimación del atropello como un método para conseguir nuestros objetivos, deshumanización social, intolerancia, crueldad contra los animales, etc.  Los que saben mucho de esto, como además son médicos, como remedio prescriben más empatía, humildad y atención. Mientras nuestra sociedad toma nota, intentaremos hacerles caso.