"Recuerdo lo que no quisiera recordar, y en cambio no puedo olvidar lo que quisiera dar al olvido..." MARCO TULIO CICERON. Y todo esto es así porque los dioses no conocen la memoria y los hombres son capaces de convertir el destino en recuerdo...
El tour europeo de la superbanda de jazz capitaneada por el saxofonista Bill Evans se inició la noche del 2 de mayo de 2024, a las 22.30, en el Café Latino de Ourense, dando el pistoletazo de salida al XXVI Festival de Jazz Primavera 2024.
Con las entradas agotadas desde hacía bastante tiempo, la sala comenzó a llenarse horas antes del concierto, con los espectadores en la procura del mejor lugar para disfrutar del espectáculo, un auténtico vendaval de jazz fusión, soul, funk y neo-jazz.
Y la ocasión no era para menos. Allí estaba Bill Evans, el muchacho que a los 16 años daba conciertos de piano en solitario y a los 22 años se unió como saxofonista al grupo de Miles Davis, entre 1980 y 1984.
Bill Evans
Después de tan excepcional aventura, participó en la reformada Mahavishnu Orchestra del guitarrista John McLaughlin, con la que grabaría dos álbumes, transitando desde allí a la banda Elements de Mark Egan y Danny Gottlieb. Por si todo esto no fuera suficiente, se convirtió en acompañante habitual de Herbie Hancock, Lee Riteneur, Michael Franks, David Sanborn y Ron Carter, además de colaborar con Mike Jagger y Andy Summers, el ex-guitarrista de The Police.
En el Latino se también se escucharon reminiscencias de Steaps Ahead, no en vano Bill Evans también ha trabajado estrechamente con el malogrado saxofonista Michael Brecker y con su hermano, el trompetista Randy Brecker, cuyo arte pudimos admirar también el Latino en mayo de 2014, formando parte de The Trumpet Summit, junto a John Faddis y Terell Stafford. Inolvidable.
Pero también evocamos a Weather Report. Y no en vano, pues para la ocasión Evans escogió a Félix Pastorius, un gigante de 2 metros con un bajo especial de 6 cuerdas (con un clavel artificial enganchado del clavijero).
Como anécdota, en 2019 el sucesor del inolvidable Jaco Pastorius vendía por internet su bajo Fodera de 6 cuerdas, modelo Emperor II, con el que había tocado con los mismísimos Yellowjackets, formación que asimismo hizo un extenso repaso a susdécadas de historia en un concierto inolvidable en mayo de 2014, en la ourensana Plaza de Santa Eufemia.
Félix Pastorius
En el concierto de anoche pudimos escuchar varios temas del último trabajo de Bill Evans, "Who I am", entre ellos "Let the Creek Rise", "Mica Moon" y la pegadiza "Camel Strut", que hizo bailar al público por donde había espacio, y en cuya grabación de estudio participó el excepcional bajista Victor Wooten, miembro de los Flecktones del banjoista Béla Fleck, y que en 2002 apadrinó a un jovencísimo Félix Patorius en la convención de Bass Day.
El acontecimiento se abrió con "Baby Goats", un tema original del teclista John Mederski, un auténtico fenómeno al que venimos siguiendo desde ese poderoso triunvirato llamado Mederski, Martin and Wood, y que igualmente participó en la grabación de "Who I am" en el tema "Forever in my soul". Espectacular.
John Mederski
Y como guinda del pastel, el vigoroso Keith Carlock, votado en 2009 como el mejor baterista de Pop y Fusión por los lectores de Modern Drummer, destacando por sus estadías en míticas bandas como Steely Dan y Toto, además de contar en su haber colaboraciones con James Taylor y Sting.
Keith Carlock
Esta superbanda solamente dará tres conciertos en España: además de su debut en Ourense (para que luego digan) tocarán también en Madrid y en el legendario Jamboree de Barcelona (ahí es nada).
En 1990, tal vez preocupado por los estragos de la epidemia de VIH/SIDA en España, el tercer gobierno de Felipe González encargó a los ministros de Sanidad y Consumo, Julián García Vargas, y de Asuntos Sociales, Matilde Fernández, la puesta en marcha de una campaña preventiva contra las infecciones de transmisión sexual (ITS).
La agencia Contrapunto ideó aquella campaña publicitaria con un lema inolvidable: “Póntelo. Pónselo”, en torno a un preservativo que resplandecía como un sol, tan provocador para la sociedad española de la época como para concitar apasionados elogios y encendidas críticas. Esta campaña seguía la estela de la no menos controvertida “SIDA/NoDa”, de 1988.
En estos días, la polémica ha vuelto a encenderse tras el anuncio por parte de la ministra de Sanidad, Mónica García, que está estudiando la posibilidad de que los preservativos queden cubiertos por el sistema público: serían gratuitos para los jóvenes con menor poder adquisitivo y mayor riesgo de contraer ITS.
En enero de 2024, el propio ministerio y el Instituto Carlos III han el “Informe de Vigilancia Epidemiológica de las ITS de 2022”, alertando que la gonorrea, la sífilis y las infecciones sexuales por Clamidias han registrado su pico más alto en las últimas tres décadas. Los expertos lo achacan al rechazo cada vez más frecuente del uso del preservativo.
Sin embargo y a la par, los diagnósticos de infecciones por VIH/SIDA continúan descendiendo. Por su parte, el Observatorio de Tendencias de Cofares, la compañía líder en la distribución de medicamentos, productos y servicios sanitarios, destaca que en los últimos años la demanda de productos relacionados con el cuidado sexual y la higiene íntima ha crecido un 15% en España.
Estos expertos estiman que esta tendencia está relacionada con una mayor sensibilización en torno a las ITS. Más concretamente, afirman que desde 2021 las ventas de preservativos en nuestro país se han disparado un 51%. Este porcentaje podría ser todavía mayor si se tuvieran en cuenta la venta de profilácticos en establecimientos no farmacéuticos. Hoy en día disponemos de una amplia gama de estos productos en las estanterías de las cadenas de droguería, perfumería y cosmética, así como en los supermercados.
Nadie duda de la efectividad de las campañas de concienciación sobre los riesgos de contagio de patologías sexuales ni del éxito de campañas como la mítica “Póntelo. Pónselo”. Pero por desgracia esta fama resulta efímera. Son brillantes, como fuegos artificiales, pero más para que los sociólogos y los publicistas estudien su impacto, pero con efectos más limitados desde el punto de vista sanitario. Estamos obligados a avanzar mucho más en la prevención de las ITS, de manera constante y programada. Parece que el miedo al VIH/SIDA, que no solo se contagia a través de relaciones sexuales sin protección, ha ido disminuyendo a medida de que dicha patología ha pasado de ser mortal a crónica en nuestro entorno.
Por otra parte, fomentar el uso de preservativos entre los jóvenes está muy bien, pero para todos, porque gonococos, treponemas y clamidias no eligen entre menesterosos y pudientes. Las ITS son unas infecciones hiperdemocráticas. La educación sexual continúa siendo nuestra asignatura pendiente. Autoridades sanitarias: Pónganle remedio. Pónganselo.
En 1984 un grupo llamado La Unión irrumpió en el panorama musical español con un primer álbum de pop rock que inauguró una trayectoria fulgurante, culminada en 2006 con un doble disco de diamante. La originalidad de su propuesta artística pivotaba en unos músicos excelentes y, sobre todo, en la peculiar voz e su cantante, Rafa Sánchez. Su mayor éxito hablaba de las aventuras de un Lobo-Hombre en París.
Pero hoy la cosa no va de licántropos. Un imaginario reino inspiró otro gran éxito de esta banda madrileña: Syldavia. Recuerdo especialmente una etapa infantil en la que frecuentaba la vieja biblioteca de la Diputación ourensana para deleitarme con Las aventuras de Tintín. Syldavia es un reino imaginario, el escenario de las aventuras del perspicaz reportero de rubio copete y su inefable perrito Milú, personajes creados por el inolvidable Hergé. Para La Unión, el tiempo pasaba más despacio en Sildavia...
Pero el tiempo mental no siempre coincide con el tiempo cronológico. Los expertos señalan que el tiempo depende de los estímulos que recibimos. Por ello no todos distinguimos su tránsito de la misma manera. El biólogo estadounidense Robert B. Sothern, a medida que iba envejeciendo, dedicó 40 años de su vida al estudio de la percepción temporal. Y así llegó a la conclusión de que el tiempo pasa más rápido a medida que vamos cumpliendo años. Una posible explicación para esto es que durante el día, en las primeras décadas de nuestras vidas, captamos más imágenes que en las etapas más avanzadas.
Para Sothern, si la esperanza de vida se midiera por el número de imágenes percibidas, la frecuencia es claramente mayor en la juventud. Este tiempo mental es una secuencia de imágenes que estimulan nuestros órganos sensoriales donde entra en juego el envejecimiento. Probablemente influye también la novedad y la potencia de esos estímulo sobre nuestros sentidos. Cosas de la inercia, la rutina, la fatiga y el aburrimiento.
Por ello recomendamos incrementar nuestra capacidad de aprender y de sorprendernos para combatir el inexorable paso del tiempo: tratemos de ver y sentir lo cotidiano como cuando lo hicimos por primera vez. Estrenemos cada día como los primeros. El otro tiempo, el cronológico, lo medimos mediante relojes y calendarios; es el fruto de un convenio científico. Ya saben, las dichosas rotaciones planetarias.
En su historia, la humanidad ha venido utilizando diferentes calendarios. Por si no fuera suficiente, para un anciano de 90 años, un año representa el 1.11% de su existencia. Para un adolescente de 1o años, ese mismo período es un 10% de su vida. Y es mucho más fácil llenar de imágenes semejante fracción de tiempo. No tengan miedo de perderse, no. Carpe diem.
Sostiene Aloysius que “Dreamer” es nuestra canción favorita del álbum “Crime of the Century” de los míticos Supertramp. Los cinéfilos recordarán también "El crimen del siglo" (William Baudine, 1933), una película de misterio en la que su protagonista, el Dr. Brandt (Jean Hertsholt), un médico y mentalista, confiesa un asesinato que todavía no ha ocurrido. Mientras tanto, varios cadáveres empiezan a aparecer por todas partes.
Retornando a la realidad, y echándole un vistazo a la historia, no resulta fácil escoger cuál es el crimen más abyecto de cada siglo. Gustibus non disputadum, que diría mi padre, a propósito de los gustos y los colores, y de la libertad de opiniones.
Estos días hemos asistido a un implacable debate a raíz del asesinato de una madre en Castro Urdiales, supuestamente a manos de sus dos hijos. Resulta fácil encender la mecha, cuando la opinión pública se ha enterado que los chicos eran menores de edad. Y la deflagración se ha desbocado al descubrir que eran adoptados.
En una situación tan dolorosa y compleja como ésta cabría hacer una serie de ponderadas consideraciones.
Las primeras relacionadas con la edad de los muchachos. El menor de los hermanos, de 13 años, resulta inimputable. ¿Qué quiere decir esto? La legislación española contempla que a los menores de 14 años no se les puede exigir ninguna responsabilidad penal. En su lugar, se les aplicarán las medidas dispuestas en las normas sobre protección de menores previstas en la ley. Hace unos años ocurrió lo mismo con otro chico de 13 años que mató con una ballesta a un profesor en un Instituto de Barcelona.
Respecto al hermano mayor, de 15 años, el vigente Código Penal español establece que los menores de 18 años no se consideran responsables criminales, aunque sí imputables. Para estos casos existe la Ley Orgánica Reguladora de la Responsabilidad Penal de los Menores (LORRPM). La pena, en este caso, dependerá de la edad y de la gravedad del delito. Las actuaciones le corresponderán ahora a la Fiscalía de Menores.
Además del trágico fallecimiento de la madre en esas terribles circunstancias, queda pensar en el futuro de los hermanos y en la situación en la que quedan el resto de los miembros de una familia completamente destrozada.
En cuanto a la polémica sobre los hijos adoptivos, los expertos llevan años debatiendo sobre la mayor importancia de la herencia o del ambiente sobre las conductas desviadas y criminales de los hijos adoptivos. Grosso modo, la mayoría de las investigaciones sobre niños adoptados muestran una mayor concordancia delictiva entre hijos y padres biológicos, pero con una holgada variabilidad que oscila entre el 3 y el 30%, según los estudios. El trabajo europeo más amplio fue desarrollado en Dinamarca, en los años 80, utilizando su propio registro de adopciones entre 1924 y 1947.
Mucho ha cambiado el mundo desde entonces. Y la infancia y la adolescencia continúan siendo extremadamente vulnerables. Que el humo de los árboles incendiados no nos impida ver el bosque. Y que juzguen los jueces.
El 5 de febrero de 1990, la Voyager 1 tomaba una imagen del planeta Tierra desde una distancia de 6000 millones de kilómetros, la más lejana que jamás hubiera existido. Esta sonda espacial robotizada, de apenas 1 tonelada de peso, había sido lanzada desde Cabo Cañaveral el 5 de septiembre de 1977, y todavía continúa viajando, surcando el espacio interestelar.
En aquella famosa fotografía se percibía nuestro planeta como un pequeño punto azul pálido. Y así se tituló el libro publicado en febrero de 1994 por el cosmólogo y divulgador científico Carl Sagan, una profunda reflexión sobre nuestra insignificancia en el universo.
Sostenía el autor que en esa mota azulada se concentraba toda la existencia de la humanidad, de los que fueron y todavía somos, ya que sobre el futuro del hombre fuera de las fronteras terrenales todavía no hay nada escrito.
Por estas reflexiones, en estos días de guerra y pandemia, se siente abrumado Aloysius, sobre todo al conocer cómo el potente telescopio espacial Hubble ha detectado la por el momento estrella más lejana jamás observada. Debería encontrarse, nada más y nada menos, que a unos 12900 millones de años luz de nuestro planeta.
Existió cuando el universo era joven, porque ya no existe, ya que el resplandor captado por el telescopio se corresponde al viaje de su luz atravesando el espacio hasta alcanzarnos. Estas magnitudes resultan difíciles de comprender para los que estamos acostumbrados a contar el tiempo en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, incluso siglos.
Respecto a los virus, los expertos afirman que en los últimos 50000 - 10000 años, a medida que nuestros ancestros comenzaron a dispersarse por el planeta, surgieron la mayor parte de las enfermedades infecciosas, incluyendo las causadas por los virus.
Hace 11000 años, en las comunidades agrícolas de la India, la viruela comenzó a hacer sus estragos, la patología infecciosa más devastadora y mortífera de la historia de humanidad. Gracias a las políticas sanitarias de vacunación universal, desde 1980 la Organización Mundial de la Salud (OMS) la considera erradicada, salvo que a algún loco se le ocurra liberar al virus custodiado en los laboratorios de la más alta seguridad por error, o intencionadamente, como arma biológica.
La preocupación por el uso de este apocalíptico arsenal en una guerra moderna, como por ejemplo la de Ucrania, sigue atenazando nuestros corazones. A vueltas con el tiempo, los historiadores afirman que la primera guerra de la humanidad de la que se tienen testimonios escritos, tuvo lugar hace 4500 años, cuando las ciudades sumerias de Lagash y Umma se enfrentaron durante más de un siglo.
Sostiene Aloysius que los restos y recuerdos de todas esas víctimas de la historia, las que se llevaron por delante los virus y las armas, y de las que siguen provocando en la actualidad, continúan en esa pequeña mota azul claro que fotografió la Voyager 1. Y algún día se convertirán en un gran destello que viajará años luz por el espacio, cuando se extinga nuestro sol y nuestra galaxia. ¿Habrá entonces alguien que desde algún lugar se dé cuenta de nuestra tragedia?
Confieso que para mi también era un completo desconocido hasta hace apenas unos días, cuando causalmente descubrí la importancia de su obra y legado. Me estoy a referir al Padre Antonio José Rodríguez, nacido en 1703 en Villaviciosa de Odón (Madrid), y que desde los catorce años de edad ingresó en el Real Monasterio Cisterciense de Santa Maria de Veruela (Zaragoza), hasta su fallecimiento en 1777. El Padre Rodriguez escribió el primer tratado de musicología publicado en España, una obra que repasa los mecanismos de acción de los estímulos musicales, una teoría del gusto musical, una vasta recopilación de estudios de casos de musicoterapia, así como originales propuestas para diseñar las intervenciones musicales según las características psicológicas y culturales de cada paciente.
Simplemente recordemos que en la Prehistoria la música y la danza fueron muy importantes para los chamanes, como lo sigue siendo en la actualidad en aquellos pueblos con niveles étnicos y culturales semejantes. En la antigua Grecia, música y medicina compartían la misma deidad, Apolo. La música tenía un poder tan especial como para penetrar en las profundidades del alma, encontrándose presente en su cultura de manera universal: en el teatro, en las conmemoraciones, en la poesía y en el arte.
En las escuelas médicas de Grecia y Egipto curación y música se consideraban ciencias sagradas altamente desarrolladas. Con estas premisas, hubo de esperar al auge de la neurología y la psiquiatría para el resurgimiento de la musicoterapia como tratamiento coadyuvante capaz de modificar el estado de ánimo, la actividad cardíaca, la presión arterial y la respiración. Incluso producir cambios en determinadas estructuras del cerebro.
En España, existe una Unidad de la Música y las Artes Escénicas en el Hospital de Manises, especializada en las patologías específicas de los músicos. Por si no fuera suficiente, los medios de comunicación y las redes sociales se hacían eco recientemente de la innovadora iniciativa llevada a cabo en la unidad de cuidados intensivos (UCI) del Hospital Álvaro Cunqueiro en Vigo, un programa de conciertos en directo para aliviar el estrés de los pacientes allí ingresados y acelerar su proceso de recuperación, en colaboración con los alumnos y profesores del Conservatorio Superior de Música de Vigo. Mientras todo esto ocurre, Aloysius y un servidor vamos a repasar algunos álbumes de Dr. Feelgood, Dr. John y Dr. Hook and The Medicine Show, para ir calentando motores.
Tal vez pueda resulta tan desconcertante y sorprendente a la par que una artista del nivel de la pianista japonesa HiromiUehara se haya detenido en una pequeña ciudad como Ourense para obsequiarnos con dos magníficos conciertos.
Para esta memorable ocasión estuvo acompañada por un cuarterto de cuerda, con los violinistas Rakhi Singh y Shlomy Dobrinsky, la viola de Megan Cassidy y el cello de Gabriella Swallow.
Y todo ello para recrear su último trabajo concebido desde el aislamiento y la incertidumbre de la pandemia, "Silver Lining Suite", una pieza en cuatro movimientos con su habitual virtuosismo del piano, convertido esta vez en un eficiente instrumento de percusión.
Nada que ver con sus álbumes anteriores ni con el torrente jazzístico desplegado con The Trio Project junto al bajista Anthony Jackson y el baterista Simon Phillips.
Por cierto, Anthony Jackson y su singular bajo de 6 cuerdas ha sido un colaborador habitual del colosal pianista Michel Camilo, la fulgurante estrella de origen dominicano que junto a Hiromi formó parte en 2008 del excepcional cartel del Festival de Jazz de Primavera del Café Latino.
Retornaba pues Hiromi al mismo escenario en el que había triunfado 14 años atrás, dentro de la imprescindible cita que cada año tienen los amantes de la buena música en la Ciudad de As Burgas, y lo hizo fusionando jazz con música clásica y contemporánea.
Capaz de tocar solamente con su mano derecha, la superdotada artista cautivó al público con su simpatía y originalidad, alternando momentos deliciosamente minimalistas con otros tan violentos que parecían entresacados de la banda sonora de los clásicos del cine terror, dejándonos convencidos de su pasmosa capacidad para extraer cualquier tipo de sonido de su piano Yamaha.
¿Tardará en regresará otros 14 años, o podremos disfrutar bastante antes del arte de Hiromi? El tiempo lo dirá.
Este es el título del ensayo ganador del premio Pulitzer en 1998. Su autor, Jared Diamond, pretendía explicar el predominio de la cultura occidental sobre todas las demás. Sostiene Aloysius que va a tocar repasarlo en estos aciagos días. Las voces críticas contra las tesis del prestigioso catedrático y biólogo de la Universidad de Los Ángeles - California (UCLA) le han reprochado su determinismo ambiental y geográfico, pues la supuesta supremacía occidental, vigente desde la Ilustración, se asentaría sobre los pilares de la democracia y la ciencia, pero también sobre la ética laboral y el consumismo.
La verdad es que en apenas dos décadas desde la publicación de aquel libro, la humanidad está dando vertiginosas volteretas. En plena resaca pandémica, originada por la diseminación planetaria del coronavirus SARS-CoV-2, que nos ha dejado estratosféricas facturas sanitarias, económicas y sociales pendiente de abonar, resulta que los dirigentes de una potencia gestada en la antítesis de la civilización occidental han decidido destapar la caja de Pandora. A golpe de bombardeos, están arrasando con Ucrania, alegando peregrinos argumentos políticos e históricos.
Sabemos por experiencia que para iniciar una guerra no hacen falta motivos fundados. La insana brutalidad nunca los necesita. Nos provoca tristeza, asco e indignación que el poderío militar ex-soviético se cebe con los mas frágiles e indefensos, pero parece que olvidamos que todos los conflictos bélicos desde los albores de la humanidad han castigado especialmente a la población civil. Desde los cercos a las ciudades antiguas, medievales y modernas, hasta las masacres indiscriminadas ocasionadas por las bombas nazis y aliadas durante la 2ª Guerra Mundial, asolando ciudades como Londres, Dresde, Hiroshima y Nagasaki.
Campos de refugiados, hospitales, escuelas y psiquiátricos han sido objetivos principales en las guerras de los Balcanes, Siria, Irak y Afganistán. Los militares lo saben: nada mina mas la moral del enemigo que exterminar a sus ancianos, enfermos, mujeres y niños. Obstruir los corredores de evacuación, arremetiendo contra ellos, es una vuelta de tuerca más destinada a aterrorizar a los civiles indefensos.
Pero, al peligro de las armas convencionales y químicas, ahora hay que añadir el de las biológicas. ¿Se imaginan otra pandemia desencadenada por el ántrax o la viruela? Los expertos nos alertan de esta posibilidad, pues el ataque a un laboratorio de alta seguridad podría liberar gérmenes extremadamente peligrosos, causando una hecatombe apocalíptica donde los vivos envidiarían a los muertos.
A nivel sanitario, las naciones occidentales se han puesto en marcha para garantizar el bienestar de los que huyen los combates. Los hospitales españoles se preparan para acoger a centenares de niños ucranianos enfermos con cáncer. Pero quedarán muchísimos más, privados bruscamente del cobijo familiar, niños que necesitan medicamentos para enfermedades habituales, y también las vacunas capaces de prevenir la difteria, la tosferina, el sarampión, la rubeola, las paperas, la hepatitis, la meningitis el tétanos y la polio, entre otras.
A diferencia de en otros lugares, la sociedad española no se había enfrentado al dolor cotidiano tal vez desde los años más duros del terrorismo etarra, cuando atentados, muertes, heridos y dolor formaban parte de nuestra macabra contabilidad diaria. En estos días conmemoramos la década transcurrida desde el aparente final de un horror nunca jamás deseado.
Afrontamos ahora el frío que vendrá con la mayor parte de la población española inmunizada contra el SARS-CoV-2, y con la esperanza de que la campaña de vacunación antigripal sea al menos tan exitosa como en el pasado año. Precisamente, la experiencia acumulada sobre la capacidad mutagénica de los virus de la gripe estacional y la Covid-19 nos obligan a continuar siendo muy prudentes. En concreto, ya se ha detectado en nuestro país la variante Delta Plus del coronavirus SARS-CoV-2, cuyas mutaciones son capaces de proporcionarle mayor supervivencia. Los expertos estiman que incluso puede ser un 10% más contagiosa que las otras variantes.
Habrá que ver cómo podría afectar a inmunizados y no inmunizados. No olvidemos que la aplicación de dosis adicionales de las vacunas contra la Covid-19 ya se ha puesto en marcha, con la intención de proteger primordialmente a la población con una salud más frágil. Por lo tanto, todavía toca más resiliencia, individual y colectiva.
También para afrontar los devastadores efectos de la erupción volcánica de La Palma, que cada día se lleva más vidas por delante, aunque todavía no se hayan contabilizado víctimas mortales. Nos despertamos con los dramas y el sufrimiento de los que lo han perdido todo, despojados cruelmente de sus bienes y recuerdos por una lava incandescente que avanza inexorable hacia el océano. Algunos medios de comunicación comentaban los pasados días el incremento de viajeros con destino a la Isla Bonita desde las otras Islas Canarias, desde la propia Península y desde otros países, que llegaban a las inmediaciones de lo que antes fueron tierras de prosperidad para contemplar en directo la sobrecogedora experiencia de un volcán en activo.
Evaluaremos cómo esa supuesta inyección económica redunda en beneficio de aquellos otros palmeros que ahora deben subsistir gracias la caridad y solidaridad de sus prójimos. Complicada situación la de todos ellos. Quizás en un futuro no muy lejano, la mayoría podrá rehacer sus vidas, pero nunca sobre aquellos paisajes ahora convertidos en un chamuscado e infausto malpaís. Y como siempre, con cada desgracia, proliferan los desalmados que quieren hacer negocio: bolsitas de plástico con 20 gramos de ceniza supuestamente vomitada por el volcán. Ojalá se apague pronto. Y de paso, que asimismo desaparezca el virus. Resiliencia al límite.
Todavía vive el incombustible pianista Huey Piano Smith, nacido en Nueva Orleans en 1934. Los musicólogos lo consideran uno de los precursores del rock and roll. En 1957 compuso una canción muy peculiar: Rockin´ Pneumonia and the Boogie Woogie Flu.
Sostiene Aloysius que tan eufónico título representa una clara referencia a la epidemia de neumonía atípica y gripe asiática que azotó a los Estados Unidos durante el bienio 1957-1958. Esta pegadiza tonada alcanzó el éxito en las listas de las canciones más populares en Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, y de ella existen múltiples versiones, desde Johnny Rivers hasta los míticos The Band, pasando por Aerosmith, The Flamin´ Groovies, Grateful Dead, James Booker y el Professor Longhair.
Retornando al mundo de la medicina, aquella neumonía se denominó atípica al estar causada por agentes poco habituales en el origen de dicha enfermedad. Entonces Streptococcus pneumoniae provocaba la forma más común y conocida de las neumonías bacterianas, caracterizada por sintomatología respiratoria y la presentación radiográfica de una consolidación lobar pulmonar.
Precisamente el apelativo atípica se debió a los síntomas poco habituales que presentaban aquellos enfermos, como fiebre, dolor de cabeza, dolores musculares generalizados y una profusa sudoración, con un patrón radiográfico bronconeumónico. Otra de sus características era su resistencia a los tratamientos habituales, como sulfamidas y penicilinas.
Los patógenos relacionados con las neumonías atípicas fueron encuadrados dentro de una especie de cajón de sastre: bacterias como clamidia, coxiella, francisella, legionella y micoplasmas, pero también algunos hongos y protozoos. Dentro de los virus, fueron implicados el virus respiratorio sincitial (VRS), los virus influenza A y B, adenovirus, virus parainfluenza, sarampión y más recientemente los causantes del SARS, MERS y Covid-19.
Por su parte, la gripe asiática fue un brote pandémico del tipo 2 del virus de la influenza A, originado en Singapur en los albores de 1957. En febrero de ese mismo año, resultante de mutaciones del virus de la influenza aviar A, cuyo reservorio natural eran los patos silvestres, en el este de Asia surgió un nuevo híbrido de influenza A, el H2N2.
La pandemia se extendió por Hong Kong y desde allí saltó a las ciudades costeras occidentales de los Estados Unidos, durante el verano de 1957. Las víctimas mortales oscilaron entre 70000 y 116000, mientras que a nivel global la gripe asiática se llevó por delante entre 1 y 4 millones de prójimos, con una tasa de mortalidad aproximada del 0.6%.
Como ahora, en 1957 se desarrolló una vacuna específica para contener aquella pandemia. ¿Se imaginan una canción triunfando en las listas de éxitos musicales actuales basada en los estragos provocados por la pandemia de Covid-19? Tiempo al tiempo.
Los mercenarios son tan antiguos como los conflictos bélicos. Existieron griegos contratados por el poderoso imperio persa para combatir a sus compatriotas en Esparta. Para arremeter contra Roma, el ejército cartaginés nutrió sus filas con soldados a sueldo de todo el Mediterráneo, especialmente libios, íberos, galos y también griegos. El mismísimo Cid Campeador luchó indistintamente contra moros y cristianos, según su propia conveniencia.
En la actualidad, la seguridad en las zonas de conflicto supone un suculento negocio. Allí donde los ejércitos convencionales no pueden o no deben llegar, los soldados de fortuna realizan su oscuro trabajo.
En nuestro organismo también se libran cada día encarnizadas batallas entre invasores (bacterias, virus, hongos y parásitos) y las defensas de nuestro sistema inmune. Pero las enfermedades infecciosas, lejos de estar controladas, continúan causando demasiadas dificultades a los sistemas sanitarios.
El uso indiscriminado de antibióticos ha provocado el desarrollo de múltiples resistencias bacterianas. Alrededor del 80% de las infecciones hospitalarias están relacionadas con prótesis y catéteres. Hábilmente, las bacterias han aprendido a desarrollar sistemas protectores como biopelículas resistentes. A su vez, los virus mutan constantemente para asegurarse su supervivencia.
La innovación tecnológica resulta esencial en el tratamiento de estas patologías. Un equipo de investigadores del Centro de Regulación Genómica (CRG) de Barcelona, en colaboración con la empresa Pulmobiotic, han desarrollado una píldora biológica constituida por bacterias modificadas genéticamente para luchar a favor de nuestro sistema inmune. Estos organismos mercenarios han demostrado ya su efectividad en el 82% de los casos, tanto en catéteres infectados en el laboratorio como en la práctica clínica habitual.
Mediante ingeniería genética, estos científicos han modificado cepas de Mycoplasma pneumoniae consiguiendo su inocuidad y dotándolas de armas capaces de disolver los escudos defensivos de otros peligrosos patógenos como Staphylococcus aureus, habituales en los implantes protésicos infectados. Una vez han realizado su trabajo, dichas bacterias mercenarias son eliminadas por el organismo.
Para conseguir sus objetivos, los investigadores escogieron microorganismos con genomas pequeños, más fáciles de manipular. Además, al carecer de paredes celulares, resultaron idóneos para portar enzimas capaces de destruir las defensas biológicas de los agentes nocivos. La edición de genomas bacterianos y la capacidad para modificarlos ampliará seguramente la utilización de estas bacterias en el tratamiento de las complicaciones infecciosas. Mercenarias sí, por supuesto.
Comienza el día y el nostálgico Aloysius ha hecho sonar el “New Life” de Depeche Mode a un volumen considerable. Revolviendo entre la discoteca ha encontrado el álbum de debut de la banda británica, transportándonos de repente a 1981.
Aquel año las sondas espaciales Voyager 1 y 2 viajaban cerca de Júpiter y Saturno, enviando a la Tierra imágenes con los colores reales de ambos gigantes planetarios, y la todopoderosa IBM lanzaba al mercado su ordenador personal de quinta generación, cuando el fondo de las pantallas era negro y los teclados escribían letras verde fosforito.
Cuatro décadas más tarde, la pandemia Covid-19 remite poco a poco en una España deseosa de alcanzar definitivamente la nueva normalidad, la vida nueva. A ver si a la quinta va la vencida, aunque los expertos continúan mostrándose escépticos: desde los que los que opinan que el SASR-CoV-2 ha venido para quedarse, otro virus más al que combatir, hasta aquellos otros insistentes en no bajar la guardia, tal es la capacidad del coronavirus para mutar y complicarnos la existencia.
En la Ciudad Universitaria de Madrid, el nuevo curso se ha inaugurado oficiosamente con un macrobotellón de 25000 participantes, donde incluso algún insensato llegó a trepar peligrosamente a lo alto de una farola, estandarte de la ansiada liberación tras tantos meses de tensión y restricciones.
Mientras tanto, los investigadores internacionales continúan estudiando el genoma del SARS-CoV-2 y sus variantes, su transmisión, su capacidad para escabullirse de nuestro sistema inmune, la gravedad de la enfermedad provocada, el perfeccionamiento de los métodos de diagnóstico y la procura de vacunas y fármacos capaces de erradicarlo, tal y como se consiguió en septiembre de 1978 con el virus de la viruela.
Respecto a las variantes, la lambda se detectó originalmente en Perú en agosto de 2020, donde llegó a representar más del 80% de los casos, diseminándose a otros países latinoamericanos. Se sospecha que podría trasmitirse con mayor facilidad y presentar mayor resistencia a los anticuerpos neutralizantes, gracias a las mutaciones desarrolladas en su proteína espiga, la llave específica para infectar a las células.
Otra variante de interés para la Organización Mundial de la Salud (OMS) es la mu, identificada inicialmente en Colombia a principios de 2021, causante de algunos brotes aislados en Sudamérica y Europa. Como la variante lambda, presenta gran variedad de mutaciones capaces de desplegar mayor resistencia a las defensas inmunes, como por ejemplo vacunas y plasma de pacientes convalecientes, empleado en el tratamiento de las formas más graves de la Covid-19.
Los expertos saben que las nuevas variantes formarán parte de la nueva vida, impulsando el desarrollo de nuevas vacunas, cada vez más efectivas. La contienda continúa.
Sin haber controlado todavía la pandemia intentamos recuperar a la carrera aquella vieja normalidad tan añorada. Regresan los espectadores a conciertos y eventos deportivos. Pero ¿qué ocurrirá ahora?.
Hemos avanzado notablemente con la vacunación masiva, pero ésta no es la solución definitiva. El ritmo de la pandemia avanza de manera desigual por el planeta. Los países combaten diferentes oleadas con suerte muy dispar. Paralelamente, las campañas de vacunación tampoco son homogéneas y pierden los de siempre, como en otras patologías infecciosas.
Mientras las naciones desarrolladas acaparan vacunas, la debilidad de los sistemas de salud en África padece una escasez inaceptable: menos del 1% de su población se encuentra inmunizada. También América Latina y el Caribe se debaten entre la virulencia de la variante delta y la carencia de vacunas, en una tragedia sanitaria de dimensión y consecuencias impredecibles. Faltan unidades y cada vez son más caras.
¿Acaso pensamos que el SARS-CoV-2 se comporta de manera diferente que otros virus patógenos? ¿Que quizás respeta a grupos de personas según su edad, raza, convicción o nacionalidad?. A estas alturas, después de meses combatiendo la plaga, sabemos bien que no es así; que además de la vacunación, las únicas medidas preventivas que han venido funcionando son las barreras que levantamos frente al contagio: cuarentenas, higiene, mascarillas y distanciamiento social.
Curiosamente, las clásicas que han puesto fin a pandemias anteriores que azotaron a la humanidad. En la actualidad, con toda la potencia investigadora del planeta funcionando a contrarreloj, empezamos a conocer los resultados preliminares de determinados fármacos experimentales, que podrían neutralizar al coronavirus y evitar la diseminación de su infección.
La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de anunciar la puesta en marcha de varios ensayos hospitalarios con tres prometedores medicamentos: artesunato, de la farmaceútica Ipca, con sede en la India, empleado para casos graves de malaria, el anticancerígeno imatinib de la multinacional Novartis, y el infliximab, de Johnson & Johnson, utilizado contra la artritis reumatoide y otras enfermedades autoinmunes.
En Israel están probando un fármaco innovador basado en la molécula CD24, capaz de curar a más del 90% de los pacientes Covid-19 graves en menos de 5 días. Y aunque las puertas a la esperanza continúan abiertas de par en par, debemos ser cautelosos, sin olvidar los fracasos anteriores de hidroxicloroquina, el antiviral remdesivir, el interferón o los antirretrovirales lopinavir y ritonavir.
Particularmente, seguimos creyendo que la victoria final vendrá de la mano de un medicamento o vacuna que neutralice al virus antes de su diseminación. Lo demás es medicina paliativa, que no es poco.