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27 octubre 2009

LA VIDA PUEDE SER MARAVILLOSA




Mucho se ha escrito sobre él en los últimos días, tal vez demasiado, y muchos son los homenajes recibidos. Los seres humanos somos así; mantenemos activada esa inexplicable tendencia a la necrofilia, hacia el estéril título póstumo. Desafortunadamente, alguien tiene que fallecer para que su trabajo reciba el reconocimiento merecido. Y el caso de Andrés Montes no iba ser una excepción...

La vida puede ser maravillosa, a pesar de que nos abandonaste sin despedirte, dejándonos derrotados, provocándonos todo el desconsuelo de esa última canasta que nos enchufó el equipo contrario, en el instante final, sobre el alarido de la bocina. Y perdimos el campeonato.

Me aficioné a la NBA por culpa de aquellas finales épicas entre los Celtics y los Lakers en la década de los 80... Formaban la tropa bostoniana nada más y nada menos que Larry Bird, Kevin McHale, el jefe doble cero Robert Parish, Danny Ainge y aquel fenomenal base afroamericano, pelirrojo, con pecas y bajito, el malogrado Dennis Johnson... La banda angelina estaba dirigida por el globetrotter Magic Johnson, acompañado por Kareem Abdul- Jabbar, James Worthy, Byron Scott, Michael Cooper y aquel sexto hombre con bigotillo y gafotas llamado supermán Kurt Rambis...

La vida puede ser maravillosa. Años más tarde, el interés por el baloncesto norteamericano, entonces el mejor del mundo, se extendió por nuestro país como una epidemia. Andrés Montes tuvo mucha culpa de ello. Acompañado por el inefable Daimiel, que se chupaba los mismos vaciles que más adelante sufrirían en sus propias carnes Julio Salinas, Kiko Narváez o el palomero Juanma López Iturriaga, Montes nos narró desde Canal Plus las hazañas del extraterrestre Michael Jordan, el mejor jugador de basket de todos los tiempos, que mientras desafiaba a la fuerza de la gavedad catapultaba a la fama a los Bulls de Chicago.


¿Se acuerdan ustedes de aquel "¡bienvenidos al vuelo nº 23, aerolíneas Jordan!"? Por si acaso no...






Muletillas, aliteraciones, juegos de palabras, apodos, tergiversaciones..., todo un arsenal de recursos convertidos en el cuerpo doctrinal de una nueva manera de narrar los partidos televisivos, que hacía brotar en idénticas proporciones a admiradores y detractores. Y después de tanto amor y odio, para no aburrirles con mis honores por el desaparecido, permítanme tan solo un ejemplo: Andrés Montes transformó la preciada merluza del pincho (capturada artesanalmente, con anzuelo) en el "pincho de merluza" (espectacular tapón baloncestístico). Ahí se le notaban los genes gallegos.


Melómano confeso, devoto de Van Morrison, Andrés Montes despertó mi admiración por su llamativa manera de hacer periodismo deportivo moderno, a la par que otro ser erudito y extraño, Ramón Trecet, del que nunca llegaré a saber si domina más la historia de la música o la del baloncesto.

La vida puede ser maravillosa. Esta tarde he quemado todas mis viejas pajaritas...

2 comentarios:

travesodemino dijo...

La visión de Aloysius me recuerda a uno de los héroes de mis madrugadas juveniles hasta las tantas, viendo las finales en las que jugaba "Dios"..........

aloysius dijo...

Gracias amigo. Muchas veces pienso que mi insomnio crónico viene de aquellos excesos televisivos. Salud y suerte.