"Recuerdo lo que no quisiera recordar, y en cambio no puedo olvidar lo que quisiera dar al olvido..." MARCO TULIO CICERON. Y todo esto es así porque los dioses no conocen la memoria y los hombres son capaces de convertir el destino en recuerdo...
A mediodía, la ciudad festiva todavía se despereza mientras la luz láctea planea sobre el parque. De pronto, las palomas y las gaviotas se quedan petrificadas, mirando todas en la misma dirección. Sólo tres o cuatro ladroncillos gorriones hurtan unas migajas de pan, moviéndose veloces entre tanto gigante alado inmóvil. Los plátanos de Indias desnudan su pudor invernal y una pareja solitaria se abraza y se besa sentados en un banco. Arropados con sus bufandas tricolores se defienden del aire fresco; por momentos se convierten en los Pablo y Virginia de Bernardino de Saint Pierre; él le susurra al oído: "te amo - eres mi verdadera media naranja".
Bebiendo de las fuentes de Wittgestein, hay quien todavía piensa que el mundo se encuentra conceptualizado a base de estereotipos. ¿Quién le cuenta a este enamorado que su media naranja tal vez pudo haber sido la mujer de 70 años que dentro de media hora sacará a pasear a sus perros en ese mismo parque?; ¿o la desconocida que se cruzó un día con Baudelaire por las calles de París?; ¿o una mulata que en ese mismo instante dormita en La Habana envuelta en el perezoso aroma de un secadero de hojas del tabaco?; ¿o esa niña que nacerá dentro de 300 años en el delta del Mekong o en una colonia espacial de Marte?...
Mientras tanto algunos seguimos enamorándonos de los estereotipos femeninos que nos meten por los ojos desde las pantallas de televisión o desde las revistas de papel couché: ¿son ellas realmente como son o son para nosotros como en realidad las vemos?.
Dentro de mis muchas medias naranjas están la mestiza belleza eslava de Ornella Muti, a finales de los 70, la frígida madurez de Catherine Deneuve, el fuego abrasador de Ava Gadner en "La noche de la iguana"... ¿y qué decir también del debut de la hoy asaz edulcorada Jeniffer López?.
Una belleza retratada por William MacGregor Paxton
Mucho me complace la lectura de Juan José Millás. En una de sus últimas colaboraciones afirmaba: "los médicos dicen - mi paciente ha hecho un infarto - o - una úlcera de estómago - como si las úlceras y los infartos pertenecieran al ámbito de la voluntad. Y quizás sea así, aunque no de la voluntad consciente, porque hay más de una, incluso más de dos"...
Los modernos epidemiólogos estudiosos de las enfermedades prevenibles (o previsibles), por ejemplo la diabetes mellitus tipo II, la obesidad, la insuficiencia renal crónica de los hipertensos o las enfermedades cardiovasculares, creen a pies juntillas en el dogma de que los pacientes hacen enfermedades.
¿Depende de la voluntad del enfermo el propio hecho de enfermar en estas situaciones?. De otra manera, ¿está siendo útil la información médica para prevenir la aparición y desarrollo de ciertas enfermedades?. Siguiendo a Lalonde, la mayoría de la patología humana deriva de hábitos de vida poco saludables.
Me pregunto: ¿realmente los pacientes hacen enfermedades o son las enfermedades las que hacen a los pacientes?. Seguro que Crónicus es capaz de iluminar mis vacilaciones.
Oleo sobre lienzo, siglo XVI. Palacio Pitti - Florencia
Me he estado comunicando con Crónicus y estoy tratando de convencerlo de que no es Terence Stamp en "El Coleccionista". No resulta muy saludable andar por ahí viendo el rostro de Samantha Eggar en todas y cada una de las féminas con las que uno se cruza a diario.
¿Se imaginan a un tipo poseedor de una gran caja de madera, con una tapa de cristal translúcido y forrada de terciopelo granate, en la que va clavando uno por uno con finos alfileres plateados los cadáveres de las mariposas que afanosamente persigue y caza?.
Que tenga mucho cuidado, porque las mariposas están afilando sus alas...; al fondo del pasillo está sonando "The Butterfly Collector" de The Jam.
Somos la hez de la tierra. Todos los alérgicos nos tienen manía porque los médicos nos apuntan con su dedo acusador. Encima llenan todos esos libros suyos con fotografías nuestras horribles, hechas con microscopios electrónicos, que nos sacan tan poco favorecidos, como si fuésemos unos bichos raros o unas criaturas de otro planeta. Nadie nos quiere. No sabemos si nos tienen más manía a nosotros o a las moscas.
Somos inofensivos para el ser humano. No transmitimos infecciones. La culpa la tienen nuestras cacas (o por lo menos eso dicen). Alguien tiene que descubrir un sistema para que podamos eliminar nuestros residuos sin hacerle daño a nadie. Además somos pequeños artrópodos; si tuviésemos el tamaño de nuestra parientes las arañas otro gallo cantaría.
Tenemos mala fama; nos alimentamos de las escamas que se desprenden de la piel del hombre y de los animales. Cuentan por ahí nuestros mayores que algunos de nosotros vamos a colonizar el espacio. Unos compañeros consiguieron colarse en el material acolchado que recubre una nave espacial. Los astronautas, cuando se desnudan, dejan caer al suelo finas escamas de su piel.
A media mañana, cuando ya se han despertado las palomas y afanosas comienzan a buscar su sustento por los jardines, un parroquiano entra en su cafetería habitual, elige un asiento cómodo en la barra y coge el ejemplar de un diario para ojearlo relajadamente. Inclinando la barbilla hacia delante llama la atención del camarero, que con gesto solícito coloca una taza debajo del chorro humeante del café de la máquina; ventajas del lenguaje no verbal, el muchacho conoce de antemano las preferencias de su cliente: un café solo largo, con unas gotitas de coñac y una faria. Otro asiduo de la cafetería le ofrece un cigarrillo al chico: “Lo siento – contestó – no puedo fumar en mi lugar de trabajo”; y perdiéndose entre el humo del tabaco de la clientela el camarero salió a la calle a echarse el cigarrito de mediodía.
En Irlanda, donde la ley antitabaco impide fumar en cualquier lugar de trabajo (incluyendo los bares, las cafeterías, los restaurantes y los pub) se estima que cada año morirán 13 trabajadores de la hostelería menos debido a los efectos perniciosos del hábito tabáquico.
En España, por el contrario, mientras los clientes pueden fumar en la mayoría de los locales de menos de 100 m2, los empleados fumadores deben abstenerse de hacerlo. Con nuestra ley, los pequeños hosteleros se han decantado en un 90% de las ocasiones por la permisividad. No aceptan ser el chivo expiatorio que pague las consecuencias de la prohibición, arriesgándose a ver mermados sus ingresos o a tener que enviar a algunos de sus trabajadores al paro. Con la aplicación de la nueva ley, la Federación Española de Hostelería y Restauración (FEHR) estima una caída del 8% en las ventas del sector, lo que traducen en la pérdida de unos 20000 puestos de trabajo y un quebranto económico cercano a los 1600 millones de euros anuales.
Al atardecer, un niño de 10 años que juega en un parque con sus amigos se acerca al bar de siempre para comprarse un “donut”. La camarera le indica amablemente que ese local permite el consumo de tabaco en su interior y que los menores no pueden entrar si no van acompañados por un adulto. Transcurrido un minuto el niño franquea la puerta de nuevo, pero esta vez junto a su padre; mientras papá se echa un pitillo y se toma una caña el niño se come tranquilamente su golosina.
Al anochecer, el empresario dueño de una fábrica de bolsas de plástico se desespera porque algunos de sus trabajadores han salido varias veces a la calle para fumar; delante de la puerta del negocio se acumulan montones de colillas. Los no fumadores protestan mucho, porque ellos no pueden abandonar la cadena de producción.
Estoy intrigado sobre la posibilidad de dejar de fumar viendo un programa de televisión o enviando un SMS. Me pregunto: ¿serán algún día más caras las multas por fumarse un cigarrillo o un canuto en el puesto de trabajo?.
Hasta aquí lo anecdótico. Cualquier medida legislativa que se toma en un estado para reducir el efecto negativo sobre la salud de sus ciudadanos ha de ser bienvenida. Sin embargo se echa de menos en nuestra ley nacional esa impronta de bondad que deje bien claro que pretendemos luchar contra una hábito no saludable, no contra los fumadores, que podrían además sentirse estigmatizados.
Habrá que esperar al desarrollo necesariamente homogéneo de la ley en cada comunidad autónoma, primando la creación de unidades especializadas de deshabituación, por ser el tabaquismo una dependencia y no un vicio, con las medidas terapéuticas necesarias contempladas dentro de las prestaciones sanitarias de nuestra sanidad pública. Al respecto, opino lo contrario que el Sr. Rubalcaba del PSOE (por cierto, químico de profesión y ex - fumador) pues el tratamiento de deshabituación tabáquica se limita a algo más que a simples chiclecitos para dejar de fumar. A veces, como a The Platters, el humo ciega nuestros ojos.
EGON SHIELE: Desnudo masculino sentado (autorretrato). 1910. Oleo y guache. Colección Rudolph Leopold - Viena.
Transcurridos la Nochebuena y el día de Navidad, rebasado además el día de los Santos Inocentes, gracias al frío invernal algunos políticos han vuelto a poner de moda los jerséis de cuello “Manix” como si de un revival de los 70 se tratase, finas prendas de vestir que nuestras madres nos compraban entonces como de "cuello cisne" y en colores sufriditos, si podía ser.
Pero además este período hibernal trae colgando de su gélida cola una serie de pérdidas humanas que en las estadísticas computan como víctimas colaterales de una meteorología adversa. Me refiero a los llamados “sin techo” ("the homeless" en la mucho más precisa lengua de Shakespeare) y me llama la atención que el perfil de estas personas ha cambiado desde hace un tiempo a esta parte, siendo cada vez más jóvenes (38 años de media), contando con estudios e incluso un 11% de ellos con empleo. Atrás queda la imagen del vagabundo estándar, anciano y desastrado, tocado con greñas y pegado a un cartón de vino barato.
Recuerdo que al año pasado, coincidiendo también con el más crudo invierno, apareció el cadáver de un menesteroso en un cajero automático de mi ciudad. Se llamaba VICENTE y padecía un SIDA terminal. Este año no iba a ser menos y ahora vez le ha tocado a otro indigente, esta vez dormido para siempre en la antigua estación ferroviaria de San Francisco. Y mientras toda esta desgracia ocurre, unos desalmados la emprendieron en Barcelona con una mendiga que se refugiaba en otro cajero bancario, solo que esta vez la pobre no murió congelada sino abrasada por el líquido inflamable que antes de prenderle fuego habían derramado sobre ella. Estos criminales dicen que se les fue la mano; yo más bien creo que son un denigrante ejemplo de los tiempos turbulentos que nos ha tocado vivir.
Como en otras ocasiones, la ficción es rebasada por la cruda realidad. Un Papá Noel disfrazado de Santa Claus me ha regalado este año un libro que glosa las 1001 películas que uno debería ver antes de morirse. Tengo que consultar si entre las mismas viene “La Naranja Mecánica” de Stanley Kubrick. Me queda la duda si aquellas bestias pardas de la Ciudad Condal la vieron también y me sobrecoge la capacidad de predicción que en los años 70 tuvieron tanto Kubrick como el escritor Anthony Burgess, autor de la novela original.
Como bálsamo ante tanta vileza me han invitado al cine: estamos dudando entre la reciente versión de “Oliver Twist” filmada por Roman Polanski o “¡Qué bello es vivir!” de FrankCapra (¡seguro que la dan en la tele!). Pero mientras escribo estas líneas me he enterado de la pérdida de otro de los sin techo de Ourense. Su nombre era JUAN y acostumbraba a pasear su delgadez extrema por la calle de Santo Domingo, pidiendo unas moneditas o vendiendo unas toscas pulseras de bisutería de cuero. En verano, al atardecer, se dejaba caer por las terrazas de la Praza do Ferro tocando la flauta con el aire que costosamente salía de sus pulmones. Para concluir, hoy no hay citas rimbombantes; tan sólo las palabras de una anónima pordiosera aseverando que a los viejos y pobres se les cae todo, hasta el apellido.
Así se llama el galgo de Los Simpson: una joyita de perro (travieso, vago y torpe, como sus dueños). Homer y Bart lo recogieron de la calle en Navidad, pues había sido expulsado del Galgódromo de Springfield. Esta historia tiene dos finales, uno triste y otro feliz. Primero el triste: durante un episodio de la serie este chucho se convirtió en el guardián del odioso Sr. Burns. Ahora el final feliz: una vez regresó al canódromo y se enamoró de una perra que corría en ese momento. Tuvieron 25 cachorros. Colorín, colorado, un cuento repetido y continuado.
Otra historia canina navideña: faltando una semana para Nochebuena, encontré una perra aparentemente abandonada en el aparcamiento de una gran superficie comercial. Corría de un lado para otro angustiada, con gran riesgo de resultar atropellada. Al llamarla acudió mansamente a mis pies. La metí en el coché y se acurrucó en un rincón. Pasó casi todo el fin de semana tumbada sobre un cojín. Silenciosa, la sentía gimotear cuando yo tenía que salir a la calle. Está muy bien adiestrada y es tremendamente cariñosa. Hoy fui con ella al veterinario. Tiene un microchip y su dueña ha sido localizada. La muchacha había empapelado su barrio con carteles reclamando información sobre su mascota. La perrita tiene unos 8 años, se llama Gilda y es de raza Teckel. Cuando te mira inclina la cabeza hacia su lado izquierdo porque en el pasado sufrió un traumatismo cefálico que le dejó una epilepsia como secuela. Resultó muy emocionante asistir al reencuentro de ambas amigas. Colorín, colorado.
A las 2 de la tarde, con una temperatura en el interior del almacén de frutas de 6 grados centígrados, una Pholcus phalangioides que pende del techo me hace señas con una de sus 8 patas. Cuesta orinar con tanto frío y pienso en Azarías aliviándose en los gélidos campos de Extremadura y en las cremas de urea, que son muy buenas para las grietas de las manos - "Me las meo para que no me se corten" - decía aquel cretino mientras se la sacudía. Cuando volví a mirar a la araña, había desaparecido.
"Casa tomada", escribió Cortázar. Tengo mi casa tomada por las hormigas; es como si hubieran presentido mi marcha y acuden todas en procesión para despedirse. La otra noche una valiente descendió por mi brazo provocándome un cosquilleo - un hormigueo, que diría el experto. Al amanecer busqué el insecticida; sólo tenía matamoscas. Cuando abrió la droguería compré el más potente hormiguicida. Al regresar a mi habitación las hormigas habían desaparecido.
- El Dr. Eficiente y su equipo les dan la bienvenida a este Centro de Salud...
- La duración aproximada de la consulta será de 4 horas y media...
- Les corresponde a cada uno de ustedes un tiempo medio de asistencia de 5 minutos...
- Este centro dispone de cuatro salidas... (¡a su vez también son entradas!); para su comodidad les rogamos no provoquen aglomeraciones...
- Para más información les rogamos consulten los carteles y los folletos repartidos por las mesas...
Dijo un día Michael Peckman: "el médico puede llegar a resultar tan remoto para sus pacientes como el piloto que tripula un avión de líneas aéreas para sus pasajeros: todos reconocen su liderazgo y aceptan someterse a sus decisiones, pero nadie lo conoce".
No lo tengo yo tan claro como Peckman (¿todos aceptan sus decisiones?). Sin embargo, el otro día un amigo mío me comentó que acababan de operarle de apendicitis - ¿Quién te operó? - le pregunté... - No tengo ni idea.
Como si vivíesemos montados en el vaivén de un metrónomo, una vez más se acerca la Navidad a nuestras vidas. Aflojemos pues nuestros bolsillos sumergidos en la vorágine de un consumismo incontrolado; ¡manos arriba, esto es un atraco!. Hasta Homer Simpson no ha podido resistir la tentación y se ha vestido de Papá Nöel. Mientras dos de Los Panchos se emborrachan y se lían a hostia limpia en un hotel de Tegucigalpa, la Navidad ha llegado a Auriavella más luminosa que nunca (¡menos mal que nos queda Portugal!).
La calle de Santo Domingo se ha convertido en un océano de luz blanquiazul, como si de un inmenso coche patrulla de servicio se tratara, mientras los niños corren a estrellarse las naricillas contra los escaparates de las jugueterías. Y como no hay Navidad agridulce, en una avalancha de nieve en la Cerdanya se muere aplastado el Dr. Carles Margerit, pionero de los transplantes hepáticos en España.
Unos vienen y otros se van, porque ha nacido un bebé llamado Oscar cuya madre es portadora del VIH. De paso que se infectó con este virus, contrajo una hepatitis multivírica B, C y delta que convirtió su hígado en una masa cirrótica inoperante. Ella vive gracias a un transplante hepático. Los médicos se las vieron y se las desearon para compatibilizar los efectos terapéuticos y secundarios del tratamiento antirretroviral y de los fármacos antirechazo con el normal desarrollo embrionario de Oscar. Dicen que ahora se toma biberones de leche con zidovudina.
Me despido comparando a Jacques Chirac con Bill Gates: el primero quiere establecer la tasa área contra el SIDA en África, cobrando 1 euro extra en los vuelos franceses dentro de Europa en clase turistra y hasta 40 euros adicionales en los vuelos extraeuropeos en 1ª clase. El segundo acaba de donar 450 millones de dólares para financiar proyectos científicos "iconoclastas", como por ejemplo el descubrimiento de las marcas genéticas que portan muchas prostitutas de Kenia que no se han infectado con el VIH a pesar de mantener constantes contactos sexuales de riesgo. ¡Qué suenen los villancicos!.
En 1983 The Police decidieron separarse como conjunto musical y nos dejaron como legado un último álbum titulado “Synchronicity”, título a su vez tomado del libro homónimo del filósofo suizo Carl Jung. Su tema principal fue el afamado “Every Breath You Take”; una noche de verano de 1983, en el Andy´s Bar de Copenhague, Aloysius estuvo oyéndola una y otra vez en una gramola, quizás sumido en la melancolía por la inmediata desaparición de su grupo favorito.
En líneas generales, la teoría de la sincronicidad de Jung versa sobre el acontecimiento de dos eventos que no están asociados ni causalmente ni teleológicamente, pero que sin embargo tienen una relación significativa. Para entendernos, me cuenta Aloysius la increíble historia protagonizada por el actor canadiense Charles Coghlan, fallecido de forma repentina en la ciudad texana de Galveston en 1899. Sus restos mortales fueron depositados dentro de un pesado ataud enterrado en una tumba excavada en granito. En 1900 un terrible huracán devastó la isla de Galveston anegando completamente su cementerio. La tumba de Coghlan fue una de las más afectadas, llendo a parar su ataud al océano Atlántico donde fue arrastrado hacia el norte por la corriente del Golfo de Méjico. Nueve años después, en octubre de 1908, el féretro desvencijado fue rescatado de las aguas por unos pescadores de la isla canadiense del Príncipe Eduardo. En cadáver de Coghlan había recorrido por el mar unos 5600 km para regresar a su pueblo natal. Hoy yace enterrado en el cementerio de la iglesia local, la misma en la que había sido bautizado.
Retomando el último disco de The Police, yo siempre he preferido otro tema (“Tea in The Sahara”). Me parece mucho más íntimista, especialmente por su letra: trata de un joven que no se presenta a una cita para tomar el té en el desierto, mientras unas afligidas muchachas le esperan con sus tazas llenas de arena. Y no precisamente por sincronicidad trato hoy el estado de la sanidad en los territorios de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD); hace unas semanas comentaba una situación similar en la franja palestina de Gaza.
Me ha llamado poderosamente la atención el papel que allí desempeñan las mujeres en el sostenimiento de un precario sistema sanitario. La situación en la que el Sahara quedó sumido tras la descolonización española fue dramática, pues no permaneció allí ni un solo médico titulado; la sed, el calor, el hambre y las enfermedades infecciosas se convirtieron en los cuatro jinetes del apocalipsis para una población desfavorecida e indefensa. Los actuales campamentos de refugiados están en territorio argelino y se organizan en cuatro grandes provincias o wilayas (El Aaiún, Smara, Auserd y Dajla). Cada una de ellas se divide en seis o siete pueblos o dairas. En cada daira hay un dispensario regido por mujeres miembros de los Comités Populares de Salud, que realizan tareas asistenciales elementales y labores de prevención y orientación sanitaria destinadas especialmente a las madres y a sus hijos. Existen dos hospitales generales para todo el territorio, extremadamente rudimentarios si los comparamos con los occidentales. La mayoría de su material ha sido donado por las Naciones Unidas.
Al igual que en Palestina, los enfermos más graves y los casos más complicados han de ser tratados en el extranjero, generalmente en Argelia y en España. La atención obstétrica y pediátrica resultan fundamentales en un territorio con una tasa de mortalidad infantil de 39 fallecidos por cada 1000 nacidos (año 2000) y donde cada madre suele tener una media de 5 ó 6 hijos.
Mientras llega la Navidad, el conflicto del Sahara sigue sin resolverse. Al igual que en el portal de Belén, una madre y un niño sufren por decisiones políticas de altos vuelos. Me cuenta Aloysius que el último país que ha reconocido a la RASD fue la República de Paraguay, el 9 de febrero del 2000. ¡Qué guay del Paraguay!.
No hace mucho tiempo, en las consultas del médico de cabecera, todavía podíamos escuchar a pacientes preocupados por si podían comer o no pescado azul. Tanto recelo hizo que incluso el precio de las sardinas se pusiera por las nubes, convirtiendo a este humilde pez azul en un aristócrata de los mares. Omega Tres no es ninguna estación espacial sino el apellido de unos ácidos grasos que han demostrado notorios beneficios en la prevención de las enfermedades cardiovasculares.
En los años noventa, unos investigadores griegos se percataron de la escasísima incidencia de este tipo de enfermedades entre los habitantes de la isla de Creta, ávidos consumidores de pescado en su dieta. Estudiaron el porcentaje de ácidos grasos omega tres en diferentes especies mediterráneas, como por ejemplo la caballa, la merluza, la dorada o el salmonete, concluyendo la indudable bondad de los mismos a la hora de reducir el nivel de triglicéridos y de colesterol “malo” (LDL – colesterol).
Otros curiosos estudios realizados con dos tribus africanas, una vegetariana estricta y la otra esencialmente consumidora de pescado, revelaron que la dieta rica en ácidos omega tres tiene un mayor efecto reductor del LDL – colesterol que la vegetariana. Incluso en la investigación psiquiátrica existen trabajos que demuestran la utilidad de los ácidos grasos poliinsaturados en el tratamiento de la esquizofrenia y en la prevención del suicidio; ¿comería mucho pescado Césare Pavese?.
En las estanterías de nuestros supermercados podemos encontrar una amplia variedad de productos enriquecidos con ácidos omega tres, tales como huevos, leche y derivados lácteos, galletas o bebidas a base de soja. Sin embargo, recientes estudios realizados por asociaciones de consumidores insisten en que la manera más económica y saludable de aportar ácidos grasos “buenos” a nuestra dieta es consumir pescado azul: el balón de oro para el salmón fresco. Llegado aquí recuerdo al tiburón de “Buscando a Nemo” que ante los aterrados pescaditos protagonistas se autoconvencía: “¡son amigos…no son comida!”.
Mientras me debato entre la decisión de hacerme esquimal o budista, he llenado mi nevera con imanes y pegatinas de Flipper, un viejo proverbio chino me sugiere que sólo los peces muertos nadan a favor de la corriente.
Esta es la crónica de un enfermo crónico. Crónica porque relata los acontecimientos por él vividos en orden cronológico. Crónica porque según lo mires bien pudiera ser un artículo periodístico sobre un tema actual. Crónico porque el padecimiento viene de tiempo atrás, pero también crónico por tratarse de una enfermedad de larga duración.
Cronicus es único e irrepetible; le saca el máximo provecho a sus enfermedad. Pero no en el mal sentido de la palabra, pues no obtiene beneficio ni rentabilidad alguna de su padecimiento, sino en el sentido más concreto de bondad: su vivencia es terapéutica ya que alivia su dolor y su ansiedad (y el de los que le rodeamos). Como viene siendo habitual me contradice, porque se autodefine como un Munchausen puro y duro, aunque yo pienso que abandonar de vez en cuando del caudaloso río de la vida para ingresar en una habitación hospitalaria le ayuda mucho a entenderse y a entendernos. Dichosa la vida del que se aleja del mundanal ruido. El pez temporalmente en la pecera.
Cronicus aferra a su existencia y a la del resto del mundo directamente por el gaznate. El día de Santa Cecilia, mientras escucha la oda en su honor de Purcell, se desanima pues en cada cama de su hospital se desarrolla un drama. Para matar el tiempo (curiosa expresión cuando estamos hablando de gente que sufre y muere a nuestro alrededor) relee a Thomas Bernhard. De repente, un existencialismo brutal le retuerce las entrañas: nadie conoce si va a seguir vivo al final del día. Carpe Diem.
Los doctores creen que mejora y abren un rato la portezuela de su jaula dorada. Vuela libre sobre el rompeolas, hechido el pecho doliente al viento que trae lejanos ecos del llanto de un exiliado...Peer Gynt, fundidor de botones. Mientras se aleja una ola con la resaca y llega una nueva espumando la orilla de la playa, alguien deja escrito en la arena: "sólo después que amamamos / la trémula fijeza de la carne / sabemos por fín / toda la penuria que hay / en la salobre vida". Costas de A Coruña, costas de Iraklion, costas montañosas de Chandrexa que guarecen un corazón marino de mil bahías aún cuando esté lejano el océano más cercano.
Dice Ricardo García Damborenea que la falacia de falsa autoridad consiste en apelar a una autoridad que carece de valor por no ser concreta, competente, imparcial, o estar tergiversada.
Todos somos capaces de inventarnos, en el caso de vernos en un aprieto, una fuente de autoridad: un sabio, un médico, un maestro.
- "Estas pastillas para dormir son muy buenas, porque las anuncian en la televisión".
- "Estos antidepresivos deben ser muy buenos, porque son los que toma mi médico".
Aquellos que pasan mucho tiempo hospitalizados son capaces de descubrir falacias de este tipo; y también sofismas patéticos (apelan a la emoción y no a la razón).
¿Qué hora es? Nadie lo sabe.
Las horas cuelgan del techo, pero no puedo cogerlas.
Dicen que António Lobo Antunes decidió dejar el ejercicio de la Medicina cuando vió morir a un niño de leucemia. No sé cuanto habrá de real en esta historia y cuanto de "leyenda urbana". Prefirió escribir a pesar de que para él los lectores somos como las putas, pues amamos a los escritores para después abandonarlos.
Estoy plenamente convencido que un año de estos le darán el premio Nobel de Literatura. Se lo merece con creces. De paso volverían a triunfar las letras de la Península Ibérica, esa enorme balsa de piedra.
Creo recordar que tengo una foto en Sintra bajo la placa que anuncia la calle del Dr. Miguel Bombarda, nombre del sanatorio psiquiátrico lisboeta en el que trabajó Lobo Antunes.
Un consejo: leed de vez en cuando su colaboración en el suplemento Babelia de el diario "ELPaís".
Para aquellos que se interesen en su vida y obra, ahí va la siguiente sugerencia:
Permanecer mucho tiempo hospitalizado te permite ordenar tus pensamientos, escribirlos (según tu habilidad), conocer las historias fascinantes de aquellos que tienen que convivir diariamente con el sufrimiento (del mismo modo que nosotros convivimos con nuestros fantasmas particulares) e incluso, si te fijas mucho, podrás ver llorar a algún médico.
¿Y si de sus lágrimas surge un nuevo António Lobo Antunes?.
"Hombre Triste" óleo de Leonor Hochschild Barroso.
Desde hace mucho tiempo trato de hacer una clasificación muy particular con el objetivo de encontrar al hombre más triste del mundo. Y digo triste y no desgraciado o desafortunado, pues el campo de selección se podría ampliar hasta el infinito. La tristeza buscada es aquella que permanece para siempre, sin solución, la pesada losa que cierra la tumba del enterrado en vida. Nadie hace reir a la princesa del cuento. Y digo el hombre no por puro machismo, sino porque creo firmemente que el sexo femenino tiene una fuerza especial para superar las barreras que circundan el pantanoso lago de la tristeza. Y si no me creen, miren a su alrededor.
La clasificación es dinámica y subjetiva, por lo que según cuál sea mi estado de ánimo diferentes candidatos ocupan, ocuparon y ocuparán el primer puesto del ranking. Ahí permaneció durante mucho tiempo Joseph Carey Merrick (1860 - 1890), más conocido como El Hombre Elefante, cuya vida ha sido llevada a los escenarios por David Lynch y por David Bowie.
Para el que quiera conocer más detalles de su vida:
Fue sustituído por un personaje de ficción llamado simplemente Zorg, protagonista de la historia que cuenta el director Jean - Jacques Beineix en el film de 1986 titulado "Betty Blue" ("37º Le Matin"). Impresionante la interpretación que hace de Zorg el también actor francés Jean - Hugues Anglade. El que quiera saber más, que vea la película y se enamore de Betty.
Pero la realidad es tan cruel que supera los vanos intentos de originalidad de los escritores y guionistas. El hombre más triste del mundo será durante demasiado tiempo un hombre de Tarragona que acaba de perder, en el mismo accidente, a su mujer y a sus tres hijos, el más pequeño apenas un bebé de mes y medio. Dicen que otro hombre desgraciado (que no triste) decidió suicidarse en el piso de arriba dejando la espita del gas abierta. La explosión aplastó a la infausta familia; a todos, excepto al padre, que apenas un instante antes había salido a balcón a tomar un poco de aire fresco.
Arduo trabajo para aquellos especilistas que tratarán de aliviarle de su duelo patológico.
EL HOMBRE MÁS TRISTE DEL MUNDO
El hombre más triste del mundo
tal vez sea un niño camboyano
refugiado en un campo de Tailandia
o una niña desnuda prostituida
en un mueble de París.
El hombre más triste del mundo
tal vez sea una madre muerta
de hambre en Uganda
o un niño colombiano trabajando
en la ciudad de Bogotá.
En sus ojos tristes, triste el mundo.
Juan José Cantón y Cantón (1960), de su obra "TROMBA".
Sostiene Alejandro Jodorowsky que el poder de sanación de un curandero radica en un misterio que el espíritu supersticioso del paciente asume y cree a pies juntillas. El poder de la fe.
En otras palabras, si me presento como un ser dotado por cielos e infiernos de un poder especial para aliviar a mis semejantes, ¿qué más necesito?. Me he convertido en un perfecto chamán. Seguramente podría incluso hacer milagros.
En cambio, el psicomago necesita "la comprensión del consultante". De lo contario, su efectividad se verá indefectiblemente mermada. Gracias a los consejos del psicomago, el paciente se convierte en su propio sanador.
Trasladémonos por un instante a los floridos campos de las ciencias médicas. El modelo tradicional de asistencia facultativa, impregnado de un fuerte acento paternalista, se basaba claramente en la estructura del curanderismo, sólo que el poder de curar no era mágico, pues requería un aprendizaje en escuelas y facultades. Pero la fe ciega del paciente en su curador le hace ingerir remedios sin importarle su composición o poner dócilmente su cuerpo bajo afilados bisturíes. Todavía hoy ocurre.
Pero la sociedad evoluciona con celeridad. Las medicinas llevan prospectos. El paciente, convertido ahora en cliente o usuario, adquiere el derecho a la información y ¡oh milagro! ha de proporcionarle a su asistente sanitario la muy necesaria comprensión de consultante. Es un modelo participativo.
El médico se convierte ahora en el agente de la salud de sus clientes (pacientes, usuarios, familiares... qué mas da). Desde las consultas de atención primaria, cada vez nos vemos más avocados a la adopción del modelo del psicomago de Jodorowsky, pues nuestra finalidad es hacer al paciente responsable del propio cuidado de su salud...y de su enfermedad.
Hemos leído mucho sobre las donaciones altruistas...; ¿tal vez demasiado?.
Para aquellos que todavía desconocen la historia del pequeño Ahmed al -Jatib y de su padre Ismail la contaremos aquí:
En la ciudad de Yenin, en Cisjordania, dicen que Ahmed jugaba con un rifle de juguete. El chico tenía apenas 12 años. ¡Qué pena tanto niño jugando con armas (aunque sean de juguete)!; pero ¿con qué van a jugar los niños en una zona de conflicto bélico permanente?.
Cuentan que unos soldados israelíes, hastiados de combatir en intifadas y eclipsados por el miedo a la muerte cotidiana, dispararon contra el pequeño Ahmed y le volaron la caja de los sueños. Terrible puntería.
Sumido en la desesperación, huérfano de su propio bien amado hijo, el padre de Ahmed decidió donar los órganos vitales de este nuevo precoz cadáver palestino que, paradojas del destino, han servido para salvar la vida de varios niños israelíes en el hospital de Haifa. Espero que los padres de estos afortunados no les dejen jugar nunca con armas...ni siquiera de juguete.
Y todo ello a pesar de que Ismail al - Jatib sigue sin creerse la versión oficial aportada por el ejército de Israel.
Escuchaba el otro día una conferencia de un médico oncólogo cristiano palestino que trabaja en la franja de Gaza. Hablaba de un 45% de la población discapacitada a consecuencia del conflicto en Tierra Santa. En muchas ocasiones, las secuelas psíquicas son más dificiles de curar que las físicas. Hay niños que romper a llorar cuando escuchan que alguien llama a la puerta de su casa.
Simple y llanamente han de convivir con el terror cotidiano.
No te confudas, no se trata de glosar aquí la afamada revista médica...
Más bien vamos a tratar las relaciones del Arte Médico con el Séptimo Arte: películas de médicos, guionistas y actores enfermos, la muerte y el cine...; todo tiene cabida.
¿Cómo convivir con la adversidad cuando te ha tocado habitar un cuerpo enfermo?. Dos visiones contrapuestas: "Mi pie izquierdo" de Jim Sheridan versus "Mar adentro" de Alejandro Amenábar. Ambas recomendadas por el tío Oscar de Hollywood.
A Imran le cortaron el dedo pulgar de su mano izquierda con un cuchillo de degollar corderos. En la estimación del daño corporal para indemnizaciones, esta amputación tiene un valor elevado. Por lo menos espero que Imran no sea zurdo...; menos suerte corrió su padre por permitir la relación de Imran con Jenny, ya que fue apuñalado hasta la muerte por la turba tras ver su casa familiar calcinada.
Mientras permaneció detenida en comisaría, a Jenny la violaron tres policías cada día...; menos mal que al final supo sacar fuerzas de flaqueza para huir de Pakistán junto a su marido. Ahora es madre de una parejita: Aman el niño, Fiana la niña.
¿Te acuerdas de Romeo y Julieta?. Este moderno Romeo está esperando un permiso de residencia en España por razones humanitarias para él y su familia.
Imran nació en Pakistán. Jenny nació en Indonesia, pero es de etnia china. Aman nació en Pakistán, fruto de una relación tabú porque es "ilegal e impura": las leyes pakistaníes prohiben las bodas entre distintas religiones y condenan a muerte a los que viven juntos sin casarse. Menos mal que la niña Fiana nació en España.
A pesar de todo, ¿será algún día una española de pleno derecho?; ¿salvará su nacionalidad española el triste destino de sus progenitores y de su pequeño hermano mayor?.
Mientras festejamos el nacimiento de la infanta Leonor, ¿hará algo nuestro gobierno por salvar a esta familia?. De momento todos son sombras.
25 de abril de 2006: FINAL FELIZ para la historia de esta pareja. Buen trabajo de la Secretaría General de Inmigración.